En la década de 1920, las autoridades soviéticas miraban los domingos con recelo. Un día de cada siete las máquinas permanecían en silencio, la productividad se desplomaba a cero y los ciudadanos se retiraban a menesteres ociosos que en nada sintonizaban con los ideales revolucionarios.
De seguro se podía optimizar ¿No?
En 1929 reemplazaron la semana laboral estándar de seis días de trabajo y uno de descanso por el nepreryvka, un régimen continuo: cinco días hábiles a la semana, distribuidos de manera heterogénea a lo largo la población activa. De ese modo, razonaron, fábricas y campos nunca callarían y la creación de valor nunca cesaría. A cada persona se le asignó uno de cinco símbolos que determinaba su agenda: trigo, estrella roja, martillo y hoz, libro y gorro militar. Apostaban a que la fórmula redefiniría el concepto de trabajo.
En el plano estrictamente productivo, no hay motivos para cuestionar las buenas intenciones. ¿No debía apuntalarse la producción al pasar a retiro el botón off?
Pravda, el periódico oficial, recibió un alud de quejas “¿Qué tenemos que hacer en casa si nuestras esposas están en la fábrica, nuestros hijos en la escuela y nadie puede visitarnos?”. “¿Cómo vamos a trabajar ahora, si la madre está libre un día, el padre el otro, el hermano el tercero y yo mismo el cuarto?”.
El nepreryvka fue un fiasco. Tras once años de ajustes y pataleos, no quedó más que abandonarlo.
Los soviéticos olvidaron un principio que no debemos perder de vista: si no está roto, no lo arregles.
Por desgracia, la Convención Constitucional comete un error similar. En octubre de 2019 quedó claro más allá de toda duda razonable que la sociedad quería cambios, sí, pero de ahí no se sigue que quería que todo cambiara.
El Senado lleva más de doscientos años ejerciendo un necesario contrapeso, sopesando asuntos públicos y puliendo la legislación que demarca nuestra convivencia. Si usted lo entiende como un bastión del conservadurismo reaccionario o de la defensa de los intereses de las élites, lo invito a leer el discurso con que no otro que Salvador Allende asumió la presidencia de la corporación en 1966. ¿Qué hay muchos países monocamerales o con bicameralismo asimétrico, varios de ellos exitosos? Por supuesto, pero no con la estructura institucional que se plantea.
La iniciativa exclusiva del poder ejecutivo para presentar legislación que implica recursos públicos lleva décadas protegiendo la estabilidad fiscal de parlamentarios facciosos, más interesados en congraciarse con sus electores y obtener la reelección que en el bien común.
La autonomía del Banco Central ha permitido tomar una y otra vez decisiones impopulares pero necesarias para la salud macroeconómica, porque ninguno de sus consejeros teme que su adopción contrarie a un superior voluble. ¿Sabía que la publicación británica Central Banking eligió a Mario Marcel como el mejor presidente de los bancos centrales del mundo en 2021? Reconocimientos de esa laya no se logran cuando se actúa con temor al qué dirán.
Estos son solo tres de los pilares de la sabia gobernanza que podrían pasar a mejor vida. Hay por ahí en el cosmos de las políticas públicas un punto virtuoso, a medio camino entre fosilizarse y rechazar todo cambio, y embriagarse de espíritu refundacional y no dejar títere con cabeza. Por desgracia, la Convención se ha escorado con demasiado entusiasmo hacia uno de los extremos.
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