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Julio 11, 2026

La aprobación prestada: el votante del peldaño cinco. Por Juan Pablo Lavín

Gerente General de Panel Ciudadano-UDD
El Presidente Kast durante el Consejo General del Partido Republicano. Foto: Agencia UNO.

Los movimientos semanales son, en su mayoría, ruido buscando titular. Lo que de verdad está moviendo la aprobación es lento, estructural y biográfico: la escalera, el bolsillo, la promesa. Para verlo no hay que mirar más seguido. Hay que mirar más profundo.


Hay dos chilenos que quiero presentar. Tienen la misma edad, el mismo nivel educacional, viven en comunas parecidas, trabajan en empleos similares y declaran haber votado por los mismos candidatos en elecciones pasadas. Si uno los mirara con las variables de siempre (género, edad, nivel socioeconómico, identidad política), diría que son la misma persona. Uno sigue aprobando al Presidente Kast; el otro dejó de hacerlo hace algunas semanas. ¿Qué los distingue?

La respuesta apareció en un lugar inesperado: la escalera de MacArthur, un test de movilidad social subjetiva que se usa hace décadas en la investigación internacional y que aplicamos a los mismos panelistas que seguimos hace años. Consiste en mostrarle a la persona una escalera de diez peldaños y decirle: arriba están quienes tienen más dinero, mejor educación y mejores trabajos; abajo, lo contrario. ¿En qué peldaño está usted hoy? ¿Y en cuál estaba la familia donde creció?

El punto es que no estamos midiendo su nivel socioeconómico real, que en estos dos es idéntico, sino el que cada uno se atribuye. Ambos recuerdan haber partido igual, en el peldaño cinco. Pero el que sigue aprobando siente que hoy subió uno: el sistema, con todas sus imperfecciones, le ha ido pagando el esfuerzo. El que se fue siente que nunca se movió. No abandonó al gobierno por ideología, lo abandonó porque lleva años esperando que la escalera se mueva, tenía esperanzas de que este gobierno lo beneficiaría, y las cifras recientes de desempleo sugieren que tendrá que seguir esperando.

Este votante, además, tiene apellido electoral: es el que denominamos votante obligado. El que no milita, no consume política y opina o decide desde su experiencia personal. El mismo que decidió todas las elecciones del ciclo 2022-2025 y le dio al actual gobierno su mayoría. Esa mayoría nunca fue un bloque ideológico: fue una mayoría pragmática, de paciencia corta, que presta su apoyo mientras percibe avance.

En nuestros estudios longitudinales, en los que seguimos durante años a las mismas personas de nuestro panel, hemos aprendido dos cosas sobre cómo funciona ese préstamo. Y las dos apuntan en la misma dirección: cuidar el apoyo existente rinde más que intentar recuperar el perdido.

La primera: el desencanto casi no tiene reversa. Quien deja de aprobar difícilmente vuelve, incluso cuando el problema que motivó su salida se atenúa. El alza que empuja a alguien afuera, como la de los combustibles, no funciona como puerta de entrada cuando retrocede: el que salió, cerró al salir. En otras palabras, el capital retrospectivo casi no existe; nadie agradece hoy el sacrificio que le pidieron ayer.

La segunda: las malas noticias pesan más que las buenas. Es uno de los sesgos más documentados de la psicología, la aversión a la pérdida, y nuestros datos lo muestran operando sobre la aprobación presidencial. Como seguimos el ánimo económico de esas mismas personas a lo largo del tiempo, podemos ver qué pasa cuando cambia: cuando se deteriora, el golpe sobre su aprobación al gobierno es cerca del triple de fuerte que el impulso que recibe cuando mejora. La economía funciona como palanca asimétrica: prometiendo mejoras se gana poco; dejando que el pesimismo se instale se pierde mucho.

¿Es esta una mala noticia para La Moneda? Es, más bien, un mapa. El núcleo que aprueba al Presidente ha resistido los golpes de este primer tramo, y la demanda de orden y resultados que llevó a este gobierno al poder sigue plenamente vigente. El mandato no está en discusión; lo que está en evaluación es el avance. El que se está yendo no es el adversario que nunca lo quiso: es el que lo apoyó y hoy siente que la escalera se le detuvo en el cinco. Ahí está la fuga que hay que contener. Y la palanca asimétrica, bien leída, es una guía de prioridades: si el pesimismo cuesta el triple de lo que el optimismo rinde, blindar la percepción económica (evitar que el que está estable se vuelva pesimista) importa más que prometer que todo va a mejorar.

Cada semana la coyuntura ofrece candidatos irresistibles para explicar por qué sube o baja la aprobación: la baja de las bencinas, el megaoperativo contra el Tren de Aragua o el desorden mayúsculo que acaba de vivir la oposición. En la lógica del comentario semanal, cada uno de esos hechos “debería” mover el termómetro.

Pero esa lógica es, en sí misma, parte de la cámara de eco de quienes consumimos noticias políticas profusamente. Recordemos una verdad estadística incómoda: dos muestras distintas del mismo Chile casi nunca arrojan el mismo número. Que la aprobación oscile un par de puntos de encuesta en encuesta es la regla, no la noticia; noticia sería que se quedara clavada. Y de esa oscilación esperable a atribuírsela al discurso, al operativo o a la pelea de turno hay un largo trecho, y una razón estructural detrás. Según el Digital News Report 2026 del Instituto Reuters, solo un tercio de los chilenos confía en las noticias y, por primera vez a nivel mundial, las plataformas (redes sociales y video) superaron a la televisión y a los medios como principal fuente de información: cada uno recibe las noticias que su algoritmo elige.

Las peleas de la élite política, sencillamente, no llegan al votante del peldaño cinco; y si llegan, llegan filtradas: quien desaprueba recibió la versión que confirma su desaprobación; quien aprueba, la contraria. El ciudadano, mientras tanto, no espera el matiz ni el dato oficial: sabe cómo está la economía porque el dinero alcanza o no alcanza a fin de mes.

Los movimientos semanales son, en su mayoría, ruido buscando titular. Lo que de verdad está moviendo la aprobación es lento, estructural y biográfico: la escalera, el bolsillo, la promesa. Para verlo no hay que mirar más seguido. Hay que mirar más profundo.

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