-Tu padre era pinochetista y tu madre sufrió de depresión. ¿De qué manera recuerdas tu infancia y cómo te marcaron tus padres?
-La verdad es que mi infancia no fue de esas historias súper felices. Sobre todo por mi madre, que desde una temprana edad sufrió una depresión crónica, en una época en que no existían los tratamientos de hoy, ni farmacológicos ni terapéuticos. Con mi padre tuve los típicos distanciamientos ideológicos de toda mi generación. Pero mis dos hermanos, mayores 10 y 13 años, son los que me ayudaron mucho en la niñez.
-Describes algunas anécdotas más o menos románticas, como la de una mujer que trató de seducirte y que tenía un alto cargo en la inteligencia mexicana. ¿No temes que estas historias generen cierto resquemor en el ambiente feminista?
-Jaja, no son “unas” anécdotas, solo “una”, y nada de romántica, fue una especie de acoso a la inversa, de parte de una mujer muy poderosa hacia un extranjero bastante vulnerable. Ningún temor. Los invito a leer la anécdota pues es divertida, como otras que me ocurrieron en México.
-Cuando joven eras izquierdista, pero escribes: “Es tremendo como pudimos ser seducidos por una doctrina que a los pocos años quedaría para el basurero de la historia”. ¿Cómo fue ese proceso?
-Yo fui primero ultraizquierdista, después milité en el Mapu OC, en una época en que este tenía una fuerte raigambre marxista. No vacilo en calificar eso como un delirio colectivo de toda una generación, sin el menor sentido de realidad, y que costó mucho sufrimiento, y en mi caso, un exilio. Me tomó desde los 25 hasta los 40 el lento proceso de “aggiornamiento” en dirección a la socialdemocracia, como a muchos otros de mi generación, siempre en distintos grados.
-Cuentas que te hiciste amigo de Jaime Mañalich quien te advirtió que el estrés podía hacer volver el cáncer. ¿Estaba en lo correcto?
-Estaba 100% en lo correcto. Cuando me lo advirtió, el 4º cáncer ya estaba presente sin yo saberlo. No hay ambiente biológico más favorable al cáncer que el estrés crónico, como el que yo estaba viviendo en ese momento. Eso no es cuento brujo, es ciencia pura. Ojalá ese mensaje le llegue a todos los lectores.
-Aparte del cáncer, tienes una neuropatía en las piernas, que era “como hormigas caníbales devorando mi piel”. Usaste muchos opiáceos y benzodiazepinas. ¿Fuiste adicto? ¿Cómo lo superaste?
-Las hormigas siguen presentes en el momento en que respondo esta entrevista. Efectivamente, en un momento no sólo estuve adicto, sino que tenía la cabeza tan mal con las drogas que mi familia y amigos me daban por perdido. Felizmente ahora, con mejores médicos, la meditación y la practica frecuente del tenis, tengo la cabeza enrielada.
-En 1995 conociste a un funcionario del BID que había sido miembro de la CIA en 1973. ¿Qué te contó?
-Fue sorprendente y divertido a la vez. En la época del golpe ambos teníamos 25 años, y él era un funcionario menor, pero que manejaba todos los telex que iban y venían de la CIA a los militares golpistas. Lo más interesante fue que la CIA planificó y financió todo, en la certeza de que al poco tiempo habría elecciones que ganaría la DC… pero no contaban con la astucia maligna de Pinochet que a poco andar los mandó al demonio.
-Fuiste miembro del directorio de Codelco y cuentas tu oposición a Juan Hamilton. Y luego vino el davilazo. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Son dos temas diferentes. Hamilton, ministro de Minería en esa fechas, con todo respeto por su memoria, era un verdadero ratón de campo, que vivía pidiéndole prebendas a Codelco. El davilazo fue años después, con un gran ministro, Hales, y la verdad es que en esa época el Presidente Ejecutivo (Noemi) hacía lo que quería sin consultar al directorio, ya que la ley se lo permitía. Los escabrosos detalles son largos, invito nuevamente al lector a leer ese relato, pues no cabe en estas páginas.
-En un capítulo hablas del bajón que se produjo en Educación con Eyzaguirre. ¿Eso te apartó de la Concertación?
-Cuando llegó Bachelet II, yo decía en broma que podíamos pensar en ir cerrando Educación 2020, porque ya habíamos hecho la pega. Ella nos había adoptado todo el programa que redactamos en educación, y se llevaron a una subsecretaria. Pero… no contábamos con Eyzaguirre, y los graves errores iniciales que cometió con la Ley de Inclusión. Tampoco contábamos con la gratuidad universal en educación superior, antojo de última hora de Bachelet, el peor error histórico de esa época, que Chile aun lo está pagando no solo en dinero, sino en hordas de egresados de educación superior que, literalmente, no entienden lo que leen. Esa gratuidad debería llegar a Chile en 2030 o más allá, había y hay mucho tema previo que resolver.
-Has sufrido varias veces de cáncer, una historia que es parte de tu libro. También reflexionas sobre el dolor. ¿Tienes miedo a morir?
-No. Tengo dos tipos diferentes de cáncer, de los que siempre vuelven, pero están rigurosamente vigilados y controlados. Más en general, no tengo ningún miedo a morir, pero sí al sufrimiento de los últimos días. Ojalá se aprobara en Chile una ley de eutanasia.
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