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Jara: Misión Cumplida. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

¿Qué más se le puede pedir? Aseguró la segunda vuelta para una izquierda que no tenía con qué, ordenó a los partidarios del gobierno detrás de una candidatura única, extendió su base de apoyo desde comunistas hasta decés, dio un paraguas decente a la lista parlamentaria, giró el registro progresista desde lo identitario a lo nacional-popular, y desplazó la batería grandilocuente por los problemas reales de la gente. No será la próxima presidenta de Chile —salvo un milagro—, pero puede decir con la frente en alto que cumplió la pega encomendada.


Volvamos a febrero de 2025. El oficialismo corría en círculos ante la posibilidad de quedar fuera de la segunda vuelta, desplazado por dos candidaturas de derecha. Aquello habría significado la derrota electoral más significativa de la izquierda en casi un siglo. Comunistas, frenteamplistas y ex concertacionistas imploraban —a viva voz y por todos los medios— el regreso, una vez más, de Michelle Bachelet, en teoría, la única capaz de evitar el desenlace fatal. Los jóvenes idealistas y vigorosos que alguna vez quisieron emanciparse de la generación de la transición se mostraban ahora más que dispuestos a volver a la casa de la mamá.

Sin embargo, como la mamá los mandó a freír monos y Carolina Tohá mostró las ganas necesarias para asumir la tarea, la izquierda chilena terminó organizando una primaria que, sorpresivamente, ungió a Jeannette Jara como su candidata. Jara no llegaba a los dos dígitos en las encuestas, pero el efecto primarias hizo lo suyo: al día siguiente amaneció con treinta puntos. Desde entonces —un pelo más, un pelo menos— de ahí no se ha movido.

Aquí radica el principal mérito de su candidatura. Jara les tapó la boca a todos —este columnista incluido— que especulaban con que su elección allanaría el camino para un escenario de dos derechas en segunda vuelta. Desde que Jara se convirtió en la candidata oficial del sector, nadie ha vuelto a pensar en Bachelet. Podrá perder estrepitosamente en el balotaje, pero al menos ya tiene asegurado su nombre en la papeleta de diciembre.

Y no sólo eso: será la primera mayoría relativa el próximo 16 de noviembre, algo que ni Boric consiguió. Si logra sacar una buena ventaja sobre su competidor más cercano —una posibilidad nada descabellada, dada la fragmentación de las derechas— su entorno sabrá explotar ese resultado como una luz de esperanza para disputar con fuerza la presidencial.

Será un espejismo, algo parecido a lo que ocurrió con el peronista Sergio Massa en la primera vuelta de 2023 en Argentina, y que se desvanecerá cuando aparezcan los primeros sondeos de segunda vuelta. Pero no importa: la pega para la cual la “contrataron” ya estará hecha. Los parlamentarios electos le agradecerán haber oficiado de paraguas coalicional. Y los jerarcas del Partido Comunista podrán respirar tranquilos: al fin termina la pesadilla de tener que portarse a la altura de las circunstancias.

Es cierto: Jara fracasó en la misión de expandir las fronteras del oficialismo más allá de la tozuda aprobación de su gobierno, que oscila entre los 25 puntos en un mal día y los 35 en uno bueno. Pero eso ya era mucho pedir. Al menos logró impedir que se le colaran rivales de peso por el flanco izquierdo o por el centro político. Ni Artés, ni MEO, ni Mayne-Nicholls califican en esa categoría, no sólo porque marcan poco, sino porque no emergen como respuesta a Jeannette Jara: cada uno está en su propio negocio. Jara cerró el portón por ambos lados, incluso trayendo a la moribunda DC de vuelta al redil.

Jara ganó la primaria con una narrativa biográfica: no vengo de la elite, sino de una cama de mimbre en Conchalí. Soy la ministra de las 40 horas, del salario mínimo de 500 mil pesos y de la reforma previsional que promete mejorar las pensiones de los adultos mayores —sin mencionar, claro, que de paso asegura larga vida a las AFP. Pero le ha costado un mundo pasar de la biografía a la visión de país.

Es cierto que esta campaña no se ha distinguido por discursos inspiradores que ericen la piel o inviten a soñar, sino por diagnósticos sombríos de un Chile resquebrajado, una competencia por quién instala el dispositivo más brutal en la frontera y preguntas presupuestarias que se responden con Excel. Jara no ha logrado escapar de ese tono general.

A pesar de ello, Jara ha hecho un esfuerzo explícito por revertir el ánimo identitario y refundacional que caracterizó a la izquierda en los últimos años, y que muchos creen está en la raíz del rotundo fracaso constitucional que lideró. No dice todes ni habla en pluri. El riesgo nunca fue aparecer con el martillo y la hoz, sino con el pañuelo verde y el emblema mapuche. Por el contrario, le falta poco para envolverse en la bandera chilena como Cecilia Bolocco. Como Cartman en la última temporada de South Park, está a un paso de ponerse una polera que diga Woke is dead.

El acento de su campaña no es hipster ni postmaterial, sino majaderamente mundano: cómo carajos pueden las familias chilenas llegar a fin de mes con sueldos bajos y cuentas agobiantes. En su primer día de franja, su equipo decidió mostrarla en el desierto, monitoreando drones para detener la inmigración ilegal. Aunque representa al mundo que votó Apruebo en 2022, su actual repertorio es una crítica tácita de los excesos constituyentes.

¿Qué más se le puede pedir? Aseguró la segunda vuelta para una izquierda que no tenía con qué, ordenó a los partidarios del gobierno detrás de una candidatura única, extendió su base de apoyo desde comunistas hasta decés, dio un paraguas decente a la lista parlamentaria, giró el registro progresista desde lo identitario a lo nacional-popular, y desplazó la batería grandilocuente por los problemas reales de la gente. No será la próxima presidenta de Chile —salvo un milagro—, pero puede decir con la frente en alto que cumplió la pega encomendada.

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