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Enero 2, 2023

El regreso de la generación perdida. Por Camilo Feres

Director de Estudios Sociales y Políticas de Azerta

La derrota del 4 de septiembre parece haber restituido algo de orden en la fuerza y pocas imágenes simbolizan de mejor manera ese reequilibrio que la de Carolina Tohá, la heredera laguista por antonomasia, tomando la conducción política del gobierno de la generación que los había desplazado e integrándola a la historia larga de la política. Esa que los millennial pensaban que venían a refundar.


La derrota en el plebiscito constitucional del 4S tuvo un efecto colateral hasta entonces impensado: repuso en la primera línea de la escena política a una generación largamente curtida y entrenada para administrar las riendas del poder pero que por, diferentes motivos, estaba pasando solo por el lado de éste.

Señoras y señores de las cinco décadas que estaban siendo llamados a retiro y que han vuelto a vida tras el colapso del proyecto constituyente octubrista, ocupando el lugar de relevo de la generación de la transición del que el destino les había deparado, pero que sus hermanos menores parecían haberles arrebatado.

La primera década del milenio estuvo marcada por la preparación del Bicentenario. Comisiones, escuelas y monumentos se erigían proyectados hacia la simbólica fecha de 2010 en que nuestra nación cumpliría 200 años de vida independiente.

Un rol preponderante en ese derrotero lo tuvo el ex Presidente Lagos, quien fusionó tras esa efeméride todo tipo de simbolismos anclados al ideario de un desarrollo democrático y económico nacional ejemplar y, por lo mismo, los herederos del “gran humanista laico” como lo llamaban algunos de sus cultores, habían sido preparados para entrar a escena en esa fecha, tomando el testigo de la historia en sus manos.

Pero ya en 2006 los estudiantes secundarios anunciaban que el tránsito de herederos a titulares no sería un cuento de hadas. Apuntando a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), los “pingüinos” comenzaban a poner en duda la retórica laguista del desarrollo nacional, inaugurando un movimiento que, con avances y retrocesos, daría forma a buena parte de la fisionomía política de la actual generación gobernante.

A la irrupción pingüina le seguiría la convulsionada campaña de 2009. En ella, un “enchulado” Eduardo Frei ofrecía ser el puente entre dos generaciones, mientras uno de los herederos de la generación de la transición -Marco Enríquez-Ominami- decidía saltarse la fila en la que esperaban su turno el resto de sus congéneres y lanzarse a una aventura presidencial que, aunque no lo catapultó a La Moneda, sí logró redefinir los términos y probablemente en desenlace de dicha elección.

Así las cosas, la ordenada transición generacional que se preparaba en la centroizquierda tuvo que hacerse en el marco de una derrota, mientras la reemplazaba en escena una improvisada cohabitación generacional de derechas que se preparaba para asumir el gobierno y con él, la titularidad de las celebraciones oficiales del bicentenario.

Curiosamente, la generación concertacionista de relevo no tuvo la capacidad de convertirse en la oposición y contrapunto de la novel derecha en el poder y ese vacío fue llenado por la irrupción de la segunda gran movilización estudiantil, la de 2011, cuyos líderes, demandas y valores (sí, esos tan diferentes a los de sus predecesores, Jackson dixit) llenaron primero las calles y luego el espacio simbólico de renovación que sus hermanos mayores estaban dejando vacante.

MEO primero y la generación de las movilizaciones después, lograron desplazar a puestos de menor importancia a casi la totalidad de los herederos de Lagos que, aunque siguieron formando parte del equipo una vez creada la Nueva Mayoría, parecieron perder para siempre la centralidad y gravitación al interior de éste. Algo equivalente le sucedía a los herederos de Piñera en la derecha: en el que parecía ser su momento estelar para dejar de ser los alumnos en práctica y tomar la conducción de su sector, el estallido y sus eventos subsecuentes los dejaban en posición fuera de juego.

La derrota del 4S, sin embargo, parece haber restituido algo de orden en la fuerza y pocas imágenes simbolizan de mejor manera ese reequilibrio que la de Carolina Tohá, la heredera laguista por antonomasia, tomando la conducción política del Gobierno de la generación que los había desplazado e integrándola a la historia larga de la política, esa que los millennial pensaban que venían a refundar.

La segunda imagen de este momento del ciclo es sin duda la de Álvaro Elizalde, presidente de la institución amenazada de muerte por la Convención -el Senado-, firmando junto a su par de la Cámara y parte de la generación estudiantil, Vlado Mirosevic, un nuevo acuerdo constituyente, flanqueados a izquierda y derecha por miembros de ambas generaciones, en un pacto suscrito de espalda al octubrismo por los primeros y a contrapelo de los coroneles y patrones de la derecha los segundos.

El resultado de esta nueva mixtura generaciones marcará buena parte del año que comienza. De la capacidad que tengan para llevar a un segundo nivel el acuerdo suscrito, así como de la eficacia que logren en mantenerse dentro de él dependerá la forma que adopte el ciclo político que nace.

La naciente clase política deberá lograr entenderse dentro de la cancha que ha rayado para ello al tiempo que convierte ese acuerdo en resultados concretos y tangibles de paz social y bienestar para el país.

La generación perdida parte 2023 con la sartén por el mango, pero eso no basta para que su retorno sea exitoso. En los días que vienen deberán también lograr rendimientos políticos y sociales ya que, al costado de ellos y al mismo tiempo en que se consolidan en posiciones de liderazgo, nace la fuerza que aspirará a crecer en sus márgenes y en oposición a este nuevo acuerdo. Así se va cimentando el nuevo ciclo y así deberán entenderlo los que intentan gobernarlo. La continuidad generacional se ha restablecido en los hechos, veremos si esa es, finalmente, una buena noticia.

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