El signo de los tiempos nos demuestra que el Chile que alguna vez conocimos ya no existe y que hoy nuestros problemas están más cerca del tercer mundo que del primer mundo. En los debates ya no se habla de la legalización de la marihuana, sino que de la inflación. Ya no se discute sobre la adopción homoparental, sino que se denuncia el narcoterrorismo. Ya no se reflexiona acerca de la eutanasia, sino que se analiza el cierre de empresas y sus consecuencias en el empleo.
El fenómeno que atraviesa el país ha llevado a que el nivel del debate se precarice, extremando las posturas y aumentando los ofertones. Caminamos sobre la cuerda floja del populismo y corremos el riesgo de caernos hacia la izquierda o la derecha (el centro, sencillamente, parece haberse evaporado). Bajo estas circunstancias, no resulta extraño que los sucesos acaezcan más rápido de lo que podamos racionalizarlos y que hoy gran parte de la ciudadanía sufra de vértigo electoral.
La evidencia clínica demuestra que cuanto más aumenta la sensación de mareo, mayor es la demanda por control. Por eso, en este nuevo Chile, que hoy despierta de la resaca del estallido social, pareciera que el clivaje dejó de ser entre pueblo vs élite y ahora pasó a ser entre caos vs orden. Y en esa cancha, el candidato Kast resulta ser más competitivo que todos sus contendores, pues él encarna el polo ordenador. Así lo demuestra la última encuesta Cadem, que lo sitúa como el candidato que mejor representa a los chilenos en materia de delincuencia (37%) y orden público (32%).
En el extremo opuesto está Gabriel Boric, quién, según la misma Cadem, representa a los chilenos en temas valóricos como matrimonio homosexual (29%) y aborto libre (27%). Causas que para los liberales resultan fundamentales, pues la diversidad es el núcleo de la libertad, pero que para una mayoría de ciudadanos que no viven en el barrio alto y que corren el riesgo de ser cogoteados camino a casa, parecen cosas deseables, pero renunciables, mientras no tengan un piso mínimo de seguridad. ¿O acaso la libertad se puede desplegar en un espacio donde reina la ilegalidad?
En este nuevo cuadro, la constituyente ocupa un rol fundamental, pues su funcionamiento está atravesado por el clivaje caos/orden. Es más, se podría sostener que dicho órgano ha sido el principal promotor de esta nueva dinámica, pues para el ciudadano promedio lo que pasa en el Palacio Pereira tiene, por momentos, aires de “chacota” y les produce pesimismo, como lo demuestra la encuesta Criteria: entre mayo y octubre, el optimismo respecto del proceso constituyente cayó desde 71% a 44%.
A esto se suma que, de acuerdo a la última encuesta CEP, la confianza de la ciudadanía en la convención ahora está por debajo de la confianza que tienen en carabineros. Desde este ángulo, en las próximas semanas la convención será un pasivo que Boric tendrá que hundir, mientras que para Kast será un activo que buscará seguir explotando.
De todas formas, en este escenario de extrema incertidumbre algo parece ser claro: el próximo gobierno, sea cual sea, tendrá que enfrentar una misión de carácter imposible. Viviremos una crisis económica y política sin precedentes desde el retorno a la democracia. Además, el destino del poder ejecutivo estará entrelazado con la constituyente.
Si el presidente electo resulta ser Kast, es muy posible que su mandato sólo dure dos años. En cambio, si el presidente es Boric y Kast obtiene una votación por sobre el 40%, este último pasará a liderar una férrea oposición, que trabajará desde el día uno para que el rechazo gane el plebiscito de salida.
Se trataría de un escenario muy distinto al plebiscito de entrada, pues la votación obtenida por Kast constituiría una seria amenaza para los planes de Atria, Bassa y compañía, quienes – atendiendo a su ego – podrían verse tentados a moderar sus posiciones en pos de asegurar la aprobación y cumplimiento de su más profundo deseo: que la nueva constitución que lleva su firma vea la luz y perdure por varias décadas.
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