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Febrero 21, 2026

¿Habla mal la Generación Z? Lenguaje, redes sociales e identidad. Por Steffanie Kloss

Académica e investigadora del Magíster en Compresión Lectora y Producción de Textos de la Universidad Andrés Bello.

Tal vez el problema no sea el lenguaje de las nuevas generaciones, sino la persistencia de miradas que continúan evaluándolo con parámetros pensados para otros tiempos y otros soportes. Más que una amenaza para la lengua, estos usos digitales confirman algo bien conocido por la lingüística: el lenguaje cambia cuando lo hacen las formas en las que nos relacionarnos.


Cada cierto tiempo reaparece la misma inquietud: ¿están hablando distinto los jóvenes? La pregunta suele formularse con alarma, como si el lenguaje estuviera en riesgo o como si las nuevas generaciones estuvieran erosionando la lengua. Sin embargo, desde la lingüística, la respuesta es menos apocalíptica y mucho más interesante.

Se ha hablado incluso de un “dialecto digital” de la Generación Z. El concepto, no obstante, requiere matices. No estamos frente a un dialecto en el sentido clásico -como el andaluz o el rioplatense-, sino ante un sociolecto digital, es decir, un registro generacional profundamente mediado por la tecnología. Este sociolecto se caracteriza, en primer lugar, por una marcada economía expresiva: abreviaciones, elipsis y frases incompletas que solo adquieren sentido dentro de un contexto compartido. A ello se suma una hibridación multimodal, en la que el significado ya no reside únicamente en las palabras, sino en su articulación con emojis, gifs, audios e incluso con la ausencia de respuesta.

En este marco, el silencio -por ejemplo, el “visto” sin respuesta- no es vacío ni una expresión neutra. En realidad, produce sentido: puede generar tensión narrativa, ambigüedad o incluso rechazo. No responder, en estos entornos comunicativos, constituye también una forma de decir algo. Así, el lenguaje, lejos de desaparecer, se reconfigura y se expande hacia nuevas materialidades discursivas.

Otro rasgo central de este sociolecto digital es la innovación semántica. Palabras existentes adquieren nuevos significados por efecto del uso. “Literal”, por ejemplo, deja de remitir a lo explícito para convertirse en un marcador emocional de intensificación: “literal, ya no podía más”. Algo similar ocurre con préstamos del inglés como random”, que ya no significa aleatorio, sino extraño, fuera de lugar o con cringe que reemplaza expresiones más largas como “me dio vergüenza ajena” y simplemente se usa ¡Qué cringe! En todos estos casos, no hay empobrecimiento lingüístico, sino eficiencia comunicativa en un contexto mediatizado por la tecnología.

A esto se suma una alta conciencia pragmática: los jóvenes saben que no se escribe igual en WhatsApp que en TikTok o Instagram. Adaptan su forma de escribir según la plataforma, el público y el propósito comunicativo. Este manejo contextual demuestra competencia lingüística, no su ausencia.

Las redes sociales, en este proceso, cumplen un rol protagónico. Aceleran el cambio lingüístico: una palabra puede surgir, viralizarse y desaparecer en cuestión de meses. Además, globalizan el habla juvenil, generando repertorios léxicos compartidos entre adolescentes de distintos países. Esto modifica la forma tradicional en que se difundían los cambios lingüísticos. Antes, la lengua se regulaba principalmente desde instituciones; hoy, son los propios usuarios quienes instauran usos que, muchas veces, trascienden generaciones.

Las redes también premian lo expresivo por sobre lo normativo. Importa más sonar auténtico, irónico o ingenioso que ajustarse estrictamente a la corrección gramatical. En este contexto, el contacto con el inglés es constante y productivo, dando lugar a apropiaciones creativas que refuerzan la identidad generacional.

Todo esto revela un rasgo clave de la Generación Z: una alta conciencia metalingüística. Saben que el lenguaje construye identidad y juegan con él. Resignifican, exageran, ironizan y crean comunidad a través de las palabras. Lejos de estar empobrecida, la lengua está viva, adaptándose a nuevas formas de interacción.

La pregunta, entonces, no es si los jóvenes “hablan mal”, sino si estamos observando con los criterios adecuados un fenómeno lingüístico que responde a nuevas condiciones de uso, interacción y sentido. Tal vez el problema no sea el lenguaje de las nuevas generaciones, sino la persistencia de miradas que continúan evaluándolo con parámetros pensados para otros tiempos y otros soportes. Más que una amenaza para la lengua, estos usos digitales confirman algo bien conocido por la lingüística: el lenguaje cambia cuando lo hacen las formas en las que nos relacionarnos.

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