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Perfil: Juan Andrés Lagos, el falso teflón. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Sin necesitar viajes a Venezuela, o enloquecer en cárcel preventiva alguna, los comunistas podrían centrar su discurso en el costo de la vida y conectar con sus votantes al mismo tiempo que plantear en el gobierno una distancia con los ministros más ortodoxos económicamente. Una diferencia más profunda que el espantapájaros indefendible en que ha gastado lo mejor de su vida el ahora cesante Juan Andrés Lagos. Por el momento, la obsesión con su propio destino, les prohíbe a Lagos y Carmona, o a Carmona y Lagos, conectar con el de los chilenos.


Juan Andrés Lagos, al igual que su eterno compañero de comisión política, Lautaro Carmona, no llegó a ser uno de los lideres máximos de su partido por su brillo ideológico, ni por su inevitable retórica, ni mucho menos por su carismático contacto con el pueblo. Su talento ha consistido justamente en la falta estratégica de cualquier talento visible.

Lautaro Carmona y Juan Andrés Lagos, o Lautaro Lagos y Juan Andrés Carmona, tan intercambiables que llegan a ser una misma y sola persona, han contado con su única ventaja: su lealtad sin sorpresa, su silencio impermeable, su carácter de teflón, en donde nada de lo que ahí se fríe se queda pegado.

Por eso llama tanto la atención que tanto Carmona como Lagos hayan corrido ahora con colores propios, denunciando el gobierno en que participan, o inmolándose cada vez que han podido por Daniel Jadue, quien está acusado del peor crimen que se puede acusar a un comunista: Robarle a los pobres para conseguir una mejor plataforma de negociación con la empresa privada, es decir los ricos. Una suerte de Robin Hood al revés.

Jeannette Jara, Karol Cariola, Camila Vallejo, o Nicolás Cataldo, todo con popularidad y posibles agendas propias, se mantienen leal al gobierno, cumpliendo hasta el fin con la palabra empeñada. Mientras tanto, sus dos dirigentes históricos, los encargados de controlarlos si se salen de la línea, se dan el lujo de una adolescente pospuesta.

Algo especialmente chocante en el caso de Juan Andrés Lagos que fungía como experto en seguridad en la subsecretaria del Interior, mientras iba a gritar contra los jueces, o descartaba de entrada una de las líneas de investigación que su superior jerárquico y el superior jerárquico de éste, el propio Presidente, daban por buena. Todo, para que le sonrían en Caracas y en Capitán Yáber.

Gestos totalmente descoordinados y absurdos, más descoordinados y absurdos viniendo de un hombre que se supone creció en la clandestinidad y se hizo fuerte en la exclusión política de los 90. Clandestinidad y desierto político donde el despilfarro de gestos, las acciones sin consecuencias, y las deslealtades banales, eran considerados como un crimen imperdonable.

Como también era considerado un desatino mayor convertir una simple expulsión silenciosa y discreta, en un capítulo más de un Macartismo fantasmal. Un macartismo del que se acusa justamente el gobierno donde la mayor parte de los dirigentes del partido trabajan día a día leal y discretamente.

Quizás solo puede explicar el caso de Lagos, la idea de que es imposible vivir haciendo los trabajos sucios del partido sin ensuciarte un poco en el camino. O, al revés, sin esperar que alguien de tarde en tarde te bañe en perfume. El periodista Lagos estuvo por muchos años a cargo de El Siglo, revista que publicaba noticias que nadie más publicaba a cambio de no publicar ninguna de la que los otros sí publicaban. Más ingrato fue su paso por el Arcis, donde le tocó literalmente convertir a la gallina de los huevos de oro en unos pocos trozos de pollo frito, como esos que se comen en bote de cartón en restaurantes de comida rápida.

Ahí le toco bailar con la fea, con la horrible incapacidad de su partido para preservar en un proyecto esencial a la hora de crear hegemonía cultural. Proyecto que demasiado trataron como si fuera un cajero automático. Después de la restitución de sus sedes histórica, el PC pareció no necesitar, para su sobrevivencia, de universidades algunas, ni de medios de comunicación que no sean puramente testimoniales.

Una generación joven de dirigentes pareció cambiar este destino de especuladores inmobiliarios. Después vinieron los gobiernos, de Bachelet y de Boric, donde gran parte de la dirigencia se dedicó a cumplir funciones de gobierno, que los obligó a casi todos a gobernarse a sí mismos. A casi todos menos a Juan Andrés Lagos, que siempre sintió que su lealtad es con el partido y solo con el partido, no el partido de hoy, ni el de mañana, sino el de un eterno ayer para siempre imposible.

Una lealtad que incluye, quién sabe porqué, adherir sin críticas a las pachotadas de Maduro, o las de Putin, o la de cualquier otro dirigente político que no le gusta a nadie más en el mundo. Lealtad a lo lejano, a lo arcano, a lo improbable que le evita dar la batalla donde realmente los comunistas deberían darla. Porque no hay duda de que la prometida subida espectacular en las cuentas de la luz impactará en el corazón mismo del bolsillo de los chilenos.

Proletarios o no, la sensación de que los precios y las cuentas son impagables, podría ser una trinchera posible para el Partido Comunista y el resto de la izquierda del Frente Amplio.

Sin necesitar viajes a Venezuela, o enloquecer en cárcel preventiva alguna, los comunistas podrían centrar su discurso en el costo de la vida y conectar con sus votantes al mismo tiempo que plantear en el gobierno una distancia con los ministros más ortodoxos económicamente. Una diferencia más profunda que el espantapájaros indefendible en que ha gastado lo mejor de su vida el ahora cesante Juan Andrés Lagos. Por el momento, la obsesión con su propio destino, les prohíbe a Lagos y Carmona, o a Carmona y Lagos, conectar con el de los chilenos.

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