Tradicionalmente las distintas generaciones han sido bastante homogéneas entre sí. Desde una perspectiva sociológica, la base de esta homogeneidad estaría el que cada generación tiene formas particulares de experimentar la vida según la época en que se ha socializado. Esta experiencia compartida sellaría distintivamente las visiones de mundo y los valores característicos de cada generación.
Por ejemplo, mientras en Chile la generación X, nacida en los 70, vivió el tránsito desde la pobreza a la clase media y desde la dictadura a la democracia, la generación de los 80 (Y) se socializó en libertad y con la masificación del consumo como norma. La generación X estaría marcada a sangre y fuego por el temor (a la inestabilidad política, la pobreza) y la generación Y por aspiraciones hedonistas y de cambio (“no estoy ni ahí”). En corto, una es la del sí jefe, la otra la del “chao jefe”.
Visto así, “todo hacía presagiar” que la generación de los 90 sería la generación feminista. Aquella generación socializada en tiempos de presidentas y líderes políticas mujeres, de inclusión, de leyes de paridad, propagación de lenguaje inclusivo y de cancelación de códigos sexistas.
Una generación que naturalmente interiorizaría el que hombres y mujeres son iguales en deberes, derechos y libertades. La generación para la cual la discriminación de cualquier tipo hacia el “sexo débil” devendría intolerable como fue con la esclavitud.
Una muestra de eso se asomó la década pasada. Sin embargo, en los últimos años pareciera que algo ha cambiado. Al igual como ha sucedido en otros países, y de acuerdo con un estudio de Criteria, se observa una mirada muy distinta sobre feminismo y discriminación de género entre hombres y mujeres de las generaciones de menos edad.
Si en 2018, el 70% de los hombres menores de 40 años consideraba que en Chile se discrimina a las mujeres, hoy eso lo piensa el 40% de esos hombres. Una baja impresionante que se acompaña de otras caídas también significativas en la percepción de discriminación hacia las mujeres en el trabajo, en la política, en los salarios y etc.
En 2021 un 27% de los hombres en Chile se identificaba con el movimiento feminista. Hoy, apenas tres años después, sólo se identifica un 14%. Y los menos identificados, son los menores.
Una vez más constatamos que no somos únicos. En el mundo ya se habla de “brecha política de género”. Hombres que se desplazan hacia valores más conservadores y mujeres de igual edad que lo hacen hacia valores más progresistas. Una brecha con efectos electorales recientes en Chile, España, Argentina y varios más y que tenderá agudizarse dada la creciente polarización de género entre las generaciones más jóvenes.
La histórica “guerra de los sexos” más que finalizar con una nueva generación transversalmente feminista parece desatarse ahora en versión generación Z. La pregunta es por qué.
La noticia está en pleno desarrollo y por ahora sólo es posible especular. A propósito de batalla cultural, no parece tan aventurado pensar que la “ideología de género” que ironiza con el feminismo como un grupo identitario, y ridiculiza las diferencia entre sexo y género, ha ganado territorio. Un terreno que se fecundiza con esa pasión canceladora o derechamente matonesca de cierto mundo progresista hacia los discursos que se salen de lo políticamente correcto definido por el feminismo.
Antoni Gutiérrez-Rubí ha alertado también sobre el paradójico aumento de la soledad de las nuevas generaciones en sociedades hiperconectadas y cómo ello puede acelerar el proceso de aislamiento en burbujas digitales de los jóvenes. Jóvenes víctimas de una batalla ideológica cuyas municiones se viralizan acentuado el miedo y luego el odio hacia la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Hombres, socializados viendo en las mujeres las razones de sus propias inseguridades y frustraciones.
En fin, noticia en desarrollo que deja botando, como siempre, algo muy local cuando vemos a Evelyn Matthei tan encumbrada en las encuestas presidenciales: ¿tendrá la guerra de los sexos impacto en la próxima presidencial?
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