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Gabinete: Otra cosa es con guitarra 2.0. Por Ignacio Imas

Ex-Ante

Lo que realmente llama la atención es cómo la conformación de este equipo adolece de los mismos ripios que afectaron a las administraciones de Piñera, Bachelet y el propio Boric. Estamos ante una apuesta por la autonomía del mandatario frente a las estructuras partidarias, un fenómeno que se ha vuelto una constante en el presidencialismo chileno reciente.


El nombramiento del primer gabinete de José Antonio Kast constituye el primer mensaje real —despojado de la pirotecnia de campaña— sobre cómo pretende habitar el Palacio de la Moneda.

Tras meses de una narrativa cimentada en la “emergencia” y la promesa de una ruptura con el modelo de gestión tradicional, la plantilla de ministros presentada hoy revela una verdad política incómoda: que la administración entrante puede sucumbir prematuramente con la realidad, a la burocracia estatal y a las limitaciones del sistema político antes incluso de cruzar el umbral de La Moneda.

Desde Bachelet I en adelante, Chile ha experimentado un fenómeno de “presidencialismo de autor”, donde el mandatario intenta imprimir un sello personalista, a menudo distanciándose de las estructuras partidarias tradicionales para buscar una conexión directa con la ciudadanía o cuadros técnicos de confianza. Kast no ha sido la excepción. Sin embargo, su apuesta por la autonomía política llega en un momento de fragmentación legislativa sin precedentes.

Al observar la configuración del equipo ministerial, queda en evidencia que no existen sorpresas de magnitud que alteren el tablero político. Una parte significativa de los nombres ya gravitaban en la órbita de Kast, como es el caso de Jorge Quiroz en su vínculo con el sector privado o Ximena Lincolao en su participación en el Congreso Futuro.

Sin embargo, lo que realmente llama la atención es cómo la conformación de este equipo adolece de los mismos ripios que afectaron a las administraciones de Piñera, Bachelet y el propio Boric. Estamos ante una apuesta por la autonomía del mandatario frente a las estructuras partidarias, un fenómeno que se ha vuelto una constante en el presidencialismo chileno reciente.

Kast, si bien ha optado por poner su rúbrica personal, intentando distanciarse de las “listas” tradicionales de los partidos políticos, esta búsqueda de independencia ya ha comenzado a generar fricciones visibles. Tanto el Partido Nacional Libertario como Chile Vamos han manifestado sus molestias a través de los medios, evidenciando que la influencia de los partidos es cada vez menor en la etapa de instalación, pero no por ello menos necesaria para la sostenibilidad del proyecto.

La historia reciente nos muestra que este intento de autonomía suele ser efímero: los presidentes que ignoran a sus bases partidarias al inicio terminan, tarde o temprano, cediendo ante las presiones cuando la realidad legislativa se vuelve cuesta arriba. Lo mismo ocurre cuando los presidentes comienzan a perder popularidad.

Kast parece estar recorriendo ese mismo sendero arriesgado, buscando en independientes con afinidad ideológica-programática una cohesión que los partidos no le garantizan, pero con el costo de no contar con un respaldo ciudadano o político de alto reconocimiento público en carteras clave.

La decisión tomada por el presidente electo es que si bien en el papel se cuenta con una hoja de ruta clara, los trascendidos de prensa sobre las negativas de diversas figuras para asumir las carteras económicas y Seguridad sugieren que la configuración del gabinete fue más un proceso de descarte y pragmatismo de última hora que un despliegue de planificación minuciosa.

Nombres como el de José Luis Daza en el área económica o las menciones a Rodolfo Carter y Enrique Bassaletti en Seguridad, reflejan un intento por llenar espacios críticos con perfiles fuertes, pero que no necesariamente responden a un trabajo de equipo preestablecido o a una visión orgánica de gobierno.

El riesgo aquí es doble. Por un lado, la desarticulación inicial puede llevar a una improvisación que la ciudadanía castigará rápidamente si los resultados en control de la criminalidad o reactivación económica no son inmediatos. Por otro lado, existe el peligro de que estos ministros operen como “islas” de excelencia técnica sin un hilo conductor político que los una.

En un escenario de fragmentación social y política, un gabinete de especialistas sin peso político propio es presa fácil de las nuevas oposiciones, e incluso del mismo oficialismo. Asimismo, la apuesta por nombres “fuera de la caja” como el de la senadora Ximena Rincón, es valiosa en términos de conocimiento en el Estado, pero peligrosa cuando esos nombres no poseen el blindaje público necesario para resistir las primeras crisis de gestión que, inevitablemente, llegarán.

Uno de los más notorios se encuentra en el incumplimiento de una de las promesas estructurales de la campaña: la reducción y fusión del aparato estatal. Más que por gusto, sino por un error comunicacional que ocurrió este mismo martes, es que el nombre de Santiago Montt no terminó en el Gabinete, y es por eso que tenemos un biministro.

Con todo, al Gabinete ya lo conocemos, se trata del grupo de instalación para una administración que es en el papel nueva, pero que contiene similitudes con la que comienza a despedirse: independientes y personas cercanas a las posturas del presidente electo con una narrativa refundacional de lo que hemos vivido al actual cuatrienio.

Otra similitud son las altas expectativas, claro que esta vez en seguridad, economía y migración. Ha perfilado un grupo de ministros que conocen los temas en los cuales estarán involucrados, pero con poco soporte político, y cuestionable experiencia en el Estado.

La ciudadanía, que es cada vez más cambiante y con bajos niveles de tolerancia ante el fracaso, aún ve en Kast y los suyos un grupo que puede concretar lo prometido en campaña ¿Cuánto durará eso? Solo el tiempo lo dirá. Al final, el éxito de Kast no se medirá por la audacia de su discurso de campaña, sino por su capacidad de transformar ese relato en cuestiones concretas.

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