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Julio 16, 2026

Los edificios no tienen memoria. Por Marco Subercaseaux

Académico UNAB

En Chile, los proyectos de cierta altura deben contar con revisión del cálculo estructural y quienes participan son corresponsables de que la normativa se cumpla. Una ley escrita en un documento no sostiene un edificio. Lo sostiene la existencia de una institucionalidad capaz de hacerla cumplir.


Cuando la tierra se mueve en Chile ocurre una escena extraña. Las lámparas comienzan a oscilar, los vasos tintinean dentro de los muebles y alguien, sin abandonar todavía su silla, pronuncia el diagnóstico nacional más impreciso y repetido de nuestra historia sísmica… es fuerte.

En los pisos altos, el edificio se balancea como un barco. Cruje, se queja y parece moverse mucho más de lo que uno consideraría razonable para una estructura de hormigón. Después de algunos minutos llega el silencio. La torre sigue allí. Los ascensores pueden detenerse, una pared puede agrietarse y algunas puertas dejar de cerrar, pero el edificio permanece en pie.

Nos hemos acostumbrado tanto a esa escena que a veces confundimos la costumbre con un fenómeno natural. Como si los edificios chilenos no se cayeran porque la tierra aquí temblara de otra manera o porque existiera una propiedad secreta en nuestro hormigón.

Las imágenes del terremoto de Venezuela volvieron a plantear la pregunta. ¿Por qué, frente a movimientos incluso menores en magnitud, ciudades enteras pueden quedar cubiertas de estructuras colapsadas, mientras en Chile un terremoto de gran intensidad suele terminar con la mayoría de los edificios todavía habitables o, al menos, en pie?

La respuesta más inmediata está en la ingeniería. Chile utiliza ampliamente muros estructurales de hormigón armado, construcciones rígidas y sistemas capaces de resistir y distribuir las fuerzas del movimiento. También influyen el suelo, la distancia respecto de la falla y el tipo de terremoto. No todos los sismos son comparables y una falla superficial bajo una ciudad puede generar aceleraciones muy distintas de las provocadas por un terremoto de subducción frente a la costa.

Pero la respuesta verdaderamente importante no está solo dentro del edificio. Está fuera de él.

Está en las normas, en quienes las revisan, en las municipalidades que autorizan una obra, en el profesional que firma un cálculo, en el constructor que no reemplaza materiales y en un Estado que entiende que la seguridad no puede depender de la buena voluntad del mercado.

Un edificio no se sostiene únicamente por sus columnas. También se sostiene sobre instituciones.

Chile aprendió esto de la peor manera. El terremoto de Valparaíso de 1906 impulsó tempranamente la observación sísmica y la incorporación de sistemas constructivos resistentes. El de Talca de 1928 abrió paso a una regulación nacional de la construcción. Después de la destrucción de Chillán en 1939, el Estado comenzó a exigir estructuras antisísmicas y la ingeniería sísmica dejó de ser una recomendación especializada para convertirse en una necesidad pública.

Valdivia en 1960, el terremoto de la zona central de 1985 y el 27F de 2010 fueron agregando nuevas preguntas y respuestas. Cada gran sismo funcionó como un examen que el país rendía a escala real. Lo que fallaba se estudiaba. Lo que resistía también. Después del 27F se revisaron las exigencias de diseño y se incorporó con mayor fuerza el análisis de las características del suelo. La actual regulación sísmica no apareció como una iluminación repentina. Es el resultado de décadas de correcciones y de una norma que tiene carácter obligatorio dentro de la regulación urbana chilena.

Por eso hablar de edificios “antisísmicos” puede inducir a error. No existen construcciones mágicas, inmunes a toda fuerza. Un edificio puede moverse, agrietarse e incluso quedar inutilizable después de un gran terremoto. La promesa fundamental es otra. Que no colapse sobre quienes están dentro.

La norma no promete que nada se romperá. Promete algo más importante. Tiempo para salir.

Como bombero, esa diferencia deja de ser una discusión académica. Una estructura dañada exige evacuación, inspección y decisiones técnicas. Una estructura colapsada transforma la emergencia por completo. Ya no se trata solamente de revisar un edificio, sino de organizar una operación compleja de búsqueda y rescate en la que cada minuto importa.

Por eso la ingeniería sísmica es también una política de emergencia. El mejor rescate es aquel que no necesita realizarse porque la estructura cumplió su función.

Durante el terremoto de 2010, de magnitud 8,8, el colapso del edificio Alto Río en Concepción quedó grabado en la memoria del país precisamente porque fue excepcional. Hubo otras construcciones severamente dañadas y errores que obligaron a revisar diseños, suelos y sistemas de supervisión. Sin embargo, el comportamiento general de miles de edificios sometidos durante varios minutos a una exigencia extraordinaria mostró la fortaleza del modelo chileno.

No fue un milagro. Tampoco fue suerte.

Fue el resultado de una cadena en la que intervienen universidades, ingenieros, arquitectos, revisores independientes, constructoras, municipios y organismos públicos. En Chile, los proyectos de cierta altura deben contar con revisión del cálculo estructural y quienes participan son corresponsables de que la normativa se cumpla. Una ley escrita en un documento no sostiene un edificio. Lo sostiene la existencia de una institucionalidad capaz de hacerla cumplir.

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