Mucha gente que vive en carpas es pacífica. Pero no todas. Personas que traen a cuestas quiebres familiares, tragedias de las que no pudieron recuperarse. Echados del hogar por sus propias familias, debido a su alcoholismo, despedidos de sus trabajos, terminan viviendo en carpas improvisadas en el bandejón central de la Alameda, en el Parque Providencia o en el Parque Forestal, entre otros sectores.
En los últimos meses las carpas pasaron de 800 a 1300. Y hay 20 mil indigentes en el país.
Sin redes. Manuel es pescador de Lebu y lleva tres años viviendo en el bandejón central de la Alameda. Dice que lo ha pasado muy mal, que los carabineros los echan de manera violenta. “Yo lo único que quiero es pescar. Pero no puedo porque no tengo permiso para pescar en la zona central. Vendo parche curitas. Llevo tres años acá y es insoportable, el ruido, el calor. Lo único bueno es que nos ayudamos entre todos y en la noche prenden una fogata y se hace una comida”.
A Guillermo le dicen “la eminencia”. Estudió filosofía, pero una serie de decisiones desafortunadas lo tienen viviendo en una carpa en el centro. Le gusta hablar de Sócrates. Es peruano y tiene una dicción perfecta. Es alcohólico, dice que sufrió un accidente en su familia, una de sus hijas murió, pero no quiere decir más. La amargura se le nota en los ojos.
Juan vive en una carpa en Providencia junto su pareja. Tiene estudios universitarios que no logró terminar ni pagar. Cuenta que lo más desagradable es la falta de higiene. Dice que lamentablemente uno se va acostumbrando a estar desaseado. “Uno se echa a perder”, reconoce.
Juan menciona el otro gran problema: cuando llegan bandas extranjeras a vender drogas. “Muchos de los que viven acá son adictos a la pasa base y al alcohol”.
Arte. La fotógrafa Verónica Ortíz está haciendo un trabajo sobre las carpas de la ciudad. “Hace un tiempo estuve conversando con un viejo indigente que vivía ahí, y él me contó que existía una cosa que se llama La ruta de la cuchara, que es gente que se junta y sale a repartir comida”.
“He estado conversando con gente en la calle, pero igual es peludo hacer fotos porque algunos son violentos. La mayoría de la gente ahí está metida en la pasta base, no es llegar y meterse a hacer fotos”.
Dice que la mayoría son extranjeros. “Hartos venezolanos, peruanos. En el Parque Forestal conversé con un peruano indigente, que se notaba muy culto. El tipo me contaba que hay gente ahí en la calle que trabaja, que tiene un sueldo, pero está tan metida en la droga que no ya no pueden vivir con sus familias. La mayoría fueron echados. Y sobreviven no más. Hacen cosas, no es gente que esté botada en la calle y no haga nada. Van arreglando sus carpas y las convierten en rucas, así les dicen”.
La Cuchara. Uno de los problemas de estas personas es que no quieren cambiar. Así explica Fernanda Ávila, de la Ruta de la Cuchara, que reparte comida a indigentes y personas que vivan en carpas. “El 17 de mayo del año 2017 empezó la iniciativa para entregar un pancito y un café caliente a la gente que vivía en situación de calle. Somos unas 20 personas aproximadamente”.
“Sin duda, las carpas han aumentado bastante. Nuestra ruta hace un recorrido por toda la comuna de Colina, desde las 9.30 pm hasta 12:30 o 1 de la madrugada. Vamos directamente donde ellos habitan, entregándoles comida, abrigo y una palabra de aliento. La gran mayoría vive bajo el efecto del alcohol. Pero como los conocemos hace tantos años, jamás hemos tenido un problema con ninguno de ellos y siempre han sido muy respetuosos”
Ella cree que es difícil sacarlos de la calle. “No lo creo porque las personas se han acostumbrado a vivir así. A lo mejor podría ayudarlos tener algún lugar específico, como un container donde ellos puedan asearse y tener un comedor todos los días. Podría existir algo más físico, algo que sea concreto. Nosotros llevamos seis años en esto, salimos dos veces a la semana y y ellos necesitan comer todos los días. No queramos cobrarles, pero serviría que a ellos les cueste un poco. Hay muchos lugares donde les sobra la comida y la botan”.
“Algunos son tranquilos, otros no. Lo que nosotros hacemos va de la mano del amor, y el amor también corrige. De repente he tenido que frenarlos o retarlos. Se ponen medios patudos y eso no se los aguantamos. La ruta no da plata y ellos lo tienen súper claro. Ni siquiera nos piden esas cosas. Esto ha ido creciendo y ahora vienen colegios de Chicureo a vivir la experiencia de la Ruta de la Cuchara”.
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