La historia corta y en simple para entender (algo) de lo que pasa dice que hace 10 años el país dejó de crecer. El estancamiento económico impactó la promesa central que la política de la Transición le había hecho a la población: Chile, a diferencia del resto de países de la región, dejaría de ser un país pobre para transformase en uno desarrollado y de clase media.
Promesa que, a corto andar, devino en un contrato entre políticos, empresarios y la sociedad. La ciudadanía se “compró” ese relato porque lo experimentó concretamente en sus vidas. Durante los primeros 20 años de la vuelta a la democracia, la movilidad social fue una experiencia masiva y sostenida en el tiempo que, efectivamente, nos fue transformando en un país de clases medias. Clases medias aspiracionales, muchas veces agobiadas por deudas y trabajo, pero pujantes y en una situación de vida significativamente mejor que la de generaciones precedentes.
Pero cuando el crecimiento se debilitó, también perdió credibilidad su promesa y la ilusión del desarrollo. La política siguió ofertando que lo traería de vuelta hasta que, como en la historia de Pedrito, el lobo no llegó. Es cierto, en gran parte al crecimiento lo denigró el ofertón político sin respaldo, pero los casos de colusión empresarial aportaron la narrativa final para su descrédito: el crecimiento económico beneficiaba a los más ricos mientras que los más pobres pagaban los costos y abusos del mismo.
La falta de crecimiento trancó la bicicleta de las nacientes clases medias que, agobiadas por deudas, menores ingresos y sin ahorros, pusieron expectativas en que el Estado, más que el mercado, proveyera gratuitamente buena salud, pensiones y educación.
El agobio y la pérdida de horizontes se transformaron en angustia hasta que un estallido social articuló una nueva narrativa con sentido para grandes mayorías: los 30 años habían sido los perversos y el crecimiento formaba parte de esa perversión: daño ambiental, enriquecimiento de unos a costa de otros y abuso de los trabajadores.
El estallido se canalizó mediante la promesa de que una nueva constitución sería el dispositivo para recuperar el sentido y avanzar en reformas sociales. El resultado, como sabemos, fue un desastre. Entre otras cosas, porque muchos de los constituyentes insistieron en desacreditar el crecimiento y el desarrollo al punto que uno de ellos propuso que debíamos decrecer. Otro, que Chile debía aspirar a dejar de ser un país minero en los próximos 20 años.
Al despertar del sueño constitucional fallido, ya sin ilusiones constitucionales, sin la liquidez de los retiros desde los fondos de pensiones y gobernados por una nueva generación a la que parecía no le interesaba el crecimiento económico (ninguna alusión al mismo hubo en la cuenta pública 2023 del Presidente), la ciudadanía volvió a valorar el desarrollo y a soñar con recuperar la movilidad social.
Y si bien no tiene por qué haber contradicción entre desarrollo económico y redistribución, hoy la desigualdad ha perdido fuerza explicativa de lo que nos pasa. Al mismo tiempo, el relato sobre el desarrollo económico está cambiando de vicioso a virtuoso y el crecimiento, el empleo y las oportunidades de emprender se han instado como prioritarias entre la población.
Las personas quieren emprender, mejorar sus condiciones de vida y -en lógica pendular- hoy creen más que ello es posible con el propio esfuerzo y un mercado vigoroso que con reformas o redistribución. En algo impensado hace pocos años, el empresariado es visto con buenos ojos de la mano con una sociedad que más que movilización social hoy quiere recuperar el sueño de la movilidad social.
Por eso es que, entre otras cosas, la ahora vilipendiada nueva Constitución aún tiene una oportunidad de ver la luz si es que es capaz de conectar su aprobación con más estabilidad, certidumbre y desarrollo para las personas.
Y por eso es que, si más allá de las buenas palabras el día de la presentación del presupuesto, el Presidente entiende el profundo mensaje que hay en las ansias por recuperar el crecimiento y el vértigo de la movilidad social, tiene la oportunidad de dar una sorpresa, inesperada viniendo de él pero intensamente añorada. Y, para todos, las mejores sorpresas son siempre las inesperadas.
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