-Estudiaste en el INBA, cuando era un colegio de excelencia. ¿Cómo recuerdas esa época?
-Entré al INBA el 54, hace 70 años. En esa época fue la última década de gloria de la educación fiscal. Las más altas cumbres de la educación fiscal eran el Instituto Nacional, el INBA, el Liceo de Aplicación (que lo había creado una comisión alemana, que vino a principios de siglo pasado a reformar la educación en Chile), el Liceo Valentín Letelier, el Barros Borgoño, el Lastarria.
Esos colegios eran verdaderamente de excelencia. Sus profesores eran de mucha calidad y yo diría que en ese momento ese tipo de educación era la mejor del país. Era una gran oportunidad. Del INBA la gente pasaba a la Universidad de Chile.
-También era muy diverso socialmente, una mezcla de alumnos de distinta procedencia. ¿Qué compañeros tuviste?
-En mi tiempo, fui compañero de Carlos Cardoen, de Ricardo Abuhomor, de los Pollack (una familia de grandes empresarios) y de muchas personas que venían de provincia, cuyos padres tenían pequeños comercios. Realmente era muy interesante porque convivimos personas de muy distintas clases sociales.
-Era un internado conocido por disciplina, ¿fue muy duro?
-Eran las reglas. Había un gran respeto por los profesores y la autoridad, sin duda. Las salas no admitían más de 30 alumnos por clase. Y vivíamos ahí de lunes a viernes. El colegio tenía una gran vocación deportiva. En básquetbol éramos imbatibles, con Juan Guillermo Thompson a la cabeza (quien fue seleccionado chileno y estuvo a punto de llegar a la NBA). Fue un ambiente duro, es cierto, de hombres, donde había disciplina y había castigo.
–¿La política qué papel jugaba? ¿Había actividad partidista dentro del colegio?
-Sí, pero era una política distinta; hay que pensar que esto ocurre antes de la Revolución Cubana. Había tendencias políticas, sin duda. Estaba Federico Willoughby por ejemplo, que era mayor que yo y que siempre fue conservador. Luego fue vocero de la junta militar, aunque votó No. También Pablo Rodríguez Grez, que era un radical más bien de izquierda (después fundó Patria y Libertad y fue abogado de Pinochet). Había mucha gente distinta.
En quinto año nos ordenaban en cinco cursos: dos de biología, dos de matemática y uno de letras, fundamentalmente para estudiar derecho. En esa época, entraban muchísimos egresados del INBA a las facultades de ingeniería y medicina. La aspiración era llegar a la Universidad de Chile, a la de Concepción o la Austral. Esas eran las grandes universidades. El colegio era más bien laico. Entre los profesores estaba Leonel Calcagni, que fue un alto dirigente de la DC. Era un mundo pluralista, tolerante.
-Hablando de tolerancia, ¿qué te parece lo que pasó el miércoles en el INBA, donde unos niños y algunos adultos estaban manipulando molotov y se incendiaron, dejando a más de treinta heridos?
-Es un tema largo. Esos colegios que hoy llaman emblemáticos eran el corazón de la educación. Ahí se educaban los hijos de los presidentes. La educación pública recibió un mazazo, producto fundamentalmente de una extrema politización de los alumnos.
En consecuencia, el Barros Arana y todos esos colegios fueron conducidos a un cuadro de decadencia siempre creciente; decadencia en su infraestructura, decadencia asociada al hecho de que los mejores profesores pasaron a ser levantados por los colegios privados, en fin.
-También aparecieron grupos radicales.
-Es un tema muy espeso. Aquí hay muchos culpables. Uno de los culpables fue el sistema neoliberal, la idea de que había que privatizar todo. Y en ese sentido los colegios fiscales eran una carga. Suma a eso la disminución de los presupuestos. Y la extrema politización, que hizo que en estos colegios, que tenían mayores espacios de libertad, de tolerancia, se fueran entronizando grupos ultras de izquierda y de derecha. Otra cosa fue que muchos colegios de excelencia los reventaron por la vía de llegar y meter alumnos en forma masiva. Después hay una responsabilidad no menor de los apoderados. Con esos ingredientes se creó una situación como la que hoy vivimos.
-¿Qué responsabilidad tiene el gobierno?
-Hay una ceguera política del mundo progresista, en el sentido de no poner como una de sus máximas prioridades la educación pública. A pesar de que Frei defendió la jornada escolar completa. En general, diría que aquí hubo un descuido de muchos: no hay nadie que tenga en esto las manos limpias; ni dentro de la comunidad ni en los partidos. Es más grave, sin embargo, la responsabilidad del mundo radical hacia la izquierda, porque ellos tenían un compromiso con la educación pública y laica mucho más fuerte. En mi época estos colegios tenían una respetabilidad muy grande hacia los profesores, hacia la autoridad, que se perdió.
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