Más allá de su esfera de influencia regional en Medio Oriente -que abarca países como Líbano, Siria, Irak y Yemen-, Irán ha demostrado desde hace años un particular interés por consolidar su presencia en América Latina.
Un ejemplo de eso fue la visita que el presidente iraní, Ebrahim Raisi, realizó en junio del año pasado a Cuba, Venezuela, Nicaragua. Tres países con gobiernos no democráticos y que tienen una política exterior fuertemente antiestadounidense.
Asimismo, vale la pena recordar la travesía de dos buques de guerra iraníes, el destructor “Dena” y el buque base “Makran”, que realizaron un viaje que comenzó en septiembre de 2022 y culminó en mayo de 2023 con su regreso al puerto de Bandar Abbás. Los buques pasaron por las costas de Chile, Argentina y Uruguay, pero solo Brasil les permitió fondear y por eso atracaron en Río de Janeiro.
El acercamiento de Irán con América Latina buscaría demostrar que el gobierno de Teherán -bajo numerosas y antiguas sanciones económicas- no está aislado a nivel mundial y que cuenta con aliados dentro del hemisferio occidental, lo que también se puede leer como un desafío a Estados Unidos.
En ese contexto, la estrecha relación que Irán lleva construyendo con Bolivia, es un tema que -inevitablemente- ha despertado la preocupación a nivel regional e internacional. Sobre todo, a partir del memorándum de entendimiento firmado en julio del año pasado, en Teherán, por el ministro de Defensa boliviano, Edmundo Novillo Aguilar, y su homólogo iraní, Mohammad Reza Ashtiani.
Los detalles del acuerdo siguen siendo desconocidos y solo se sabe que busca ampliar la cooperación bilateral en los campos de seguridad y defensa, con el objetivo de ayudar a Bolivia en su lucha contra el narcotráfico y a reforzar la vigilancia de sus fronteras.
Las relaciones entre ambos países se comenzaron a estrechar desde los primeros años del gobierno de Evo Morales, quien protagonizó dos encuentros oficiales (uno en Irán y otro en Bolivia) con el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadinejad. En ambas oportunidades se formalizaron acuerdos orientados a impulsar la producción de alimentos y medicamentos, junto con establecer vínculos culturales y tecnológicos.
Esta relación entre La Paz y Teherán tuvo una breve interrupción entre 2019 y 2020, durante el gobierno de Jeanine Áñez, pero se retomaron tras la elección de Luis Arce, quien fuera ministro de Economía y Finanzas Públicas de Morales.
De esta forma, el acuerdo entre Irán y Bolivia, no ha pasado inadvertido en el Cono Sur, tomando en cuenta -por ejemplo- la preocupación que generó en Argentina. Un país que, precisamente, hace pocos días responsabilizó al gobierno iraní del atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ocurrido el 18 de julio de 1994, y que dejó 85 muertos y más de 300 heridos. A lo que siguió la petición de arresto del ministro del Interior de Irán, Ahmad Vahidi, a quien se sindica como uno de los presuntos responsables del atentado de la AMIA.
La Cámara Federal de Casación trasandina estableció que el ataque fue perpetrado por la organización libanesa chiita Hezbolá, amparada por Irán. Y que también es sospechosa de haber atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires, el 17 de marzo de 1992.
Ante este escenario, el acuerdo entre Bolivia e Irán obliga a mantener un monitoreo constante de la evolución de esta alianza. Después de todo, estamos hablando de Irán: una teocracia muy lejos de cualquier parámetro democrático, que ha sido constantemente acusada de violaciones a los Derechos Humanos y de patrocinar grupos paramilitares en Medio Oriente.
Asimismo, es importante recordar que el país persa es un importante productor de petróleo, aunque las sanciones internacionales actualmente atacan directamente su exportación; que Irán cuenta con un programa nuclear de uso civil, pero que podría derivar en la construcción de un arma nuclear; que tiene un avanzado desarrollo de misiles balísticos, los que utilizó recientemente contra Israel; que cuenta con una importante y reconocida industria de drones militares, como los que le ha vendido a Rusia; y la tecnología para llevar adelante ciberataques.
A la luz de lo ya mencionado, la alianza entre Bolivia e Irán solo puede encender las alarmas en nuestra región, por los alcances -aún desconocidos- de la relación entre ambos países. Y Chile, que hasta el momento parece tener una aproximación distante del tema, debería ser el primero en exigir mayor transparencia sobre este acuerdo, como una manera de velar por sus intereses geopolíticos.
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