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Noviembre 10, 2024

Donald Trump: la física del poder. Por Jorge Ramírez

Cientista Político. Libertad y Desarrollo.

La derrota demócrata no fue únicamente una debacle electoral, fue también una derrota cultural. La sentencia final a la comprensión de la política como pastoreo progresista sobre un pueblo que se resiste a un falso “despertar” woke. Estos 74 millones de votos por Trump no son solo un respaldo; fueron una democrática declaración de resistencia contra un proyecto que, en su intento de “iluminar”, dejó a muchos, en esa América profunda, en la sombra de la exclusión.


Tercera Ley de Newton: toda acción conlleva una reacción. Donald Trump no existiría como fenómeno político si la izquierda de carácter identitaria y woke no hubiera cobrado tanto realce durante las últimas décadas en detrimento de un proyecto socialdemócrata de mirada nacional. Tampoco hay impugnación a las elites, sin previa desconexión de éstas frente a los dolores y angustias de la ciudadanía.

Mark Lilla, académico de la Universidad de Columbia, lo describió en un pequeño pero contundente libro llamado El regreso liberal.  En él se analiza, dentro de otros elementos, cómo el Partido Demócrata reemplazó a los sindicatos industriales como sus espacios característicos de formación y socialización política por las universidades de élite de las costas este y oeste del país norteamericano.

Así, de representar los intereses del pueblo, esta nueva izquierda abrazó una pretensión moralizante al imponer un lenguaje, hábitos y modos de conducta cancelatorios en las capas más bajas de la sociedad. ¿El resultado? Una rebelión popular en contra de este tutelaje.

De acuerdo con un estudio publicado por la encuestadora Morning Consult, un 45% del total de electores norteamericanos tenía, a julio de 2023, una mala percepción del concepto woke, identificando cómo las instituciones que están llegando “demasiado lejos” a la hora de promover estos valores a los medios (42%), las redes sociales (39%), el Partido Demócrata (38%) y las universidades (30%).

El mapa de los resultados de la elección lo refleja con meridiana claridad: los escasos lunares teñidos de azul (triunfo demócrata) fueron las ciudades universitarias y/o grandes centros financieros: Boston, Nueva York, Chicago, San Francisco, Washington, Atlanta, etc. Mientras el resto del país parece un territorio sumergido en un rojo profundo; un rojo republicano iracundo, como el rostro de Trump.

Ciudad vs. campo, una élite cosmopolita vs. una América profunda de los derrotados por la globalización. Dos países completamente distintos. Un mundo centrado en demandas postmateriales, que apuntan principalmente al anhelo por reconocimiento, y otro que buscó satisfacer demandas materiales; las más básicas, pero no por eso menos importantes, tales como frenar el alza en los precios de los alimentos, combatir la pandemia por el consumo de fentanilo o volver a tomar control de las fronteras ante el masivo arribo de población inmigrante.

La derrota demócrata no fue únicamente una debacle electoral, fue también una derrota cultural. La sentencia final a la comprensión de la política como pastoreo progresista sobre un pueblo que se resiste a un falso “despertar” woke.

Lo verdaderamente alarmante, es que, encandilados por sus propias teorías, el movimiento woke, urdió una insultante telaraña de etiquetas y prejuicios que impide ver a su contraparte como algo más que una mera “amenaza para la democracia”.

Estos 74 millones de votos por Trump no son solo un respaldo; fueron una democrática declaración de resistencia contra un proyecto que, en su intento de “iluminar”, dejó a muchos, en esa América profunda, en la sombra de la exclusión. Quizás las verdaderas víctimas del sistema no eran las minorías que anclan su sentido de pertenencia a un color de piel, una etnia o la adscripción a un grupo “históricamente rezagado”, sino las grandes mayorías silenciadas e invisibles a los ojos del mainstream o corriente dominante.

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