El Presidente ha cometido errores en las últimas semanas por la desprolijidad de sus dichos. El episodio de la “metáfora” y la frase del “libro precioso” de $500 millones guardado en un estante le ocasionaron tropiezos innecesarios. Los académicos no nos hicimos esperar y salimos a rebatir sus dichos con lo que poseemos: conocimiento de causa.
Aunque siempre necesitemos que alguien nos “enseñe” las figuras literarias, sí hubo críticas pertinentes que explicaron lo difícil que es medir el conocimiento con métricas. Carlos Peña, utilizando Ser y tiempo de Heidegger, sostuvo que es imposible cuantificar el valor de los grandes libros y cómo cambian la manera de apreciar lo humano. Lo que pudo haber seguido esa línea y generado discusiones necesarias sobre los desafíos de la academia terminó siendo reemplazado por consignas de convencidos.
Las frases del Presidente dolieron. La academia es un lugar donde abundan los egos, y allí somos los mejores promotores de nuestra supuesta genialidad.
En ese contexto, pocos nos preguntamos por la relación entre la universidad actual y el libro. Porque, en realidad, solo un puñado de académicos quiere escribirlos (descontemos las tesis doctorales-libro). Incluso parte de quienes se presentaron como paladines de la cultura libresca ni siquiera los leen con la frecuencia que presumen.
Es bien sabido que la academia se ha vuelto una esfera orientada a la especialización y que quienes la integramos pasamos más horas leyendo papers que aquellos libros que decimos defender. Las reflexiones del profesor Alejandro Vigo en la Revista Átomo sobre los desafíos en las universidades son ilustrativas: se ha reemplazado su finalidad formadora por el impacto de los índices.
Es muy probable que escritores como Gabriela Mistral, Joaquín Edwards Bello, Martín Cerda e incluso filósofos como Jorge Millas tuviesen dificultades para insertarse en alguna facultad contemporánea. Cerda, con su radicalidad vital, hubiese muerto antes que escribir papers mecánicos.
A veces los académicos no contribuimos a cambiar lo que criticamos. El paper, sin duda, tiene valor: es un instrumento de acumulación, evaluación y transmisión de conocimiento con ventajas epistemológicas y económicas (es barato de producir y no ocupa espacio físico). Aunque eso no impide que sea legítimo preguntarse por la posición que este formato ocupa en la universidad contemporánea.
¿No son los defensores públicos de los libros quienes “descalifican” a los profesores que insisten en escribirlos al llamarlos solo “ensayistas”? Ni hablar de lo que suelen decir de los que publican columnas. Sorprende que personas tan serias sean renuentes a reconocer que en esas formas de escritura hay valor, oficio y conexión entre la universidad y la ciudadanía.
Los scholars, con sus méritos y aportes imprescindibles, han contribuido también a orientar el conocimiento hacia lógicas eficientistas. Nos enfocamos en el cumplimiento de las métricas de publicaciones, pero no en el valor argumentativo o estético del texto. Esta producción orientada al cumplimiento de métricas le propina puñaladas a la escritura libre.
De hecho, las universidades dan más puntos por publicar un paper con varios autores que pocos leerán que por escribir un tratado como la Fundamentación metafísica de las costumbres (si eso fuese posible hoy).
Veamos un ejemplo. La tesis doctoral de la filósofa Lucy Oporto, “En busca de la cifra de Dios: conocimiento y fe en De principiis, de Orígenes de Alejandría”, es uno de los grandes trabajos de la década. Oporto superó lo que la mayoría de nosotros hemos hecho a lo largo de toda nuestra trayectoria y aun así la academia ha sido reacia a reconocer sus méritos. ¿No estamos fallando en algo? ¿No debemos volver a pensar nuestra actividad?
Los académicos nos sentimos que casi tenemos un derecho adquirido a recibir fondos públicos para nuestras investigaciones. Determinados proyectos tienen, por su naturaleza, retribuciones públicas. Sin embargo, si los recursos son limitados, ¿por qué el fisco debería financiar proyectos que tendrán beneficios dudosos para la comunidad en lugar de destinar los fondos a una escuela o liceo? Y si el problema es la cultura, ¿por qué pagar libros de mala calidad en lugar de rescatar a autores nacionales de primer nivel olvidados?
Esa incomodidad dice algo sobre nosotros. Los académicos siempre saldremos a criticar y tensionar cualquier cosa que aparezca. Es parte del ethos de este trabajo. Un profesor que evita cuestionar el mundo, las relaciones y el sistema en que opera falla en una dimensión esencial, pues incluso lo que parece en buen estado puede corroerse por dentro. Y esa crítica debería incluir también a uno mismo.
Dejemos de apuntar a los demás mientras alardeamos de que sabemos distinguir entre una hipérbole y una metáfora cuando, salvo notables excepciones, llevamos años contribuyendo al desplazamiento del libro. No todos somos ni tan brillantes ni tan educados como pensamos.
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