Fue en el marco de un conversatorio organizado por la comisión Desafíos del Futuro del Senado que el expresidente Ricardo Lagos esbozó un crudo diagnóstico sobre el momento del país: “Chile no está a la altura de lo que fue”, señaló en relación a la crisis social, política y económica por la que cruza la patria.
Una frase que desató polémicas y generó suspicacias sobre si Lagos apuntaba en alguna dirección su dedo o si se trataba sólo de una constatación realista del momento. Lo cierto es que, más allá de la histeria colectiva que desató el comentario, la frase del exmandatario no se aleja para nada de las subjetividades sociales dominantes. Más bien las encarna.
Qué duda cabe que el estallido social, la pandemia y las diferentes etapas del proceso constituyente han dejado huellas profundas en la experiencia objetiva y subjetiva de la población. Lo que partió como una utopía de profundas transformaciones tras la revuelta social de octubre de 2019 ha devenido en pesadilla. Tres años después, la misma ciudadanía que salió a pedir cambios depositando sus esperanzas en una nueva Constitución, terminó rechazando una propuesta para detener algo que parecía aún peor que mantener la constitución actual.
No obstante, pasó que luego del macizo triunfo del Rechazo, más que celebrar, la ciudadanía terminó frustrada y profundamente enrabiada con una clase política que una vez más, antes que resolver los problemas, terminó profundizándolos al hacer del proceso constituyente un espacio de confrontación, adversarialidad y particularismos desconectados de las grandes mayorías.
Como secuela de esta traumática etapa, hoy, como nunca antes en los 30 años de la transición, reina el pesimismo y en el horizonte escasean los claros. El futuro se vive con miedo y tristeza más que con esperanza y, para la mayoría de la población, en los próximos 10 años, la calidad de vida empeorará en el país. El porvenir ha dejado de ser promisorio por múltiples razones. Entre otras, porque las personas ya no creen que tendrán una mejor situación económica y social que la que tenían las generaciones que los precedieron.
Lagos también pone el dedo en la llaga del orgullo herido, cuando en el mismo conversatorio reflexiona sobre la manera cómo nos miran desde afuera. “Cualquiera que tenga un amigo en el extranjero le va a preguntar, ¿y qué les pasó a ustedes los chilenos?; ¿en qué momento se pasmaron?”
Y es que, durante buena parte de la transición, aunque a ciertos grupos de esa izquierda que se burla de “la platita” le moleste, vastos sectores de la población se vanagloriaban de vivir en el “milagro” latinoamericano, en “el Jaguar de Latinoamérica”. Por más irrisorio que le resulte a esa vanguardia que va más adelantada que su pueblo, la movilidad social que implicaba salir de una pobreza endémica se experimentaba como una realidad luminosa en el país.
De seguro “lo que nos pasó” obedece a muchas causas, pero el hecho es que hoy ya queda muy poco de ese orgullo que nos hacía sentir en una deriva más virtuosa que la de nuestros vecinos. Un reciente estudio de Criteria muestra que ni la situación política, ni el crecimiento económico, ni las posibilidades de llegar al desarrollo, ni la seguridad pública son sentidas por la población como dimensiones que nos diferencian positivamente respecto de los otros países de la región.
Indudablemente, para la mayoría de los ciudadanos -al igual que el expresidente Lagos- Chile no está a la altura de lo que fue. ¿Es culpa del actual gobierno este escenario nihilista? Sin duda que no. ¿Es responsabilidad de este gobierno asumir este pesimista escenario e intentar darlo vuelta? Sin duda que sí.
Pero, ante todo, es una oportunidad.
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