-Tu libro tiene un recorrido temporal y hacia el final hablas del plebiscito de salida. Eres muy crítico de la reacción del gobierno. ¿No entendió el resultado, no hizo la lectura que tenía que hacer?
-Yo creo que todavía no la hace. No entiende la magnitud de la derrota. La correlación de fuerza en el país no era la que ellos en el Gobierno pensaban. El Chile real es distinto a un sector movilizado tras una doctrina como el Frente Amplio. Es ese Chile real, el que se expresa el 4 de septiembre, porque ahí se expresa la persona que está en su casa, que va a trabajar, que no está movilizada tras una ideología.
-¿Boric con los indultos vuelve a estar en disonancia con la población?
-Es muy raro cómo actúa el gobierno pero sobre todo el presidente. Porque hay sectores en el gobierno que son radicales, doctrinarios y que tienen un pensamiento que es ajeno a una democracia liberal. Como el Partido Comunista. La revolución no es compatible con la democracia. Lo propio de un régimen revolucionario es la concentración del poder para cambiar y refundar una sociedad. Hay sectores del Frente Amplio en esa misma órbita.
-¿Por qué dices que el Presidente te sorprende?
-Este es un gobierno que está en una situación muy misérrima de apoyo popular. Es un gobierno de minoría. Boric es como que tuviera dos personalidades. Una que se da cuenta de eso y de que está a cargo de un Estado. Y que por lo tanto tiene que dar pasos para establecer políticas públicas para hacer los cambios de acuerdo a la voluntad de la gente, que es lo propio de la democracia. Escuchar. Porque no está el horno para bollos. De una parte está eso y de otra parte está su otro yo, que es un yo doctrinario, revolucionario. Y ese yo tiene que responderle a los suyos, a la tribu, al lote.
-¿Entran en conflicto?
-Esos dos yo, políticamente, siempre están en cuestión. Él le pide a Carolina Tohá que trate de hacer un acuerdo nacional sobre seguridad y en medio de eso produce un indulto. Y no es un indulto a jóvenes inocentes que tiraron una piedra, hicieron un grito. No: son delitos comprobados, delitos que la justicia condenó. Y después empieza toda una comedia de equivocaciones: salen a la luz los Tres chiflados. Entonces Boric dice una cosa, Vallejo dice otra. Y al final terminamos en esta especie de comedia, este esperpento en el que estamos hoy.
-Fuiste asesor del segundo piso durante el período del expresidente Ricardo Lagos. Ascanio Cavallo dijo que ahí había una debilidad enorme en los asesores. ¿Estás de acuerdo?
-El tema de los segundos pisos es complejo porque depende de cada presidente. Y es el presidente el que los conforma con mucha libertad. Yo no conozco mucho a la gente del segundo piso, conozco algunos asesores. Pero los hechos hablan por sí solos. En todo caso, Chile es presidencialista y al final es el presidente el que toma las decisiones.
-Pero el asesor tiene la obligación de decirle al presidente que está equivocado, por ejemplo.
-El asesor es un consejero, un consejero que tiene que dar la opinión más sincera y más fuerte que tenga sobre eso. Pero al final es el presidente el que toma la decisión. El presidente tiene los asesores que se merece.
-Tu libro es una pequeña historia de lo que pasó estos últimos tres años. Condenas la violencia desde el principio y eso es inusual, porque mucha gente cayó en el juego. Aborreces la violencia del lumpen proletario. ¿Cómo lo viviste?
-Lo vi por la tele como todo el mundo. Fue una cosa sorpresiva. Y muy violenta. Veías distintas violencias que se juntaban. La de las barras bravas, la violencia de un sector político más ligado al anarquismo, la violencia oportunista, que es la violencia del que saquea el supermercado.
La explicación fácil fue: “Es gente que está al límite”. Pero no cuadraba con la situación de Chile. El país venía cayendo hacía un buen tiempo, pero no era un desastre. Por eso yo hablo de 20 años y diez años.
-¿Te refieres a la primeras dos décadas de Concertación?
-Sí. Ya venía una caída en el impulso propulsivo que tuvieron los 20 primeros años de democracia. Había estancamiento. Y una suerte de desilusión en sectores que habían avanzado pero que no podían seguir avanzando o encontraban muchas dificultades para seguir avanzando. No había buena dirección política.
-¿Y Piñera ?
-Había un gobierno que estaba pajaroneando, que no tenía una dirección o una orientación por donde ir. Una derecha sin ideas de gobierno y había una centroizquierda que había entregado las armas, por decirlo así, que había bajado los brazos. De alguna manera había aparecido un sentimiento de vergüenza con lo realizado, una situación de culpa contra el reformismo, culpa contra el gradualismo, culpa contra el andar sereno. A la vez, había una cierta admiración por los fenómenos populistas que existían en los países vecinos.
La ex Concertación había aceptado someterse al insulto de esta nueva izquierda radical que surgía, con una idea completamente ciega frente al país. O sea, solo veían puras consignas y doctrinas del pasado.
-¿Criticas a la centroizquierda que aplaudió a la primera línea?
-Todo eso me hizo llevar a una condena muy fuerte de la violencia. Esto es inaceptable. Del país que están hablando, no es el país en el cual vivimos.
Chile fue un país que que durante todo el siglo 20, de la posguerra hacia adelante, tuvo elementos institucionales muy fuertes, pero económica y socialmente bastante atrasado. Las cifras de Chile iban entre entre Ecuador y Costa Rica, un país de de la medianía de la tabla.
Y desde los 90 pasó a ser un país en el cual se estaban produciendo fenómenos de avance social muy fuertes. Entonces esa mirada miope, miope hasta la ceguera, de lo que había sido el proceso democrático, un camino de avances, reformadores y graduales con paz social, me llamó mucho la atención.
-¿El estallido social fue un retroceso importante para Chile?
-Tiene dos aspectos. Uno es la gran manifestación social. Es decir, un sector que sentía que las cosas no andaban bien y que le exigía al país que siguiera avanzando en lo social. Me parece muy legítimo, pero esas manifestaciones efímeras tenían que ser encauzadas por el sistema político. Ahora, el estallido violento, brutal, me parece un retroceso.
Es retroceder de una democracia con todos sus problemas, sus imperfecciones, que funcionaba, a una situación de un enfrentamiento violento. Y que necesariamente destruye. Destruyó el centro de Valparaíso. Destruyó el centro de Santiago. Destruyó cosas que eran como el símbolo de un país que aspiraba al desarrollo. Como el metro, que era un cambio en la vida de la gente muy importante: era una cosa de dignidad. Y en nombre de la dignidad se destrozó el símbolo de la dignidad.
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