El país camina por la cornisa mientras, abajo, el río avanza hacia su destino. La historia, como la corriente en un cauce, no se detiene, solo se contiene. Algo así ocurrió en 2019, cuando el malestar se convirtió en rabia y esperanza. Con el tiempo, la violencia y la pandemia transmutaron la rabia en miedo, la rebeldía en agresividad. La esperanza, que llenó las plazas y encarnó en convencionales independientes y jóvenes gobernantes, hoy es pura desilusión.
Los diques contuvieron, pero colapsaron tempranamente. Quizás eran débiles en su estructura, capaz las corrientes fueran más fuertes de lo anticipado. Como sea, hay que cavar nuevos surcos, diseñar otros sistemas de rebalse y contención. Nos vamos a inundar y pocos parecen dispuestos a colaborar.
El gobierno se empeña en que las reformas rimen con las que inicialmente soñaron, natural y comprensible, pero impracticables. La narrativa del programa cohesiona la interna, pero afuera – en la realidad – solo le resta efectividad. Tendrá que decidir si quiere dejar testimonios u obras. Si quiere lo segundo, deberá ser severamente pragmático: partir por lo más viable, modernización del Estado, probidad y crecimiento, luego ver cuanta inercia logra acumular.
El Socialismo Democrático tiene que asumirse como el eje y construir una orgánica que le dé cohesión. No se puede ser articulador sin articularse. Apruebo Dignidad tendrá que decidir si prefiere el éxito del gobierno o cuidar su flanco izquierdo. Es imposible gobernar para todos y darle en el gusto a unos pocos.
La oposición, por su parte, embobada con las encuestas, habita un país imaginario que dejó atrás las causas y consecuencias del 2019 y ahora ve en ellos la seguridad y prosperidad. Viven en la ilusión de que la ciudadanía los distingue, que deposita en ellos la esperanza perdida. Juegan corto, sin visión periférica.
Chile Vamos exige la cabeza de un ministro y cuando la tiene, se queda sin excusas. De paso, en medio de la conformación del partido único del FA, le devuelve al mejor jugador. El Partido Republicano gana una elección en la que nunca creyó, con eso carga su mochila de responsabilidad política, justo lo opuesto a lo que los llevó ahí, anticipando su desgaste y extinguiendo su relato.
Es una comedia de equivocaciones donde todos quieren protagonizar la escena. Buscan el mejor chiste, la cuña ingeniosa, el aplauso pasajero. Pero la obra se hace cada vez más aburrida, más incoherente, más incomprensible. La mayoría no la ve ni la escucha. Los actores lo saben, pero prefieren ignorarlo. Es tal la pérdida de sentido que basta con estar sobre el escenario, aunque sean los únicos en el teatro.
Así las cosas, el río seguirá su curso, acumulando fuerza y volumen. Y si no colaboramos, en diciembre no tendremos nueva constitución, ni agenda de modernización y crecimiento, ni reforma previsional. No habremos encaminado un pacto fiscal, ni daremos una solución a las listas de espera y la crisis de las isapres. La pregunta entonces será obvia: ¿para qué sirve la política?
Al otro lado de la cornisa, un líder patológico ya encontró una respuesta que conecta con la audiencia: no sirve para nada, son todos narcos, que se vayan, que se acabe el curro de la política. ¿No la vimos venir?
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