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Boric y el fantasma de la revolución. Por Sergio Muñoz Riveros

Ex-Ante
El Presidente Boric durante su participación en la Cumbre Iberoamericana. Foto: Agencia UNO.

¿Ha aprendido algo Boric en este período? Es posible. Basta con mirar su gabinete. Para el resto de su mandato, solo le sirve actuar con estricto sentido de las proporciones, y no hacer nada que implique la posibilidad de que el país se descarrile.


Algunos críticos de la gestión de Boric están convencidos de que él lidera un proyecto revolucionario que, pese a la derrota en el plebiscito constitucional, no se ha detenido ni se detendrá. Se trataría de un plan para materializar el objetivo de que Chile sea “la tumba del neoliberalismo”. Aunque el concepto de neoliberalismo es gaseoso, la izquierda populista latinoamericana lo ha levantado con un sentido más o menos equivalente al que, en otros tiempos, tenía la consigna “abajo el capitalismo”.

¿Significa entonces que Boric busca cambiar los fundamentos sobre los que funciona la economía de mercado en Chile? ¿Y para reemplazarlos por qué cosa, exactamente? ¿Por el llamado “régimen de lo público”, que es la nueva forma de aludir al estatismo? Su programa original daba para pensar en algo así, pero de aquel programa queda poco o nada. Es visible, en todo caso, que su gobierno manifiesta una desconfianza instintiva hacia el mundo privado, y una inclinación, también instintiva, hacia las fórmulas de control estatal, como queda de manifiesto en el proyecto de reforma previsional.

Una revolución, en todo caso, es mucho más que un programa económico para un período presidencial. Es, ante todo, un cambio político orientado a crear una estructura de poder concentrado. De acuerdo al canon marxista-leninista, era el reemplazo de una clase social por otra en la conducción del Estado. La historia muestra que fue la consagración del autoritarismo integral, la “dictadura de los justos” para imponer la igualdad definitiva y la felicidad del pueblo.

Ya conocemos la magnitud de la estafa: ahí está, para ilustrarla, el inmenso desastre humano de Cuba. Los jóvenes dirigentes del Frente Amplio no parecen estar enterados de eso, pero sí lo están los viejos dirigentes del PC, que defienden la dictadura cubana con el mismo fervor que antes defendían la dictadura soviética.

Los revolucionarios de aquella matriz tenían como objetivo “conquistar el poder”, y quedarse con él indefinidamente. A veces, el punto de partida era un triunfo electoral, pero esa elección pasaba a ser la última con garantías de competencia libre. ¿Se le pasa por la mente algo como eso a Boric, o sea, una solución en la cual los revolucionarios se imponen por la fuerza? Nada lo indica, aunque su retórica desinhibida en los años en que fue dirigente estudiantil daba para pensarlo.

Después, como diputado, pronunció discursos flamígeros y realizó gestos orientados a probar que él era un combatiente: “Hoy estuvimos en el territorio liberado de Temucuicui con el lonko Víctor Queipul dialogando con su comunidad” (Twitter, 7/08/2016). Territorio liberado, ni más ni menos. En octubre de 2019, vimos su “osadía” en Plaza Italia: les habló golpeado a varios soldados que no podían responderle. Boric se entusiasmó con la revuelta, que revivió en las izquierdas la antigua superstición sobre “el gran día” en que los revolucionarios asaltan el cielo.

Lo más revelador fue, por supuesto, su compromiso con la Convención refundacional. Ello estuvo ligado a la confianza que depositó allí en los operadores del Frente Amplio -Jaime Bassa y Fernando Atria-, que ayudaron a redactar el proyecto de Constitución que volvía irreconocible a la República de Chile. Cuando vino el plebiscito, Boric puso el aparato gubernamental al servicio de la campaña del Apruebo.

Si hubiera sido aprobada esa Constitución, ¿habría sido el comienzo de una revolución? No, precisamente, pero sí pudo provocar un cuadro de caos y violencia. Era un texto saturado de equívocos, basado en la segmentación racial de la nación, y construido, según el profesor Eugenio Yáñez, como “Una Constitución imaginaria, cuyos destinatarios eran chilenos imaginarios, habitando un país imaginario” (en el libro “4/9: El rechazo de Chile”, Universidad San Sebastián Ediciones).

A Boric lo salvó el triunfo del Rechazo. Sigue siendo Presidente porque el orden constitucional vigente, que él quiso desmantelar, lo protegió de las consecuencias de su propia aventura. El país no aceptó ser refundado. Y, ciertamente, no aceptaría algo que se parezca a una revolución.

¿Qué representa, entonces, Boric? Un intento rudimentario de cambiar la sociedad según ciertas pautas anticapitalistas, pero sin mucha reflexión de hacia dónde podría conducir eso, ni de los efectos concretos que tendría en la vida de la población. Como buena parte de la izquierda universitaria, tiene una visión romántica de la revolución, definida por la idea de que “no se pierde nada con experimentar”. Se trata de revolucionarios que dan por hecho que todo lo construido está garantizado, que las tarjetas de crédito que usan no corren peligro.

Boric llegó a la Presidencia sin haber decantado una posición madura sobre la sociedad compleja que es Chile, y teniendo muy serias confusiones respecto de cuál es la vía del progreso real, no fantasioso. Ante los 50 años del golpe de Estado, parece desear que lo vean como heredero o continuador de la experiencia que encabezó el Presidente Allende. Pero, sucede que, en tal experiencia, se concentra todo lo que no debe hacer.

¿Ha aprendido algo en este período? Es posible. Basta con mirar su gabinete. Para el resto de su mandato, solo le sirve actuar con estricto sentido de las proporciones, y no hacer nada que implique la posibilidad de que el país se descarrile. Tiene que pensar en cómo quiere salir de La Moneda.

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