El último debate fue duro. A diferencia de instancias anteriores, varias candidaturas no solo buscaron captar votantes, sino que también protagonizaron roces significativos entre sí y, lamentablemente, con los periodistas presentes. Ese clima de tensión quedó instalado tras el cierre del programa.
Parte de este fenómeno puede atribuirse al formato del debate, que a través de preguntas directas, muchas de ellas sobre contingencia, incentivó posturas más audaces. Pero también influye el calendario: restan poco más de 10 días para la elección, y para algunos, es el momento de jugarse el todo por el todo.
Hubo aspectos negativos evidentes: las “barras bravas” interrumpiendo con gritos y aplausos constantes, y la excesiva duración del programa. Es difícil sostener la atención ciudadana por más de dos horas.
Pasemos ahora al desempeño de cada candidatura. Aunque las encuestas están en blackout, las últimas mediciones disponibles dejaban a Jeannette Jara consolidada en el primer lugar, con un pie puesto en la segunda vuelta. El foco se traslada entonces a las derechas. Las tres candidaturas en ese sector tienen, en teoría, posibilidades de ganar en segunda vuelta. La incógnita es cuál de ellas logrará llegar.
Las encuestas previas mostraban un repunte del diputado Johannes Kaiser, una Evelyn Matthei estancada, y a José Antonio Kast sin mayor crecimiento. En un escenario donde dos de estos candidatos se sienten amenazados por el libertario, diferenciarse es más necesario que nunca. Al menos, eso recomendaría cualquier asesor estratégico.
Matthei no ha logrado reposicionar su candidatura desde la caída en apoyo que comenzó en marzo. Ha intentado proyectarse como una opción moderada o de unidad nacional, sin mayor éxito. En el debate, intentó hacer guiños a electorados más duros de derecha, pero aún carece de un hito que revitalice su campaña.
Por su parte, Kast ha optado por una estrategia conservadora, apostando a asegurar su lugar en segunda vuelta sin mayores movimientos. No obstante, su liderazgo empieza a ser cuestionado ante un Kaiser más audaz, que dice abiertamente lo que Kast -al parecer- prefiere callar.
En el debate, el republicano insistió en transformar la elección en un plebiscito sobre la administración Boric, una estrategia eficiente pero que parece tener un techo. Su estrategia de mostrarse “presidenciable” lo dejó encerrado en un libreto que comienza a perder impulso con un electorado cada vez más exigente.
En contraste, Kaiser ha sabido aprovechar cada vitrina pública —debates, franja electoral— con un estilo polémico pero directo, que le ha permitido recuperar fuerza. Su lenguaje sencillo y mensajes claros lo reposicionaron tras un verano adverso. No tuvo reparos, incluso, en declarar que indultaría a violadores de derechos humanos. Si esa estrategia le sigue rindiendo frutos, podría convertirse en una amenaza real para sus competidores.
En las izquierdas, Eduardo Artés tuvo su propio debate, en tono confrontacional con las periodistas Soledad Onetto y Cristina González. Su actitud es cuestionable, pero funcional a su electorado. Marco Enríquez-Ominami, en su quinta candidatura, mantuvo su estrategia de interpelar a Jara, aunque sin resultados visibles. Tal vez, debería considerar que lo peor para un político es ser “jubilado” por la ciudadanía.
Jeannette Jara, con el ticket de segunda vuelta en su bolsillo, aún no despliega completamente una estrategia clara para ampliar su base. Le restan cerca de 40 días para conquistar apoyos que se vuelven más esquivos. La carrera es contrarreloj, y no siempre la segunda vuelta permite mover la aguja con facilidad.
El debate marcó un punto de inflexión en la campaña. La contienda pasó de ser una competencia de programas, no siempre con ideas responsables, para convertirse en una disputa frontal por la sobrevivencia política. A doce días de la elección, las cartas están echadas: quien no logre diferenciarse ahora, simplemente no llegará.
Pero en esa urgencia, se corre el riesgo de erosionar el debate público. Cuando los debates se tornan ásperos o incluso violentos, quienes más pierden son las personas y la democracia. Habíamos visto una campaña sin demasiadas hostilidades entre candidaturas. Ese período parece haber llegado a su fin.
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