Un diagnóstico que parece convincente, pero parte de una premisa equivocada
Tras la contundente victoria de José Antonio Kast en la segunda vuelta presidencial, y sus evidentes similitudes con el triunfo del Rechazo en 2022, se ha instalado la idea de que Chile habría entrado en un nuevo clivaje político. Según esta lectura, el eje Apruebo/Rechazo habría reemplazado al clivaje que estructuró la política chilena desde 1988: el del Sí y el No. Desde esa perspectiva, el triunfo de Kast tendría incluso un valor simbólico adicional, al tratarse del primer presidente electo que votó por el Sí.
El diagnóstico es sugerente, pero descansa sobre una premisa que hoy ya no es válida: asume continuidad del electorado.
Chile no cambió de clivaje ideológico. Chile cambió de electorado.
Durante más de 30 años, los presidentes de Chile fueron elegidos por un universo relativamente estable de alrededor de 7 millones de personas. En la reciente elección presidencial, en cambio, esos 7 millones no representaron al total del electorado, sino solo a una de las opciones. Pasamos así de elecciones definidas por 7 millones de votantes a elecciones en las que una sola candidatura alcanza esa magnitud de apoyo.
Este cambio suele pasarse por alto, pero es decisivo. Las elecciones desde 2022 tienen poco que ver con las anteriores, no porque Chile haya cambiado de ideología, sino porque cambió quiénes votan. El clivaje del Sí y el No dejó de explicar la política no porque haya sido reemplazado por otro, sino porque siempre fue, y en gran medida sigue siendo, el clivaje de una mitad del país: la más politizada, la que durante décadas decidió elecciones por todos.
Hoy vota todo (o casi todo) Chile, y cuando el electorado se duplica, los marcos simbólicos que lo ordenaban inevitablemente pierden relevancia. No estamos necesariamente frente a ciudadanos que cambiaron de opinión, sino frente a ciudadanos que antes no eran escuchados electoralmente.
Cómo distinguir a los votantes habituales de los nuevos votantes
En Panel Ciudadano-UDD separamos los resultados por tipo de votante utilizando información longitudinal, es decir, siguiendo a los mismos panelistas antes y después de la introducción del voto obligatorio. Esta distinción no puede reconstruirse de forma fiable con preguntas retrospectivas, fuertemente afectadas por sesgos de recuerdo y deseabilidad social.
Bajo esta metodología, podemos mostrar que tanto el plebiscito de 2022 como la segunda vuelta presidencial de 2025 habrían sido altamente competitivos sin la introducción del voto obligatorio. Entre los votantes habituales, los mismos 7 millones que votaban siempre, el Apruebo y el Rechazo empataron técnicamente (51% vs. 49%), al igual que Kast y Jara en la segunda vuelta (50% vs. 50%). En este electorado siguen operando los ejes clásicos: izquierda/derecha, el clivaje del Sí y el No y la lógica oficialismo-oposición.
La brecha que define los resultados electorales
El quiebre aparece en los votantes obligados, que finalmente definen ambas elecciones. En este grupo, que representa cerca de la mitad del país, 8 de cada 10 votaron Rechazo en 2022 (78% vs. 22%) y 7 de cada 10 votaron por Kast en 2025 (70% vs. 30%). Mientras en la mitad más politizada observamos empates técnicos, en la mitad menos politizada emergen diferencias superiores a los 40 puntos. Esa brecha, al agregarse con los empates del electorado habitual, explica por sí sola las ventajas nacionales cercanas a los 20 puntos.
No estamos, por tanto, frente a un giro ideológico del país, sino frente a un cambio abrupto en la composición del electorado.
¿Derechización de los sectores populares?
Algunos han interpretado los mejores resultados de Kast en comunas de menores ingresos como evidencia de una “derechización” de los sectores populares. Pero esa lectura pasa por alto un dato clave: durante años de voto voluntario, esas mismas comunas fueron también las que registraban las tasas de participación más bajas del país. Es decir, cuando la izquierda obtenía amplias ventajas en esos territorios, lo hacía representando a una fracción relativamente pequeña de sus habitantes.
Con la introducción del voto obligatorio, la participación en muchas de estas comunas se más que duplicó. Entonces, no es que los votantes tradicionales de izquierda se hayan convertido ideológicamente a la derecha; es que empezó a votar una proporción mucho mayor de personas que antes se mantenían al margen del sistema electoral.
Los datos lo confirman: en el 20% de comunas donde más creció la participación con respecto al voto voluntario, el Rechazo en 2022 promedió más de ocho puntos por sobre el resto del país, y en esas mismas comunas Kast obtuvo en 2025 también ocho puntos adicionales a su promedio nacional. No es una coincidencia, sino el efecto directo de la entrada de un electorado nuevo, menos politizado y marcadamente opositor.
El mérito político de Kast frente al nuevo electorado
Reconocer este fenómeno no implica restarle mérito al triunfo de Kast. Conectar con un electorado pragmático, poco ideologizado y orientado a soluciones inmediatas es especialmente desafiante para liderazgos asociados a visiones rígidas. Sin embargo, Kast supo leer mejor que sus adversarios a este votante, apelando a urgencias como seguridad, orden y gestión, más que a identidades ideológicas, ofreciendo una lógica de gobierno de emergencia coherente con un electorado que evalúa la política desde la eficacia.
El clivaje del voto obligatorio
Más que el surgimiento de un nuevo clivaje ideológico, lo que estamos observando es una fractura distinta en la política chilena: el clivaje del voto obligatorio, que separa a quienes siempre participaron del sistema político de quienes se incorporan a él recién desde 2022. Se trata de una división profunda entre un electorado politizado, con identidades y lealtades reconocibles, y otro que vota sin anclajes partidarios, con una lógica instrumental, reactiva y orientada a resultados.
Confundir este fenómeno con una conversión ideológica del país y de sectores populares no es sólo un error analítico; es un riesgo político.
La otra mitad de Chile entra a la política
Antes de declarar muerto un clivaje histórico o celebrar el nacimiento de otro, conviene hacerse una pregunta más simple: ¿cambiaron las ideas del país, o cambió el padrón que hoy decide las elecciones?
Si bien no son excluyentes, la evidencia se acerca más a lo segundo. Y mientras no se asuma esa distinción, seguiremos discutiendo clivajes que explican poco un fenómeno que, en lo esencial, es mucho más simple y mucho más disruptivo: bienvenidos a las elecciones con la segunda mitad de Chile, un electorado nuevo, pragmático, poco ideologizado, que exige soluciones más que relatos.
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