El miedo. Es una zona neurálgica de la capital, donde confluyen tres comunas, Santiago, Recoleta e Independencia, que por sus características geográficas y culturales podría ser un polo turístico. Allí están el Mercado Central, la Estación Mapocho y La Vega. Sin embargo, en vez de ser un punto de atracción se ha transformado en un sitio peligroso, colmado de basura, comercio callejero y carpas de indigentes.
Peor aún, algunos lo llaman el “triángulo del crimen” o “del miedo”, debido a la alta tasa de homicidios y delitos violentos que allí se cometen, sobre todo pasadas las 6 de la tarde. Incluso el subsecretario de Interior, Manuel Monsalve, señaló que acá “se dispara independientemente de que haya niños presentes en el lugar. Eso demuestra un total desprecio por la vida”.
En abril, una joven murió en la vía pública tras recibir un disparo en la calle Maruri con Cruz, llamada la esquina de la muerte. En mayo un adolescente de 14 años recibió un impacto de bala en la cabeza. En el último tiempo al menos cinco homicidios han ocurrido en sus calles. Antes de las matanzas en Quilicura y Lampa, este “triángulo mortal” tenía la más alta concentración de asesinatos en el centro.
Desalojo. El sector da cabida a todos los fenómenos en los que florece el crimen organizado. Prostitución, narcotráfico, comercio pirata y robos se producen a plena luz del día. De hecho, un edificio en General Mackenna 1060 es conocido como “el edificio del crimen”. El 11 de junio fueron desalojadas 69 personas, la mayoría migrantes irregulares dedicados a la delincuencia. Se encontró un amplio arsenal de armamentos.
Touring, la fuente de soda más antigua del barrio, solía estar abierta hasta las 2.30 am. Hoy cierra a las 8 pm y está protegida con gruesas puertas metálicas. “Desde el estallido social nadie puede salir de noche. Yo conozco este barrio desde el 78”, dice Raúl. “Antes era un barrio tranquilo. Pero ahora es la pura mier… Hace un año pasé a tomar una cerveza. A la salida se me colgaron tres tipos con pistolas. Recién me habían pagado, me robaron la billetera con 300 lucas más el celular”.
Zona típica. El Mercado Central, alguna vez elegido entre los más atractivos del mundo, hoy vive una penosa realidad. Claudio lleva trabajando allí desde el año 73. Hace pedidos. Dice que antes le pagaban cinco lucas, ahora solamente unas monedas. “Llega muy poca gente, las visitas han bajado un 50%. Brasileños llegan unos 20 los martes o jueves; antes eran centenares. El miércoles se cierra, porque no pasa nada. Han cerrado locales, han cerrado restaurantes y más encima se ha vuelto peligroso el sector en la noche”, comenta.
Un clásico del Mercado Central es El Roquerío, que en los 90 y 2000 proveía de pescados a los mejores restaurantes de Santiago. Su dueño, Raúl Tapia, sigue al frente, imparable. “El negocio ha caído mucho desde el estallido social. Totalmente. Las ventas han bajado en un 80%. Ya no se ven extranjeros. Cerraron muchos locales. Aquí adentro no hay problema, pero afuera la inseguridad es tremenda. Yo voy a morir trabajando acá. Llevo más de 70 años. Mi mamá hacía esto”, dice.
La torre maldita. El llamado edificio del crimen ha sido desalojado varias veces, pero el comercio sexual sigue en pie. Mujeres extranjeras se ofrecen a cualquier peatón que pasa. Y la insistencia se vuelve agresiva.
En las afueras del edificio un venezolano vende corbatas en la calle. Es periodista y lleva seis años en Chile. “La verdad no me puedo quejar. Nos han atendido bien. La receptividad para nosotros ha sido buena, no he pasado hambre, ni mi familia tampoco. Yo estoy con mi esposa, mi hija acá y todos estamos trabajando”, dice.
Sobre la inseguridad, responde: “La delincuencia tira mucho en la noche. Ahorita Chile en cualquier parte es peligroso por las bandas criminales, que vienen de todas partes. Aquí al lado, tenemos el problema de las muchachas, de las meretrices. Este edificio lo allanó hace poco la PDI, y cambió un poco, pero no demasiado”.
Afirma que no tiene esperanza en las elecciones de Venezuela. “Ellos tienen todos los poderes bajo su mando. Y así lo manipulan todo”. Su opinión sobre las sanciones a los delincuentes es negativa: “En Chile las leyes son un poco blandengues. Pienso que son muy suaves, porque aquí cualquier persona de repente mata a alguien en la vía y al poco tiempo ya está suelto”.
Antiguos lugares. Un centenario restaurante del sector es La Piojera, fundada en 1922. Cuenta un mozo que lleva 30 años trabajando allí que “la noche santiaguina se murió. Yo salgo a las 6 porque a las 9 me cogotean. Hace 20 años esto estaba a tope hasta las 3 de la mañana. Hoy vienen 10 personas”.
La Vega es el otro vértice del “triángulo del miedo”. Durante el día sigue siendo un centro de comercio, pero pasadas las 6 de la tarde el asunto se vuelve riesgoso.
Daniel, un taxista que lleva 25 años trabajando acá, es lapidario: “En la noche es puro tráfico y tráfico de drogas. Cocaína. Es como si fuera un almacén donde comprar pan. Pero en vez de pan, coca. Hoy día los gallos lo único que consumen es cocaína. Yo recuerdo que antes era muy tranquilo. Lo que más me impacta, porque yo tengo tres hijas, es ver a las chicas, jóvenes, bonitas, consumiendo y prostituyéndose. Te deja mal. Las niñas andan locas, con su cerveza, hacen fogatas en las noches. Si te pillan volando bajo, te agarran de un brazo y te asaltan”.
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