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Gracias Valdivia por favor concedido. Por Cristóbal Bellolio

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Los mal pensados sugieren que los revoltosos estudiantes despertaron justo ahora para hacerle la vida imposible a Kast. La realidad es más compleja: el movimiento estudiantil lleva años en estado moribundo. Los estudiantes de la Austral terminaron dándole agüita a Kast en su momento más complejo. Lincolao no ha hecho mucho en su cartera, pero su susto termina dándole la oportunidad al gobierno de recuperar la iniciativa.


La agresión a la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, en la Universidad Austral de Valdivia le da un paradójico respiro al gobierno de José Antonio Kast. Con todo lo desagradable que fue el episodio, le permite pasar del villano insensible que encarece la vida de los chilenos a víctima de un matonaje tan maletero como misógino. Si en los últimos días había perdido el control de la agenda en medio de un mar de desprolijidades, ahora recupera la palabra para reinstalar sus temas portalianos favoritos: orden público y respeto a la autoridad.

En medio de una aparente escalada de violencia en los establecimientos escolares, el Congreso se apresta a votar una serie de medidas que apuntan más a la represión que a la comprensión el fenómeno. Esto pone a la oposición en aprietos. Si vota contra el proyecto “Escuelas Protegidas”, el oficialismo dirá que la izquierda se pone del lado de los overoles blancos y encapuchados que rocían con bencina a compañeros y profesores.

Entonces, la ciudadanía se pondrá del lado del gobierno: según las últimas mediciones, perdió la paciencia con los angelitos e incluso favorece ampliamente la idea de quitar beneficios sociales -como la gratuidad- a universitarios sorprendidos con las manos en la masa. La consabida queja por la “criminalización de la protesta” caerá en oídos sordos, y el gobierno emergerá victorioso en su primera escaramuza legislativa por “recuperar el imperio del derecho” en Chile.

Adicionalmente, los incidentes de Isla Teja le dieron al presidente Kast la oportunidad de denunciar una supuesta violencia sistemática contra las mujeres de su gabinete. Pasándose varios pueblos, sostuvo que el virtual secuestro de Lincolao sería el corolario del bullying persistente que reciben sus colaboradoras en redes sociales, neutralizando así cualquier posibilidad de crítica política legítima. Como nadie sabe para quién trabaja, Kast termina apropiándose del escudo del “femicidio político” que tanto cuestionó la derecha en tiempos de Bachelet.

Por si fuera poco, la puesta en escena que monta Kast le permite hacer un efectivo contraste performático con la administración anterior, que, si bien hacía gárgaras con el feminismo, se vio completamente superada por el escabroso caso Monsalve. El mensaje de Kast es simple: en mi gobierno no hablamos de cuerpas ni de disidencias, pero siempre saldremos en hidalga defensa de la doncella en peligro. Salvo -claro está- que se trate de una activista progre en el Servicio Nacional de la Mujer.

El cuadro se termina de configurar a favor del gobierno al constatar el triste estado del movimiento estudiantil. A primera vista, las escenas de Valdivia no dan cuenta de una crítica ideológica razonada ni de la potencia carismática de sus dirigentes. Los pingüinos de 2006 desplegaron formas de manifestación ingeniosas y creativas; los universitarios liderados por Giorgio y Camila en 2011 marcharon con mística y convicción contagiosa para “desmercantilizar” la educación. En ambos casos, la opinión pública se puso del lado de los jóvenes: la clave del éxito de cualquier movimiento social.

Los mal pensados sugieren que los revoltosos estudiantes despertaron justo ahora para hacerle la vida imposible a Kast. La realidad es más compleja: el movimiento estudiantil lleva años en estado moribundo por la confluencia de dos factores.

En primer lugar, porque buena parte de la población percibe que las demandas del mundo de la educación han sido, en lo sustantivo, procesadas por el sistema político. En pocos años consiguieron gratuidad, desmunicipalización, fin al lucro, al copago y a la selección. Su éxito los condena. Hoy Chile tiene otras prioridades, lo que explica que el gobierno de Boric haya tenido como reforma emblemática una orientada a los jubilados.

En segundo lugar, porque las fuerzas políticas que nacieron al calor del último gran ciclo de movilizaciones (2011-2012), y que hoy convergen en el Frente Amplio, absorbieron buena parte de la energía y de los elencos estudiantiles. Las dirigencias pasaron a operar como canteras al servicio de un proyecto nacional. No hay nada particularmente reprochable en ello: es el ciclo de la vida. Y, de paso, deja en evidencia la inconsistencia del ideario gremialista, que históricamente ha operado como semillero de la UDI.

La gran pregunta es si acaso ahora irrumpe una nueva generación, emancipada de sus propias leyendas. No hay dirigente estudiantil que no aspire a ser recordado como un ícono de la rebeldía contra los poderosos; que no quiera creer que está cambiando el mundo, que no ambicione sus quince minutos al sol. Para los actuales, además, Boric y compañía son poco menos que vejestorios cuarentones, ocupados en dar papa y cambiar pañales: héroes cansados, como los que alguna vez retrató Marco Enríquez pensando en la Concertación, cuando la joven rebeldía todavía estaba de su lado.

Pero la vanidad humana no basta. Sin los liderazgos adecuados y la partitura correcta, corren el riesgo de estrellarse contra un relato portaliano que cuenta con viento a favor. Y como rara vez son estrategas afinados, los estudiantes de la Austral terminaron dándole agüita a Kast en su momento más complejo. Lincolao no ha hecho mucho en su cartera, pero su susto termina dándole la oportunidad al gobierno de recuperar la iniciativa.

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