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Diciembre 7, 2025

La metamorfosis de Jeannette Jara. Por Jorge Ramírez

Cientista Político. Libertad y Desarrollo.

La imagen de Jara como símil de la expresidenta Michelle Bachelet quedó atrás. Lo que hoy observamos es una versión más acorde con lo que probablemente sea su esencia política: más doctrinaria, más combativa, menos afable. Pero ese tránsito tuvo un costo evidente: al actualizar su personaje, también se despojó -o la despojaron- de su principal arma: la simpatía.


¿En qué te transformaste -o en qué te transformaron-, Jeannette? El principal atributo de la abanderada oficialista durante la elección primaria y buena parte de la primera vuelta fue su cercanía, empatía y afabilidad. Sin ir más lejos, ese perfil le permitió solapar la radicalidad de muchos de sus planteamientos, camuflar su verdadera esencia como militante comunista e incluso imponerse a José Antonio Kast en el campo de los atributos más blandos.

Pero, como en la metamorfosis de Kafka, donde el protagonista despierta convertido en algo que se torna irreconocible, el personaje de Jara también mutó. Su transformación no vino de un hecho súbito, como en la novela, sino de la acumulación de señales, presiones y temores que se desprenden de los agrios resultados electorales de la primera vuelta, los peores para una candidata de izquierda desde la década del cuarenta. Esa realidad, terminó por alterar completamente su estrategia política y perfil público.

La imagen de Jara como símil de la expresidenta Michelle Bachelet quedó atrás. Lo que hoy observamos es una versión más acorde con lo que probablemente sea su esencia política: más doctrinaria, más combativa, menos afable. Pero ese tránsito tuvo un costo evidente: al actualizar su personaje, también se despojó -o la despojaron- de su principal arma: la simpatía.

El error de Jara ha sido creer que ser agresiva en el debate equivale a ser incisiva y punzante. En los últimos foros y debates, la titular del Partido Comunista se ha mostrado excesivamente alterada y pasada en revoluciones, en un afán -a ratos agotador- de denostar a José Antonio Kast y a algunos de sus colaboradores más cercanos como Jorge Quiroz, a quien injustamente se le tilda de “arquitecto de las colusiones” por el solo hecho de haber elaborado un informe de análisis económico para una industria.

A la par, la candidata ha buscado victimizarse sin mayor fundamento, como en aquel incómodo pasaje en el cual interpeló a Kast por el modo en que éste supuestamente se relaciona con las mujeres: “¿No te parece una manera algo extraña de relacionarte con las mujeres? ¿Hay algún tema ahí?”. Coronando su bélica performance con expresiones inéditas en foros presidenciales, como el “tú te jodes a la gente”, retrocediendo varios casilleros en el estándar mínimo de sobriedad que uno esperaría de quien aspira a la primera magistratura del país.

Pero existe una tesis complementaria. Es posible que Jara esté pensando más en el día después de la segunda vuelta, que en la posibilidad real de ser Presidenta en este ciclo eleccionario, ¿con qué fin? El de disputar el liderazgo de la futura oposición a Kast. En ese registro, su principal contribución ya no sería conquistar indecisos -tarea prácticamente perdida en un escenario electoral tan adverso- sino erosionar cuanto pueda la imagen del líder republicano.

El propósito entonces es debilitar a Kast lo más posible antes de que llegue a La Moneda, condicionando su capital político inicial, para que, junto a lo anterior, sea ella quien se posicione como la líder natural que encarna el ethos implacable del nuevo bloque opositor.

La metamorfosis, entonces, no sería un accidente, sino una estrategia: renunciar a navegar con simpatía para sumergirse en la trinchera. El problema es que, como Gregorio Samsa en la novela de Kafka, cuya metamorfosis termina por aislarlo por completo, Jara podría terminar atrapada en una identidad política que podría distanciarla completamente de quienes alguna vez la apoyaron con alegría, no con odiosidad.

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