En política, la convivencia forzada suele tener fecha de caducidad, y todo hace presagiar que estamos siendo testigos de aquella fecha. La relación entre el Partido Socialista (PS) y el Frente Amplio (FA) no solo ha sido tensa; ha sido estructuralmente incompatible.
El episodio de la destitución de Isabel Allende por el Tribunal Constitucional no es una grieta más: es el derrumbe anunciado de una alianza que jamás logró consolidarse como proyecto común. Lo que hoy vemos no es una crisis coyuntural, sino la constatación de una verdad profunda: la relación entre el PS y el FA es inviable.
Durante los últimos años, la narrativa oficial ha intentado vender una coalición progresista amplia, una suerte de convergencia generacional entre el reformismo histórico y la promesa transformadora del nuevo ciclo. Pero la realidad ha sido otra: desconfianza mutua, disputas por la hegemonía, diferencias de estilo, y ahora, el símbolo más brutal de la fractura: la salida forzada de Isabel Allende del Senado.
El Partido Socialista ha sido, como dijo su presidenta Paulina Vodanovic, “muy leal”. Tal vez demasiado. Desde el apoyo a la segunda vuelta presidencial, pasando por la incorporación al gabinete en 2023, hasta la defensa institucional frente a las crisis de probidad que golpearon al Frente Amplio, el PS ha pagado costos sin beneficios. Ha jugado un rol secundario, tolerando desplantes y ninguneos, en nombre de una unidad que en la práctica ha funcionado como subordinación.
El FA, en cambio, ha transitado con arrogancia. Pese a su juventud institucional, ha operado como si la historia comenzara con ellos. Sus liderazgos han promovido una lógica de pureza ideológica que desconfía de todo lo que huele a Concertación.
El PS, por ende, ha sido tolerado, pero nunca incorporado plenamente. Nunca un socio, siempre un acompañante útil. La izquierda tradicional, para el FA, es un estorbo necesario, una carga del pasado.
La destitución de Isabel Allende ha sido el catalizador de lo que ya era evidente. El gobierno tuvo una serie de negligencias, impericias, que culminaron en la renuncia de la ahora ex ministra Maya Fernández, y con la hija de quien es el máximo referente socialista terminando su vida política de la peor forma posible.
Para el PS, esto no puede equivaler menos que a una traición. Y no es solo por Allende. Es por el derrotero de este episodio. Es por la forma en que el gobierno omitió el costo político de empujar una operación —la compra de la casa familiar— que luego abandonó, dejando expuesta a una de sus senadoras más emblemáticas. Es por la forma en que el FA, incluso ante el golpe, optó por proteger su imagen de neutralidad, sin asumir las consecuencias humanas de la política real.
En este contexto, hablar de unidad oficialista parece una entelequia. Las primarias ya están en duda, la lista única parlamentaria es una ilusión, y la continuidad de la coalición se sostiene apenas por la necesidad de no hundirse en conjunto. El PS está herido. El FA está atrincherado. El Gobierno, entre ambos, parece más un rehén que un articulador, ya que el presidente no logra jugar ese rol mediador que se espera.
Hay una pregunta inevitable: ¿vale la pena sostener lo insostenible? El PS debería preguntarse si su lugar está en esta alianza. Y no por despecho, sino por dignidad estratégica. El FA, por su parte, debería asumir que sin alianzas reales no hay gobernabilidad posible. Su proyecto no tiene mayoría, ni en el Congreso ni en la calle. La épica no basta. Se necesita la política que hoy se carece.
Lo más preocupante no es el conflicto actual, sino la incapacidad para construir un relato compartido de futuro. El PS quiere y necesita gobernabilidad, reformas graduales, responsabilidad fiscal y política, la cual tuvo en la Concertación. El FA sigue anclado en una épica que lo lleva a sobreactuar pureza y desconfiar de cualquier trazo de moderación. No hay horizonte común. No hay gramática compartida. Hay una colisión de mundos.
La política chilena está marcada por fragmentación y volatilidad. Pero también por una necesidad urgente de reconstruir confianzas. Lo que el oficialismo muestra hoy es lo contrario: fractura, descoordinación, e inmadurez institucional. No basta con estar en el mismo barco si cada cual rema en dirección opuesta.
“Inviables” no es solo el nombre de una columna. Es el diagnóstico crudo de una relación que ya no da para más. Es hora de sincerar las diferencias, de asumir los costos, de reconfigurar alianzas sobre la base de convicciones compartidas, no de conveniencias transitorias.
El país no puede seguir gobernado por una coalición en disputa permanente. El oficialismo debe elegir: o se recompone con el escaso tiempo restante, o se fragmenta. El país desconfía cada vez más de lo que hacen, y parece que el horizonte parece que esta desconfianza continuará. El PS, ahora tiene la palabra. Debe decidir si continúa pasando dolores de cabeza con un aliado que parece querer salvarse solo y no jugar para el equipo. El tiempo está en contra.
Tierras Raras, Trump y China: ¿Qué estamos esperando? Por (@LavinJoaquin). https://t.co/RPAvcPubWZ
— Ex-Ante (@exantecl) April 4, 2025
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