-La Cuenta Pública del Presidente Gabriel Boric, ¿fue un discurso complaciente que buscó el favor de la “barra brava” oficialista, como dijeron desde la oposición?
-Creo que fue un discurso conformista, sostenido en la tesis de la normalización y con bastante liviandad para afirmar, en varias ocasiones, que “sabemos que no ha sido suficiente”. Se construyó sobre dos líneas discursivas: una que evalúa y valora los logros, pero al mismo tiempo relativiza las cifras, observa con voluntarismo deudas dramáticas —como la educación— y no responde con la fuerza necesaria a desafíos fundamentales como la economía y la corrupción.
La segunda línea proyecta el futuro y el rol del propio presidente en lo que viene. Ahí aparecen los guiños a su base más dura: aborto, Punta Peuco, Israel. Lo más interesante será observar cómo ese discurso, que busca instalar una cierta “madurez”—apelando al diálogo, los acuerdos y la construcción conjunta— se traduce si el oficialismo pasa a ser oposición. Ese cambio, modelado por el pragmatismo y las lecciones del poder, tendrá su verdadera prueba cuando suba el precio de volver a la trinchera: ahí sabremos qué parte de su sector lo acompaña y de qué facciones de la izquierda se convierte en líder.
-¿Hubo un intento por apoyar la continuidad en las próximas elecciones?
-Sí, hubo señales que pueden interpretarse como un intento de proyectar continuidad política. Aunque el presidente no habló explícitamente de las próximas elecciones, el discurso estuvo cuidadosamente orientado a destacar logros de gestión, moderar el tono ideológico y presentar al gobierno como una fuerza capaz de diálogo, acuerdos y responsabilidad institucional. Esa narrativa —que valora los avances, reconoce deudas y enmarca los giros como aprendizajes— parece buscar instalar una imagen de madurez que permita al oficialismo, o al menos a parte de él, presentarse como una opción viable para seguir gobernando.
-La economía fue el elemento más pobre del discurso. ¿Faltaron señales para estimular el crecimiento?
-La economía y la probidad fueron los flancos más débiles —y quizás más elocuentes en su vacío— del discurso presidencial. Respecto de la primera, en un país con crecimiento estructural del 2%, empleo informal al alza, desafíos en permisología, una inversión privada que no despega y un creciente costo de la inseguridad para la actividad productiva, hubo muy poco. Apenas una defensa de lo ya hecho.
Además, en el contexto de la tesis de la normalización que estructuró buena parte del discurso, no puede pasarse por alto que hace solo unas semanas el Consejo Fiscal Autónomo (CFA) expresó serias preocupaciones sobre el deterioro de las finanzas públicas.
-¿Que te parece que haya optado por temas controvertidos como el aborto y sanciones contra Israel?
-Que el presidente haya optado por incluir temas como el aborto y las sanciones contra Israel no debería sorprender. Son frentes simbólicos que lo conectan con su base más ideológica y, además, temas por los que se ha jugado con fuerza en varias oportunidades. Basta mirar su expresión física y el énfasis con que abordó esos temas para entender que ahí habla desde la convicción. Además, en un contexto de debilidad para el gobierno, con múltiples problemas abiertos y una derecha fortalecida en las encuestas, la inclusión de esos temas pretende reafirmar su identidad política.
-¿Fue una cuenta desconectada de los intereses de la ciudadanía?
-Más que desconectada, fue una cuenta parcial y selectiva. El presidente abordó temas que sí importan a la ciudadanía —como seguridad, corrupción, crecimiento, pensiones y salud—, pero lo hizo sin ofrecer respuestas ni soluciones capaces de generar cambio. El papel aguanta todo, la realidad es otra cosa. El discurso tuvo una vocación más justificativa que propositiva, con tono político y más orientado a proyectar. En este sentido, para muchos, puede haber sonado distante.
-En otro ámbito, ¿qué señal entrega que Jeannette Jara supere por primera vez a Tohá? ¿Puede ser una buena noticia para Matthei?
–Que Jara supere por primera vez a Tohá en las encuestas es un dato, pero no definitivo. Las fotos cambian, a veces rápido y sin previo aviso. Porque lo que sostiene una candidatura en el tiempo no es la fotografía del momento, sino la convicción, el trabajo, el propósito y la capacidad de conectar con mayorías. Jara proyecta cercanía y un tono más directo, menos institucional, algo que pesa en tiempos de distancia emocional con la política. Tohá, en cambio, ha debido asumir el peso de la seguridad, el tema más duro del gobierno, y eso cobra factura.
Lo que definirá el futuro no es esta foto, sino cuánta gente vota en una eventual primaria. Si son pocos, pesan las bases; si son más, gana la amplitud. Ahora bien, si esta tendencia se consolida, sí puede ser una buena noticia para Matthei.
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— Ex-Ante (@exantecl) June 2, 2025
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