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La vigencia del estallido social como momento populista. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

Entender el estallido social como momento populista es especialmente útil para las elites, que últimamente se han dejado convencer por la tontera del “estallido delictual”. Sirve para recordarles que sus condoros no pasan colados. Que su displicencia deja heridos. Que su lucha interna no deja a nadie bien parado.


El estallido social envejeció mal. Sólo unos pocos dicen “esa guagua es mía”. En las encuestas, la mayoría de los chilenos lo niegan como Pedro a Jesús, como Gabriel Boric al Negro Matapacos: si te he visto no me acuerdo. Cinco años después, Chile quiere plata y paz. Que a nadie se le ocurra venir a “meterle más inestabilidad”. Hasta los creyentes proclaman: nos prometieron que sólo retrocediendo un paso, avanzaríamos dos. No pasó. Llegó la pandemia y retrocedimos tres. No avanzamos ninguno. Nos movemos entre la frustración, el alivio y la desesperanza.

Hay dos tesis sobre el estallido social que envejecieron particularmente mal. En primer lugar, la tesis del derrumbe del modelo neoliberal en vivo y en directo, que presupone un consenso ideológico en torno a la necesidad de superar el capitalismo por alguna alternativa más solidaria y cooperativa. Se estaban abriendo las grandes alamedas, se consumaba el socialismo, íbamos camino a un estado de bienestar.

Fue una tesis dañada desde el comienzo: NO + AFP marchaba codo a codo con NO + TAG. Como ha sostenido Pierina Ferreti, a la nueva izquierda le costó procesar el evidente atractivo de la democratización del consumo. Aunque muchos intelectuales orgánicos así lo creyeron, el estallido nunca fue un momento socialista. En palabras del mismo Boric, no fue una “revolución anticapitalista”.

La otra tesis quebrada, al menos reputacionalmente, es la “octubrista”. El concepto ha sido manoseado y se utiliza como agravio, pero podemos configurarlo en forma analítica. “Octubrismo” es la combinación de dos cosas. Por un lado, la participación y/o el apoyo a la ola de protestas chilenas de 2019, bajo la demanda genérica de “dignidad”. Por el otro lado, el convencimiento de que los cambios sólo pueden obtenerse a través de una alteración significativa del orden público, y eventualmente fuera de la ruta democrática institucional.

La inmensa mayoría de chilenos suscribió lo primero. Una porción no menor suscribió lo primero y lo segundo. Esos son los “octubristas”. Los que validaron la violencia como método de acción política, entendiendo que a veces la historia no avanza sin quiebres justicieros decididos. Si “Chile Despertó”, es porque lo sacaron de la cama a patadas, entre peñascazos y barricadas.

Los que suscribieron lo primero, pero no lo segundo, fueron peyorativamente tratados de “noeslaformistas”, los ingenuos que creen que la Bastilla se la tomaron pidiendo permiso. El tiempo les dio la razón: en la actualidad, la épica de la “primera línea” se juzga entre romanticismo impostado, matonaje hiperventilado y oportunismo delictual. Hay poca paciencia con la monserga de la violencia simbólica o estructural; la violencia del estallido es la que cuesta plata reparar.

Pero hay una tesis que ha envejecido mejor. Es la tesis del estallido como momento populista, es decir, el estallido como rebelión plebeya contra las elites que han secuestrado los beneficios del progreso. El estallido como reclamo contra los representantes legales de la transición. El estallido como impugnación del poder, público y privado, político y económico. El estallido como manifestación rabiosa contra la clase dirigente, por coludida, corrupta y displicente. El estallido como expresión de un dolor e identificación de un villano: el establishment que obstaculiza sistemáticamente las demandas del pueblo.

El estallido social puede ser considerado un momento populista en la tradición izquierdista a-la-Laclau: varios grupos históricamente oprimidos -estudiantes, feministas, indígenas, disidencias- que hacen causa común para denunciar y resistir el abuso oligárquico, y a través de esta autoconciencia se constituyen como “nuevo pueblo”.

También puede ser un momento populista en un sentido “ideacional”, el enfoque dominante entre los académicos. Aunque careció de vocero, su narrativa se escuchaba fuerte y clara: el pueblo es bueno y la elite es mala. Todo lo que hace el pueblo está justificado -incluso destruir la propiedad- porque la elite ha hecho cosas peores.

También puede leerse como momento populista en tanto encarnó una severa crítica a la intermediación política. El octubre chileno fue anti-partidos. Buscó formas alternativas de representación. Fantaseó con una democracia más directa y plebiscitaria.

Finalmente, si el populismo es algo así como la reivindicación de una democracia iliberal, el estallido puede interpretarse como un ataque a los contrapesos establecidos para limitar la voluntad popular, esos mecanismos e instituciones con racionalidad tecnocrática -como el comité de expertos que determinó el alza del metro- que usurpan su soberanía.

La tesis del estallido social como momento populista sigue vigente porque es ideológicamente deflacionaria. No exige un programa político claro. Su misión fue más destituyente que constituyente, como ha dicho Rodrigo Karmy. La rabia contra las elites no ha desaparecido. El ánimo anti-establishment se dirige un día contra Vitacura y al día siguiente contra Ñuñoa, pero sigue latente. Vota por la izquierda y luego por la derecha, pero allí no hay péndulo ni bipolaridad, porque en el fondo vota por el denunciante de turno.

Entender el estallido social como momento populista es especialmente útil para las elites, que últimamente se han dejado convencer por la tontera del “estallido delictual”. Sirve para recordarles que sus condoros no pasan colados. Que su displicencia deja heridos. Que su lucha interna no deja a nadie bien parado. Es allí cuando la rabia plebeya crece, y cuando la llama populista que animó el estallido, destella.

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