La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Bolivia marcó un vuelco decisivo, que asegura un cambio profundo en el devenir político del vecino país, en el corto plazo. El senador tarijeño Rodrigo Paz, candidato del PDC proveniente de una familia de larga raigambre política, alcanzó la primera mayoría con 31 % de los votos, superando al expresidente Jorge “Tuto” Quiroga, y al empresario Samuel Doria Medina, ambos representativos de lo que podría llamarse “derecha tradicional”.
Así las cosas, la decisión de segunda vuelta se tomará entre dos candidatos de la actual oposición, dejando al Movimiento al Socialismo (MAS), con una derrota inapelable que lo deja prácticamente fuera del cuadro político: no alcanzó a ganar ningún escaño en el Senado y se quedó solo un puñado de diputados.
Quiroga y Doria Medina, hasta hace poco aliados en la oposición, pasaron a ser adversarios irreconciliables durante la campaña, lo que explicaría que Doria Medina diera su inmediato apoyo a Rodrigo Paz para la segunda vuelta. Habrá una nueva campaña para la decisiva ronda de octubre, cuando el electorado escoja entre un conocido político del establishment -como es Quiroga- y una figura que pareciera representar más renovación (Paz), aparte del cambio ideológico.
El resultado final dependerá en gran medida del tipo de campaña que hagan los candidatos y la credibilidad que demuestren en su capacidad para sacar al país de la profunda crisis económica y social que lo aqueja. Todo esto, en un escenario político que ya experimentó un vuelco definitivo, sin esperar el resultado de segunda vuelta.
Como observadores externos y vecinos permanentes, nos convendría examinar con atención los alcances que tiene el significativo vuelco político boliviano, más allá de sus fronteras. Para comenzar, convengamos en que lo que el electorado boliviano decidió rechazar de manera tajante no fue sólo una persona o un partido, sino que todo un sistema: el modelo “bolivariano”.
El fracaso de ese sistema es lo que explica el poderoso vuelco político boliviano. En un electorado con escaso compromiso ideológico, el modelo bolivariano optó por jugar la carta étnica creando el MAS, a comienzos de siglo. Así fue como el dirigente cocalero Evo Morales llegó al poder, aparentando “indigenismo”. La táctica resultó, mientras las condiciones económicas pudieron permitirlo.
Pero llegado el momento de gobernar de verdad, afloraron todos los males ocultos: la corrupción, la ineptitud, el abuso, el desprecio por las normas básicas de la democracia. Una vez que el modelo bolivariano se mostró sin tapujos, debió demostrar resultados. Las elecciones del domingo son el veredicto.
Los tiempos políticos son cada vez más cortos, tal como lo la memoria colectiva. Al analizar los resultados de las elecciones en Bolivia, no podemos dejar de recordar que el modelo que acaban de erradicar allá fue el mismo que hace tres años se quiso imponer en Chile. Todo lo que se presentaba entonces en la Convención Constitucional ya se había puesto en ejecución en Bolivia: el sello “indigenista” (que justificaba borrar de una plumada toda herencia republicana), el “Estado plurinacional” (eslogan detrás de la refundación del sistema político), entre otros.
Esperamos que los futuros gobernantes bolivianos tengan éxito y encaucen al país hacia la superación de la crisis. Todos nos beneficiaríamos con una región estable y próspera.
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