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Abril 27, 2023

Perfil: Raúl Torrealba, la madera del Tronco. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Lo nubló, como a muchos que han logrado sortear enfermedades difíciles, la certeza de su propia inmortalidad. Una sensación de inmortalidad que debió crecer con cada elección municipal en que, casi sin esfuerzo, iba ganando porque era imposible pensar en Vitacura sin el “Tronco” y en el “Tronco” sin Vitacura.


“Tronco”. Pocos sobrenombres resultan más exactos que el que lleva, desde su adolescencia, Raúl Torrealba del Pedregal. De lejos y de cerca parece un tronco el exalcalde de Vitacura. Tosco, cuadrado, sólido, su piel tiene el tinte y la rugosidad de la madera. Esto último es algo en que deben pensar muchos de sus “ex mejores amigos”: ¿Cómo no va a ser completa y totalmente “cara de palo” alguien a quien llaman por décadas el “Tronco”?

Ni un temblor, ni una mueca en su rostro. Si es inocente su silencio, es propio de un santo. Si es culpable su silencio, es propio de algo más interesante que eso. Un hombre de doble o triple fondo que inventó una comuna casi de la nada, pero seguía pagando en efectivo, de procedencia más que dudosa, regalos y regalías con una soltura de cuerpo que es quizás lo más interesante del caso.

¿Dónde están las raíces del “Tronco”? El apelativo se lo pusieron en el fútbol, una de sus pasiones más consistentes. Una pasión que unía al rugby, donde su aspecto fornido era de mucha utilidad. Alumno del Saint George, era el típico fan de las actividades extraprogramáticas; el alumno que iba a clases sólo para disfrutar mejor de los recreos. Entusiasta del aire libre, las parrillas, las risotadas, lleno de amigos, no terminó la carrera de Derecho en la Universidad de Chile, pero encontró en esa facilidad para socializar en las canchas del Club Deportivo de la Católica, algo parecido a una vocación.

En esa escuela de virtud y de honestidad contable que es el fútbol profesional chileno y su ANFP, hizo sus primeras armas, al mismo tiempo que con otros amigotes fundaba Renovación Nacional. Siempre disponible para cualquier directorio, siempre amigo de sus amigos, siguió de adulto viviendo su vida de adolescente en un mundo en que todos se llaman “Choclo”, “Chato”, “Negro”, como si Chile entero no fuera más que una versión agrandada del patio del colegio.

Siguió, entonces, poniendo a sus amigos de siempre, y algunos nuevos, en distintos puestos y funciones en la alcaldía de Vitacura. Construyó sobre un pantanal con aspiraciones de basurero un precioso parque, programas sociales, teatros, estatuas, luminarias, pañales para la tercera edad, mientras inventaba figuras más y más complicadas de administración municipal con el poco disimulado objetos de ser difíciles o imposible de auditar.

Mientras tanto, del “Tronco” chucheta y simpático de los años noventa, salió otro “Tronco”, de otra madera, de otro árbol. Un cáncer a la mandíbula cambió todos sus hábitos, quitándole la felicidad de comer sin pensar. No sé si todos los gordos son felices (conozco muchos que no), pero sí sé que no he conocido nunca a un “adelgazado”, sea cual sea la operación a la que se haya sometido para lograrlo, realmente feliz. Porque la felicidad del gordo reside en gran parte en comer, como la del bebedor en beber y la del fumador en fumar.

De pronto el “Tronco” dio paso a una versión notoriamente más delgada de él mismo. También una versión más cultivada, más “social”, más ecológica e inclusiva, de él mismo. Se convirtió en el alcalde que hace bien todo lo que los otros hacen mal, el que, desde la abundancia sin fin de su palacio posmoderno, les enseña a las comunas más pobres cómo puede administrar mejor sus pocos fondos.

Lo nubló quizás, como a muchos que han logrado sortear enfermedades difíciles, la certeza de su propia inmortalidad. Una sensación de inmortalidad que debió crecer con cada elección municipal en que, casi sin esfuerzo, iba ganando porque era imposible pensar en Vitacura sin el “Tronco” y en el “Tronco” sin Vitacura.

Periodo tras periodo, los chilenos más ricos del país, que se suponen son los más informados, le fueron creyendo al “Tronco” todo lo que rezaba. ¿Ingenuamente? No sé. Mi experiencia me indica que a nadie en la vida lo engañan si no quiere ser engañado. Ver a un alcalde que lleva más de 25 años en el cargo, un cargo donde circulan como pocas coimas, pagos torcidos, favores y amigotes, debería ser suficiente para desconfiar de entrada y no votar por él una vez más. Pero votaron, y seguirían votando por el si no fuera por las denuncias en su contra.

¿Por qué el “Tronco” iba a ser distinto que la Karen Rojo, Miguel Ángel Aguilera y otros Olavarría del montón? Es que al “Tronco” lo conocían, parecían creerle los que hoy juran no compartir nunca más una toalla con él en la playa de Zapallar. El “Tronco”, cuya verdadera profesión era ser amigo de sus amigos, se creyó el cuento y no indemnizó a uno de esos amigos, uno con apellido más prestigioso y antiguo (Prieto Urrejola) que ese “Torrealba no más”, con que carga el exalcalde.

Circula entre los que quieren creer que son del pueblo, la idea de que existe una especie de “Versalles” de privilegiados sofisticados y burlones. Las aventuras del “Tronco”, alcalde de una comuna en que se vivía mejor que en Noruega, pero en que se seguían pasando sobres con plata de mano en mano, es un desmentido perfecto de que estamos muy lejos de ningún Versalles. Y que los ricos no solo también lloran, sino que también muerden, porque son como el resto de los humanos, animales que hablan y piensan y ríen.

No hay Versalles. El “Tronco” no es marqués, conde, o duque de nada, sino ese amigo de los amigos que en algún momento se creyó intocable, volando a la altura de sus no pocos logros perdiendo al parecer contacto con la tierra firme. Un hombre de placeres y gustos simples que se fue, conforme el poder, complicando, sofisticando, sin dejar de ser profundamente el mismo: un chileno que se come toda la comida del plato del puro temor aprendido de que no haya más comida mañana.

Es ese miedo a perder lo que siempre te pierde al final. Con tantos instrumentos financieros electrónicos, con tantos bancos inrrastreables, hay quien aún solo cree en los billetes, en el efectivo. Al parecer el “Tronco” se sintió por encima de todo cálculo y vigilancia y perdió la capacidad más esencial para todo tronco que se respete: la capacidad de, contra viento y marea, siempre flotar.

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