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La despedida del Presidente del cambio… que no fue. Por Jorge Schaulsohn

Ex presidente de la Cámara de Diputados

Gabriel Boric entregará este domingo su última cuenta pública y buscará contar su propia historia. Pero será leída como un reconocimiento implícito de que gobernar no es lo mismo que movilizar, que la supuesta superioridad moral no reemplaza a la eficacia, y que el legado de un presidente no se mide por las intenciones que declara, sino por los resultados concretos que deja.

El juicio implacable. Este domingo Gabriel Boric entregará la última cuenta pública de una gestión marcada por la frustración. El presidente llegó a La Moneda con una promesa generacional de cambio estructural, con la épica de refundar Chile con el lenguaje de la “dignidad” y el “nuevo trato”.

  • Ahora enfrentará el juicio implacable del país y del tiempo; de una sociedad que, tres años después, parece girar hacia la derecha, guiada por una agenda de orden, seguridad y desencanto.
  • Boric ascendió al poder como representante de una generación que despreciaba la transición, que vino a sepultar el pacto político de los 90, al que consideraban complaciente con el modelo económico heredado de Pinochet.
  • Prometieron una nueva ética pública: más austera, más moral, más conectada con las demandas sociales que emergieron con fuerza tras el estallido de 2019. Esa superioridad moral, proclamada con fervor casi religioso, no resistió el desgaste del poder ni las tentaciones de las “mieles del poder”.
  • La última cuenta pública se rinde en medio de un clima de hastío por los abusos de licencias médicas masivas en el aparato público, por el escándalo del “Caso Convenios” y las operaciones opacas de fundaciones como Procultura.
  • La corrupción ya no provino de los “viejos partidos”, sino del corazón del nuevo oficialismo: jóvenes profesionales que llegaron al Estado convencidos de encarnar un nuevo estándar ético. La caída de esa ilusión es también la de una generación política entera.

El impulso que se desvaneció. La imagen de Boric fue alcanzada por el fuego de los suyos. Y aunque él ha evitado involucrarse directamente, su silencio prolongado inicial ante los escándalos, su defensa de figuras cuestionadas como Manuel Monsalve, y su incomodidad frente al uso político de esos casos terminaron por horadar su liderazgo.

  • En el plano político, el fracaso del proceso constituyente marcó un antes y un después. El presidente, cegado por sus triunfos iniciales, lo apostó todo a la primera Convención, cuyo texto reflejaba fielmente las aspiraciones maximalistas de la izquierda post-2019.
  • El rechazo por un abrumador 62% fue una derrota política y simbólica que cambió el destino de su gobierno. Sin embargo, en vez de leer el mensaje ciudadano con humildad, insistió en un segundo proceso, esta vez entregado a la derecha y sin convicción, sellando el cierre de su ambición refundacional.
  • El impulso transformador se desvaneció. Es justo reconocer que el presidente asumió el revés, modificando el tono y la agenda de su gobierno, pero lo cierto es que las promesas de campaña quedaron inalcanzables. El Boric idealista fue reemplazado por uno más pragmático, obligado a administrar lo posible. El proyecto épico quedó atrás.

No todo, sin embargo, puede resumirse en promesas rotas. En una región donde la deriva autoritaria avanza con líderes populistas de izquierda y de derecha que desprecian las reglas del juego democrático, Boric ha sido un defensor consistente del Estado de derecho.

A diferencia de sus pares en América Latina, ha condenado sin ambigüedades las violaciones de derechos humanos en Nicaragua y Venezuela. Ha respetado la libertad de prensa, el rol del Poder Judicial y la independencia institucional. En tiempos de polarización y liderazgos mesiánicos, no es menor.

Impronta buenista. En lo económico, el balance es mediocre. Su gobierno heredó una economía recalentada por los retiros de fondos de pensiones y las ayudas de emergencia. La inflación alcanzó niveles preocupantes durante su primer año, y su gestión fiscal fue puesta a prueba. Bajo la conducción de Mario Marcel, se evitó una crisis mayor.

  • El ajuste fue ordenado y, en el último año, se vislumbran señales de recuperación. La economía no colapsó como auguraban algunos sectores empresariales en 2021. Pero el desempleo alto (8,8%), el estancamiento del crecimiento y el aumento de la deuda pública a niveles alarmantes empañan ese desempeño.
  • Desde el punto de vista social, la crisis de seguridad que azota al país no da tregua, a pesar de que el gobierno ha contado con el respaldo de la oposición para aprobar legislación sobre la materia. El verdadero obstáculo ha sido interno: una coalición gobernante cuya impronta buenista le impide avanzar con decisión.
  • El presidente también deberá cargar con el estigma del retroceso electoral de su sector, fruto del fracaso de su tesis de unir a toda la izquierda . La inclusión del Partido Comunista y de sectores radicales terminó subordinando al socialismo democrático en una coalición hegemonizada por los sectores más ideologizados.

Su papel tras dejar La Moneda. En vez de reconstruir una centroizquierda amplia y competitiva —como la que gobernó exitosamente desde 1990—, el oficialismo quedó encapsulado en una trinchera identitaria y minoritaria, ajena a las prioridades de la ciudadanía.

  • Su figura queda marcada por la ambivalencia. En el plano internacional, es percibido como un rostro renovado de la izquierda democrática, alejado del autoritarismo bolivariano y del radicalismo populista.
  • Su claridad en derechos humanos, medioambiente y democracia lo hace atractivo para sectores de la socialdemocracia europea y de la izquierda liberal latinoamericana. En ese espacio, podría convertirse en articulador o referente de una izquierda que busque reconciliarse con el orden institucional y la democracia liberal.
  • En el ámbito interno, el horizonte es menos prometedor. El peor escenario es una derrota electoral que provoque una implosión del bloque oficialista, con recriminaciones cruzadas y fracturas irreparables. Aunque también podría emerger, con el tiempo, como una figura de contraste frente a un eventual ciclo ultraconservador.

Su última oportunidad. Pero mucho dependerá de cómo se conduzca en el escenario que se avecina. Lo más probable es que un gobierno de derechas heredará de su gestión un escenario económico y político complejo y que tendrá que hacer los recortes presupuestarios que él no hizo. Y que, desde el primer día contaría con la oposición y hostilidad implacable de la izquierda.

  • Entonces, el papel que decida jugar el expresidente  marcará a fuego su destino. ¿Actuará como un estadista facilitador de la gobernanza, como han hecho sus antecesores o se transformará en el líder de la oposición?
  • Este domingo, cuando le hable al país, Gabriel Boric intentará enmarcar su mandato en términos de justicia social, derechos y reformas trascendentes. En un año electoral, donde su coalición lleva todas las de perder su desafío consiste en darle a la ciudadanía razones de peso para mantener a la izquierda en el poder.
  • Será su última oportunidad para narrar su propia historia antes de que otros lo hagan por él. Pero incluso en ese gesto habrá un reconocimiento implícito: que gobernar no es lo mismo que movilizar, que la supuesta superioridad moral no reemplaza a la eficacia, y que el legado de un presidente no se mide por las intenciones que declara, sino por los resultados concretos que deja.

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