El próximo 16 de noviembre nos enfrentaremos a una nueva elección presidencial y, si no hay mayoría, volveremos a las urnas el 14 de diciembre. En esta ocasión, para aproximadamente 15 millones de ciudadanos la inscripción será automática y el voto obligatorio. Un cambio mayor en la lógica electoral actual que coincide con una población cansada, desconfiada e hiperconectada.
A diferencia del proceso anterior, estas elecciones 2025 avanzan, cada vez más, por los rieles invisibles de los algoritmos. Esto no es un fenómeno local sino mundial. Diversos estudios plantean cómo las plataformas digitales han moldeado, y en ocasiones restringido, la exposición política. Según un comunicado oficial de Meta, Instagram y Threads, por ejemplo, dejaron de recomendar proactivamente contenido político desde 2024.
A esto se suman, los innumerables estudios científicos de la última década que nos recuerdan una verdad incómoda. La mentira corre más rápido que el desmentido. El clásico trabajo de Vosoughi, Roy y Aral (2018), en Science, plantea que la desinformación se difunde “más lejos, más rápido, más profundo y más ampliamente” que la información verificada, especialmente en el campo de la política. Esto nos confirma que, cualquier campaña, que compita por segundos en el feed, ya comienza con desventaja ética.
Otros estudios, como los de Luo et al. (2023) plantean que la estrategia de uso de cuentas automatizadas en las campañas presidenciales distorsiona la conversación pública al amplificar mensajes de forma artificial, reforzando narrativas sesgadas a favor o en contra de un candidato/a.
Más que persuadir a los votantes, estas estrategias de propaganda influyen en la intensidad y emocionalidad del debate digital, a través de la amplificación de mensajes y narrativas polarizantes, que finalmente debilitan la calidad de la democracia digital.
Este panorama nos demuestra que no estamos frente a un problema pasajero, sino ante un nuevo ecosistema comunicacional donde la manipulación digital deja de ser marginal para convertirse en estructural. Deepfakes, fake news y bots no sólo alteran la circulación de información, sino que erosionan la confianza social y la idea misma de qué es verdad.
En este escenario, la batalla no solamente se disputa en la verificación de datos, sino también en asegurar que la realidad compartida permita un verdadero debate democrático. Lo preocupante es que cuanto más complejas son estas tecnologías, más difícil será distinguir lo auténtico de lo simulado, y mayor será la vulnerabilidad de la ciudadanía frente a campañas de manipulación política, económica o cultural.
El caso chileno ya exhibe sus síntomas. En julio de 2025, el Observatorio de Desinformación reportó que el tráfico artificial, es decir, cuentas coordinadas o contenidos pagados, dominan parte de la deliberación sobre candidatos en X (Twitter), permitiendo que el debate público se desarrolle con granjas de bots. ¿Resultado? El algoritmo premia volumen y novedad. La política, entonces, persigue espejismos.
Sin duda, el ecosistema informativo chileno se ha vuelto más precario y vulnerable. La migración hacia redes sociales, unida a la fragmentación del consumo y al aumento de la evitación de noticias, abre un terreno fértil para la circulación de campañas electorales manipuladas. Cuando la confianza en la prensa cae de manera sostenida, como lo evidencia el informe de Digital News Report 2025, los ciudadanos pierden un referente común de credibilidad y quedan más expuestos a contenidos sin la mediación y la responsabilidad social del periodismo.
En otras palabras, la crisis de confianza no solo erosiona a los medios tradicionales, sino que también debilita las defensas colectivas frente a la desinformación, dejando a la opinión pública a disposición de narrativas interesadas y plataformas que priorizan la viralidad por sobre la veracidad. Confundimos con demasiada facilidad la lógica algorítmica con la realidad social.
Que un contenido acumule miles de interacciones no significa que exprese la voz de una mayoría, ni que quienes reaccionan constituyan una comunidad cohesionada. Popularidad y representatividad son categorías distintas. La primera responde a métricas diseñadas para retener la atención, mientras la segunda exige legitimidad, diversidad y pertenencia real en la plaza pública.
Al no distinguir ambas dimensiones, corremos el riesgo de sobrevalorar las cajas de resonancias como si fueran consensos sociales, otorgando un poder político desmedido, a fenómenos que muchas veces son momentáneos o inflados artificialmente por campañas de desinformación.
No hay que olvidar que la actual campaña presidencial se decidirá en mesas, con lápiz y voto obligatorio, pero se narrará en las pantallas. Si aceptamos que ese relato lo gobiernen las métricas, el diálogo democrático quedará en piloto automático. Y ya sabemos a dónde conducen los algoritmos cuando nadie mira el camino.
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