Probablemente, esta insatisfacción no habla tanto de Kast ni de Boric, sino más bien del escepticismo ciudadano sobre la capacidad de los gobiernos de turno de materializar las transformaciones ofertadas en campaña, es decir de llevar adelante su agenda de gobierno. Una incredulidad que tiene raíces antiguas y profundas, donde el estallido social no fue más que un momento, el de la ruptura, de una crisis de desconfianza institucional que se remonta a lo menos al 2011.
De la mano del movimiento estudiantil, en 2011 se empezaron a derribar -primero entre las élites, luego en la ciudadanía- los acuerdos de la transición. Gradualmente se fue fragmentando el ethos que nos aunaba como parte de un mismo proyecto país. La centralidad del crecimiento económico como vía al desarrollo, la focalización como justicia redistributiva antes que el universalismo, el saber técnico por sobre el político, entre otras convicciones, perdieron adhesión y los consensos empezaron a tambalear.
La crisis de legitimidad social del modelo, anunciada en el NO + lucro en la educación, luego se propagó para alcanzar a las AFPs (no + AFPs), las concesiones (no + TAG) y un largo etc. de NO +, hasta derribar por completo lo que dábamos por cierto. De ahí en adelante, sin un proyecto de país mínimamente compartido al interior del sistema político y legitimado socialmente, los gobiernos de turno han ido de tumbo en tumbo. La data histórica de la encuesta CEP habla por sí sola: desde Piñera I en adelante, todos los gobiernos han gobernado con un promedio de desaprobación mayor que de aprobación.
Esa incertidumbre es la que debe haber acompañado a muchos ciudadanos el día de la elección, particularmente a esa mayoría que no votó. Una incertidumbre desconcertante, materializada en un 2021 con la mayor volatilidad electoral que hayamos conocido desde la transición. En sólo un año, seis candidatos estuvieron en la pole position de las preferencias presidenciales espontáneas y varios otros/as cerca de ella. Hasta la elección, ninguno superó el 25% de menciones espontaneas, el guarismo más bajo desde el retorno a la democracia para aquellos candidatos/as que finalmente alcanzarían La Moneda.
Ni Kast ni Boric lograron dos millones de votos. Quien resulte elegido presidente el 19 de este mes, lo será con la menor adhesión popular en primera vuelta desde los 90. La votación obtenida por Kast es apenas un 13% del padrón electoral y la de Boric representa tan sólo al 12%, evidenciando, además de la volatilidad, la fragmentación de miradas que la ciudanía tiene sobre el país que habita.
Más que en clave de polarización, sugiero leer los resultados de la elección del domingo 21 de noviembre como reflejo ciudadano de la superposición de visiones, la falta de consensos y de propósitos compartidos. Sin decirlo, quienes introdujeron su voto en la urna lo hicieron sabiendo que la solución a la crisis no estaba en ese ejercicio y que lo más probable es que quien gobierne la tendrá tan difícil como el actual mandatario.
En una mirada clásica de izquierdas y derechas, es evidente que Kast y Boric representan dos extremos de ese eje, lo que ha llevado a muchos a sobredimensionar la polarización como medular en el balotaje. Mi sugerencia es leer la primera vuelta en otra clave: como una invitación a las élites políticas para volver a poner el diálogo por sobre el juego adversarial, consensuar en vez de dar portazos y negociar antes que a negar la sal y el agua.
No hay otra forma de reorganizarnos para salir de la crisis que encontrando un marco político común y legitimado socialmente. El proceso constituyente en curso y un congreso electo representativo de las distintas visiones en juego brindan una oportunidad de oro para ello.
Si una vez más se la farrean, los Bad boys podrán, seriamente esta vez, frotarse las manos.
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