Septiembre de 2025, Salón Plenario de Naciones Unidas en Nueva York. Gabriel Boric anunciaba la presentación de la candidatura de la expresidenta Michelle Bachelet a la Secretaría General del organismo.
¿El problema? Una decisión inconsulta. Los presidentes de partido de la oposición, así como los miembros de las respectivas comisiones legislativas de Relaciones Exteriores, se enteraban de su nominación por la prensa, en una praxis contraria a las formas y procedimientos con que tradicionalmente se han fraguado los grandes acuerdos en materia internacional, a la usanza de una verdadera política de Estado.
¿La sospecha? El Presidente Boric, quien dirige nuestra política exterior, era plenamente consciente de la alta probabilidad de que fuera la oposición quien llegara a La Moneda el 11 de marzo de 2026 y, por ende, que sería ese sector el que tendría que ratificar la postulación de la exmandataria. Pese a ello, no hubo transparencia ni apertura a dialogar un programa, una propuesta o un diseño para esa candidatura. Por el contrario, hubo sorpresa y opacidad.
¿El dilema? Qué hacer con la postulación. Porque Bachelet no es una figura que despierte un respaldo transversal en el amplio espectro político y partidario nacional. Su segunda administración dejó un legado cuestionable en lo económico, político, educacional e institucional.
En definitiva, un mal legado.
Por si fuera poco, la exmandataria respaldó el texto de la Convención Constitucional, rechazado por el 62% de los electores con voto obligatorio, señalando que la propuesta “no es perfecta, mas se acerca a lo que yo siempre soñé”. Lo que para la expresidenta pudo ser un sueño estuvo a punto de traducirse en una auténtica pesadilla nacional. Afortunadamente, los electores no siguieron su deseo en lo que a nuestra política doméstica se refiere. La pregunta entonces es: ¿Cuáles son los sueños de Bachelet en el terreno internacional? No los conocemos…
Con todos estos antecedentes, el oficialismo, además, le exige al gobierno entrante que continúe una carrera por la Secretaría General que, a la luz de las condiciones fácticas de poder, parece no conducir a ninguna parte, dado que probablemente la expresidenta no cuente con el beneplácito de Estados Unidos, país que, al ser miembro permanente del Consejo de Seguridad, dispone de derecho a veto respecto de su elección.
Entonces, quizás lo que realmente busca la izquierda no sea proyectar a Bachelet a la ONU, sino más bien utilizar su candidatura para complicar a la futura administración, atando al Presidente electo, José Antonio Kast, a tomar una decisión que no solo podría traicionar su visión, sino también alejar a parte de su base de apoyo al inicio de su mandato.
Por eso, más que una candidatura, la postulación de la ex Presidenta a Naciones Unidas parece una trampa. No respaldarla puede resultar, a primera vista, impopular, porque el apoyo a su nombre será presentado como un acto de interés nacional. Lectura equívoca. La interrogante no es si Chile debe aspirar o no a liderazgos internacionales, sino bajo qué condiciones y con qué criterios se proyecta un liderazgo como el de la exmandataria. Cuando una candidatura se construye sin deliberación, sin realismo político y sin respaldo amplio, deja de ser un proyecto de país y pasa a ser un mero capricho. O una emboscada.
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