La noticia de que más de 25 mil funcionarios públicos pidieron licencias médicas para luego salir del país no debiese sorprender a nadie, considerando que el abuso de parte de quienes administran y reciben recursos del Estado solo ha ido en aumento.
Ocurre que, junto con la llegada del actual gobierno, no solo ha aumentado la contratación de personal administrativo a niveles históricos, superando incluso la cuota legal de personas a contrata, sino que además también se han incrementado los niveles de pago a organizaciones que actúan en el servicio público, como las fundaciones.
De hecho, por lo mismo, no sorprenden ni los gastos en personas que trabajan en el Estado sin realizar funciones reales, ni que los recursos públicos se estén destinando a fundaciones como ProCultura, que no hacía absolutamente nada por la cultura, o Democracia Viva, que operaba únicamente para enriquecer al pequeño grupete privilegiado que la manejaba.
Así, el gasto del Estado no solo ha aumentado a niveles récord, sino que también lo ha hecho el gasto irresponsable. Los números cuentan la historia. En 2024, la posición financiera neta del país (activos menos pasivos) cerró en 37,2%, 6 puntos porcentuales más que en 2022, y el Fondo de Estabilización Social, normalmente usado para mitigar las crisis, se redujo en el mismo período de USD 7.500 millones a USD 3.600 millones.
Con un gasto fiscal desbocado, en el que constantemente se ha gastado más de lo que ha entrado, sin siquiera una crisis que lo justifique, y constatando que hay un profundo descontento ciudadano —con una desaprobación presidencial que constantemente supera el 70%— cabe preguntarse por qué se sigue gastando sin resultados concretos.
Para empezar, parece evidente que no hay un plan. El gobierno, de izquierda, asumió con una idea general de lo que haría, pero nunca anticipó que se le haría tan cuesta arriba. Cuando perdió el plebiscito constitucional de 2022, perdió lo poco que tenía, entrando en un espiral caótico de confusión e improvisación.
Desde entonces, la tónica ha sido gastar sin freno. Ha sido repartir a toda costa bajo la impresión de que al menos eso era moverse en la dirección correcta. Al menos esa es la lógica que permite entender la falta de control, monitoreo y retribución tras las licencias médicas falsas y el despilfarro en las fundaciones.
Por lo demás, es evidente que todo fue improvisado, claramente ejecutado por amateurs sin siquiera la capacidad de disimular su intencionalidad.
Tal como Marcel no ha logrado justificar su afán expansionista en Hacienda, ni los magros resultados económicos que ha obtenido con ello, el resto del gobierno no ha logrado esconder que no tienen idea de lo que están haciendo con los recursos fiscales, muchas veces gastando en proyectos innecesarios que, cuando han sido desenmascarados, ni siquiera han intentado recuperar los recursos mal utilizados.
Parte del problema es de quienes gobiernan, como debió haber sido evidente para todos antes de la elección de 2021, pero que, por el álgido momento por el cual pasaba el país, pasó desapercibido.
Siendo honestos, ¿cuánto se podía esperar de una generación que pasó directo de hacer paros en la facultad a tomar decisiones que con un click del mouse pueden afectar la vida de millones de familias? ¿Cuánto se podía esperar de una clase política que se vanagloriaba en sus campañas diciendo que su fortaleza era su inexperiencia?
Por otra parte, es evidente que al menos parte del problema también es estructural, y que está directamente asociado a la idea matriz de que hacer crecer el Estado va en la dirección correcta. Pues, ¿cuántas veces se han quebrado países completos por hacer precisamente lo mismo que se está haciendo aquí? Ya debiese ser obvio que invertir los recursos de todos sin objetivo ni control conduce al fracaso.
Quizás lo único que le ha resultado bien a este gobierno es algo que, si bien no cabe en el plano colectivo, se puede decir que ha sido en beneficio propio. Probablemente, todos quienes logren terminar el cuatrienio del gobierno de Boric en su puesto —es decir, quienes no han sido removidos por la justicia, sus superiores o el mismo Presidente— habrán terminado sustancialmente mejor de lo que empezaron.
Muchos de ellos, sin conocimiento ni oficio, habrán ejercido en puestos determinantes, que les permitirán diferenciarse del resto y potenciar no solo su poder adquisitivo del momento, sino además su posibilidad de conseguir trabajo en un mercado altamente competitivo, que se reduce en tamaño cada día un poco más.
Todo esto, por supuesto, a costa del “pueblo” que decían que venían a rescatar de las garras de la “ultraderecha” que buscaba poner orden mediante crecimiento y seguridad.
En cualquier caso, con todo esto hecho a plena luz del día, no sorprenderá a nadie tampoco que los más vulnerables se vuelquen a votar en masa por esa misma “ultraderecha” en la próxima elección, y no por ser su ideología de elección, sino por el abuso que ha cometido la izquierda, el gobierno actual, empeorando cada uno de los indicadores, solo para verse favorecidos ellos al final, comprándose casas con fachadas de castillo, mientras el resto apenas sueña con financiar la mitad de un pie.
Radical y competitivo: Cómo Kast está transformando un estigma en ventaja. Por Jorge Schaulsohn.https://t.co/8rGDSFjFeb
— Ex-Ante (@exantecl) May 23, 2025
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