Si la hipótesis que circula en la comunidad politológica es correcta, y el plebiscito constitucional de 2022, Apruebo/Rechazo, constituye la nueva fisura sociopolítica de este ciclo electoral, la izquierda enfrenta un serio problema para rearticular su proyecto político.
El estallido y la Convención, entendiendo al primero como una pulsión subversiva y a la segunda como el intento de institucionalizar la revuelta en clave constitucional, produjeron un trauma profundo en la ciudadanía. De la esperanza se pasó rápidamente a la decepción, de la ilusión al miedo, del anhelo de cambio a la nostalgia por una restauración.
¿Restauración de qué? Del principio de orden por sobre la anomia, de la autoridad frente a la desjerarquización de la sociedad, del crecimiento económico por sobre el combate a la desigualdad, de lo nacional frente a lo identitario y de las necesidades materiales por sobre el malestar subjetivo.
El cambio en esta escala de valores fue de tal magnitud que el plebiscito de septiembre de 2022 pudo no haber sido solo un referéndum constitucional, sino también un hito de socialización política, en la medida en que coincidió con el retorno literalmente obligado de cerca de cinco millones de electores que no votaban bajo el régimen de sufragio voluntario y se reincorporaron al juego democrático con la temática constitucional como mar de fondo.
Esos electores fueron destituyentes respecto de las formas del fallido proceso constitucional, pero también frente a muchos de los contenidos que allí se propusieron: plurinacionalidad, sistemas de justicia diferenciados, nacionalización de los fondos de pensiones, aborto libre, fin del Senado, entre otros.
Para el nuevo oficialismo, liderado por José Antonio Kast, el desafío será dotar de entidad política a este amplio arco de fuerzas y lograr mantener vivas las dualidades temáticas heredadas del eje Apruebo/Rechazo. Solo así el encuadre octubrismo/anti-octubrismo podrá conservar vigencia.
Por consiguiente, podría no ser del todo sencillo para la izquierda desprenderse del texto constitucional de 2022. La pesada sombra del Apruebo tenderá a acompañarla por un tiempo. Es cierto que en algunos documentos de reflexión de connotados líderes frenteamplistas se esbozó una autocrítica respecto del estallido y la Convención, pero esta se concentró más en la forma de conducción del proceso que en una impugnación sustantiva de los contenidos promovidos.
Lo que la autopsia de la derrota electoral eludió en estos días no podrá ser esquivado en los meses y años venideros, especialmente bajo un gobierno situado en las antípodas del octubrismo.
Con todo, esta historia permanece inconclusa. Falta, probablemente, la reflexión más relevante para definir el derrotero de la izquierda, la de Gabriel Boric. No cabe duda de que, más temprano que tarde, ya fuera de La Moneda y con el tiempo como aliado para decantar los fenómenos, esa reflexión llegará de puño y letra del líder natural del Frente Amplio.
En este plano, Boric cuenta con una ventaja: la plasticidad de su liderazgo. Si existe un referente en la política chilena sin temor a dar giros tácticos, es precisamente el Presidente de la República. Incluso, tras su paso por la Presidencia, sigue siendo difícil responder a la pregunta sobre quién es el verdadero Gabriel Boric, toda vez que hemos sido testigos de sus múltiples facetas, de la más radical a la más dialogante e institucional, de la fervientemente impugnadora a la conciliadora, de la anticapitalista al impulso del acuerdo SQM-Codelco, de la frenteamplista a la socialdemócrata y así sucesivamente.
La forma que finalmente adopte su figura política dependerá, una vez más, de la coyuntura. Así, con la ductilidad como principio rector de su liderazgo, queda abierta la gran interrogante ¿será Boric quien logre enterrar definitivamente el texto de la Convención e iniciar así un genuino proceso de rearticulación de la izquierda? Ahí se verá hasta dónde alcanza su pragmatismo y plasticidad.
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