El Congreso es uno de los cuentos más explícitamente políticos de Jorge Luis Borges. En este cuento se relata la historia de don Alejandro Glencoe, un “estanciero oriental”, que, luego de algunos fallidos intentos electorales, se dio como propósito organizar un Congreso del Mundo que representaría a “todos los hombres de todas las naciones”.
En una sucesión de rebuscados y ridículos gestos, el congreso se constituye, con su noble propósito, en una confitería. Sin embargo, a poco andar surgen problemas fundamentales: “Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos”.
¿A quién representaba cada uno de los integrantes del congreso? ¿Cómo se lograba una fiel representación de las complejidades humanas entre el puñado de integrantes del congreso? Acaso don Alejandro Glencoe representaba a “los hacendados, …a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón”. Dudas similares ocurrían con la representación de todas las distintas subjetividades que vivían en la sociedad.
El cuento termina con la aceptación por parte de los congresistas de que su esfuerzo es inútil y absurdo y, quema de libros mediante, una noche de intemperancia y sinsentido que cierra el estéril intento de unos representantes de encontrar sus representados, de encontrar algo que representar.
Como todos los textos de Borges, este cuento tiene decenas de interpretaciones, plagadas de referencias eruditas que podrían consumir una vida de reflexión. Pero, en esta ocasión, quedémonos con la interpretación más inmediata: la de las dificultades de la representación.
Lo que el cuento reflejaría sería, entones, un fenómeno que nos debería resultar bastante conocido. Acabamos de tener una propuesta constitucional escrita por el órgano de representación más parecido demográficamente a la población nacional del que tengamos registro y esta propuesta fue rechazada ampliamente por esa población.
¿Cuántas referencias al pueblo o los pueblos repetidas como mantra desde la elección de los convencionales parecen ahora recordar las andanzas de don Alejandro en la confitería?
Más aún, ¿cuánto de nuestra política, desde hace tiempo ya, parece ser el intento, a ratos desesperado, por descifrar los deseos de los representados? En definitiva, lejos de consolidarse el vínculo, se repite una y otra vez el intento de quién gana o pierde una elección de encontrar a sus representados, sin certeza alguna de que quienes votaron de una manera hoy lo harán mañana. Ante un electorado que vota más como una forma de descarte que de apoyo el atributo más importante de un político se vuelve la humildad para no sobre interpretar una victoria electoral.
En estos momentos en que se negocia la continuación del proceso constituyente en una mesa legislativa, ¿quién representa a los votantes del rechazo y del apruebo? ¿Quién puede declarar, sin asomo de duda, que sus posturas representan a los votantes del plebiscito? Es bastante probable que los espectáculos más lamentables que hemos visto estas semanas, en torno a la conformación de “mesas paralelas”, tenga mucho de este juego de espejos, buscando representar desde un lugar que la mayoría de la ciudadanía percibe lejano.
En definitiva, El Congreso nos recuerda que, si el desafío de Chile es avanzar en un pacto social, no basta solo el contenido del acuerdo, incluso si este surge de la mejor de las voluntades. No se trata solo de encontrar la alquimia justa que combine adecuados niveles de orden y cambio.
Junto con estos esfuerzos, un pacto social necesita de representantes que puedan tener la legitimidad suficiente para representar y pactar. El gran desafío que tienen en frente los integrantes de la mesa negociadora consiste, entre otras cosas, en encontrar una fórmula para tener un proceso que ponga a dialogar a representantes que puedan hacer eso. Ojalá lo logren.
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