En Chile, hablar de pobreza suele incomodar. A veces, preferimos mirar para otro lado, convencidos de que el problema está en retirada, que las cifras de 6,5% de la última Casen de 2022, nos avalan y que, en comparación con nuestros vecinos latinoamericanos, estamos bien posicionados. Sin embargo, esta percepción es peligrosa. La pobreza existe, se ve y se siente en las calles, en los barrios marginados, en los rostros de quienes luchan cada día por salir adelante. Ignorarla, o peor aún, minimizarla, es perpetuar una injusticia que nos afecta como sociedad.
En los últimos años, Chile ha mostrado indicadores de pobreza que, a simple vista, pueden parecer alentadores. Pero detrás de esos números hay realidades complejas, historias de privaciones y desafíos que no siempre se reflejan en las estadísticas oficiales. El hecho de que la pobreza esté por debajo del 10%, según los indicadores de la Casen, no significa que haya desaparecido o que podamos bajar la guardia. Más bien, nos invita a cuestionar cómo entendemos este fenómeno y, por ende, su medición y parámetros sobre los cuales discutimos.
Recientemente, la comisión asesora para la medición de la pobreza la cifró en 22,3%, sobre la base de la misma encuesta Casen de 2022, lo que responde a un cambio en la forma de medirla. Esta propuesta incluye ajustes significativos tanto en la medición por ingresos como en su aproximación multidimensional. Estos cambios representan un avance importante, ya que buscan acercarse más a los dolores y realidades de las familias chilenas. Es decir, para aproximarse a la pobreza a partir de su complejidad conceptual y operativa, es también fundamental y necesario medirla con máxima precisión.
Uno de los principales cambios es la incorporación del concepto de “canasta saludable” en el cálculo de la línea de pobreza por ingresos. Esta medida reconoce que el desafío actual no es solo la falta de alimentos, sino también la malnutrición por exceso, que ha derivado en problemas de salud y obesidad en la población. Promover una alimentación saludable implica mucho más que recomendar el consumo de legumbres o carnes blancas. Requiere considerar el acceso a artefactos para cocinar, el costo del gas, el tiempo de preparación y las dinámicas familiares. No se trata solo de cambiar un alimento por otro, sino de educar, modificar hábitos y entender las realidades internas de cada hogar.
En este sentido, otra propuesta relevante es la eliminación del “alquiler imputado”, diferenciando entre quienes pagan arriendo y quienes no. Esta distinción permitirá obtener tasas de pobreza más ajustadas a la realidad, evitando distorsiones que podrían invisibilizar a quienes realmente necesitan apoyo. Se suma a lo anterior, la propuesta de actualizar los patrones de consumo para que reflejen los hábitos actuales de las familias, como el uso de internet o el gasto en mascotas, aspectos que antes no se consideraban pero que hoy son parte de la vida cotidiana.
Sin duda, la pobreza no es solo falta de dinero. Se suman otras carencias o incluso algunos excesos. En su complejidad, es necesario debatir sobre el acceso y posición frente a las oportunidades, el acceso a servicios básicos, de educación, salud, vivienda digna y participación social. Por eso, la medición multidimensional sigue siendo clave.
Las nuevas recomendaciones apuntan a mantener las dimensiones existentes e incorporar patrones más actuales, haciendo la medición más exigente y, por lo tanto, más útil para orientar la política pública. El objetivo no es bajar artificialmente las cifras, sino reconocer la magnitud del desafío y trabajar en soluciones que apunten a una mayor igualdad en la distribución de la riqueza, sobrevolando la verdadera realidad social que nos acecha; no es solo un asunto numérico. Lo verdaderamente preocupante sería seguir tapándonos los ojos y conformándonos con indicadores que no capturan la complejidad del fenómeno. La meta debe ser el bienestar y el desarrollo social genuino, no solo la reducción de la pobreza en las estadísticas.
Se insiste en que hablar de pobreza en Chile es, ante todo, una “verdad incómoda” que se debe repensar frontalmente. Estar incómodos, implica reconocer que, aunque hemos avanzado, aún queda mucho por hacer. Es sacarnos la venda de los ojos y entender que el “verdadero progreso” no se mide solo en cifras, sino en la capacidad de construir una sociedad más justa, donde todos tengan la posibilidad de vivir con dignidad.
La urgencia de un pacto para retomar el crecimiento. Por Nicolás Garrido.https://t.co/AKHoGZtUsh
— Ex-Ante (@exantecl) July 5, 2025
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