Como el atribulado Ebenezer Scrooge del cuento de Dickens, el presidente José Antonio Kast no logra sacudirse del espectro que le recuerda todos los días la forma odiosa en que ejercieron oposición durante los años de Gabriel Boric. Si bien es cierto que se le apilan problemas en diversos frentes -la situación internacional que disparó el precio de los combustibles y lo empujó a tomar una decisión impopular, los defectos de un diseño ministerial que recibe fuego amigo, y el creciente deterioro de sus atributos en la opinión pública-, gran parte de sus dolores de cabeza se deben a que están siendo medidos con la vara que ellos mismos instalaron.
Como líder de la oposición, Kast fue implacable. Jamás aplicó el principio cristiano de la caridad interpretativa. Por el contrario, usaba frecuentemente sus redes para dilapidar a izquierdistas radicales y derechitas cobardes al más leve tropiezo. Contra las enseñanzas de Jesús, Kast fue un entusiasta de la primera piedra. Hoy, en cambio, su gobierno pide ser juzgado de buena fe.
Así lo sugirió la vocera Mara Sedini, quien acusó “interpretaciones de mala fe” respecto de las declaraciones de la Ministra de Ciencias Ximena Lincolao acerca de la pobreza. En efecto, un entendimiento caritativo de sus palabras era perfectamente posible: Lincolao no estaba romantizando la pobreza, sino destacando el potencial formativo de la adversidad -un punto que hizo Nietzsche en La Genealogía de la Moral. Pero, ¿fue acaso la buena fe la característica del perfil Sin Filtros que ascendió al poder con Kast?
Hace algunos días, la Ministra de Seguridad Trinidad Steiner pidió paciencia a la ciudadanía, y admitió que su falta de experiencia le estaba pasando la cuenta. Hace cuatro años, cuando Boric no cumplía ni siquiera un mes en La Moneda, Kast tuiteaba que era “un gobierno de practicantes” y añadía que el presidente “debe hacer cambios y ejercer el liderazgo… no más improvisaciones”. Ni sombra de paciencia.
Durante todo su mandato, a Boric se le enrostró que “siempre hay un tweet” pasado que desmentía sus acciones presentes. A Kast le ocurre exactamente lo mismo. Muchas decisiones que toma en su rol de presidente habrían sido fustigadas en su rol de opositor. Sus críticas al nombramiento de embajadores fueron habituales, especialmente cuando los premiados eran “políticos que reciben embajadas como premio de consuelo” y no diplomáticos de carrera.
Como jefe de gobierno, sin embargo, Kast ha nombrado una docena de exparlamentarios y políticos de derecha en jugosas destinaciones, incluyendo algunos que perdieron la reciente elección, además de otros tantos cercanos. En principio, esto no tiene nada de malo: se puede defender la existencia de embajadores de trayectoria política. Pero es difícil hacerlo si despotricaste contra ellos sólo para joder a los encargados de designarlos.
El problema no es solo del presidente sino de todo su ecosistema. Si antes consideraban que el Consejo Fiscal Autónomo era toda una autoridad a la hora de detectar riesgos fiscales -el diputado republicano Agustín Romero usó ese argumento para negarse a votar la reforma previsional de Boric, lo que calificó de “irresponsabilidad brutal”- ahora que el mismo organismo levanta serios reparos a la sostenibilidad fiscal del plan de reactivación de Quiroz, su importancia se matiza. Por cierto, el amor del Frente Amplio al CFA también es repentino y oportunista. Lo único que demuestra el episodio es que son tal para cual.
Casos como este se multiplican, pero estos bastan para hacerse una idea. Del mismo modo que el Boric diputado habría sido opositor del Boric presidente, el Kast francotirador de Twitter habría sido inmisericorde con el Kast que invita a sus amigos a almorzar en el palacio de gobierno y paga diez palos a sus asesores cercanos mientras trata de instalar una narrativa de austeridad franciscana.
Uno de los grandes problemas de la nueva izquierda que gobernó con Boric es que elevó los estándares a niveles que ellos mismos no pudieron cumplir. No entendieron que la política opera con ciertas lógicas e inercias que no cambian de la noche a la mañana, y que los seres humanos somos extremadamente parecidos a lo largo del espectro ideológico: tendemos a favorecer a los propios, nos gana la vanidad, y pedimos ser juzgados con criterios más benevolentes que los que nosotros mismos aplicamos para los demás.
Atendiendo a esta realidad inexorable de la vida política, la prudencia -ya ni siquiera la virtud- recomienda abstenerse de escupir al cielo con tanta vehemencia, porque luego esa viscosa mucosidad nos reventará en la cara con estruendo.
Kast puede solucionar sus problemas de diseño ministerial, ordenar la casa, e incluso volver a fijar la agenda en sus temas favoritos. Pero parece condenado a despertarse a medianoche con el fantasma de las oposiciones pasadas leyéndole sus tweets y recordándole que quien a hierro mata, a hierro muere.
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