La madrugada del 8 de julio, mientras el Senado tramitaba el corazón del Plan de Reconstrucción Nacional, el gobierno cambió indicaciones como quien cambia de camisa y la oposición se limitó a mirar. No hubo contrapropuesta, no hubo bloque, no hubo ni siquiera un comunicado conjunto al día siguiente. Hubo indignación dispersa, columnas de opinión, y cada partido saliendo por su lado a explicar por qué la culpa era del otro. Cuatro meses después de que Kast asumiera, ese episodio resume mejor que cualquier análisis el problema de fondo: la centroizquierda chilena no tiene con qué sentarse a negociar, porque no ha resuelto qué es lo que quiere.
El diagnóstico, hay que decirlo, no le falta. La baja de impuestos a las grandes empresas, la condonación a evasores en paraísos fiscales, el desmantelamiento silencioso del aparato regulatorio: todo eso ha sido señalado, documentado, denunciado. El problema no es la lectura de lo que ocurre, sino que un diagnóstico correcto no es un proyecto, y sin proyecto no hay con qué negociar. Se puede fiscalizar, se puede votar en contra en la sala. Negociar es otra cosa: supone tener algo propio que ofrecer a cambio de algo que se exige, y hoy la oposición no tiene ninguna de las dos cosas.
El Partido Socialista lo intuye, y por eso convocó su Conferencia Nacional de Programa Ideológico: un ejercicio necesario, incluso saludable, pero que llega con el reloj en contra. Mientras una parte de la militancia histórica insiste en que la amplitud del bloque no puede significar transformar al PS en un partido de centro, otros sectores empujan hacia el centro exactamente eso que los primeros temen. Es una discusión legítima, incluso urgente, sobre identidad. Pero se está dando puertas adentro, con horizonte de congreso partidario, mientras afuera el gobierno tramita reformas que no van a esperar a que el socialismo chileno termine de decidir quién es.
Un exsenador socialista lo dijo hace poco de la manera más cruda posible: la izquierda seguirá perdida mientras no acepte el capitalismo. La frase indignó a buena parte de su propio sector, y probablemente exagera para provocar. Pero apunta a algo real: hay una diferencia entre discutir programa y discutir si se está dispuesto a gobernar dentro de las reglas que existen, con la correlación de fuerzas que existe, y no con la que uno hubiera preferido tener. La Concertación de los noventa negoció con la derecha heredada de la dictadura porque tenía clarísimo qué margen tenía y qué estaba dispuesta a ceder para ampliarlo un poco cada vez. Se le puede reprochar el resultado —y muchos lo han hecho— pero no la falta de método. Hoy falta el método antes que el resultado.
Ahí está el nudo. La derecha gobernante tiene mayoría relativa, tiene la iniciativa legislativa y, sobre todo, tiene una convicción que no discute en público: sabe exactamente qué Estado quiere y qué Estado no quiere. La oposición, en cambio, arrastra una pregunta que no logra cerrar desde el propio gobierno anterior: cuál fue el balance de esos cuatro años, qué se hizo bien, qué se hizo mal, y sobre todo, qué de eso vale la pena defender ahora que ya no está en el poder. Sin esa cuenta saldada, cualquier posición que tome frente a la megarreforma tributaria suena a improvisación, no a estrategia.
Hay quienes leen esta parálisis como prudencia táctica: mejor no fijar posición hasta ver por dónde sopla la opinión pública. Es un error de cálculo. La prudencia sin proyecto no es cautela, es vacío, y el vacío lo llena siempre el otro. Cada semana que la oposición pasa discutiendo su propia identidad sin traducirla en una posición negociadora concreta, el gobierno avanza una pieza más del tablero y normaliza un poco más lo que hace cuatro meses parecía impensable.
Lo que he llamado el péndulo describe precisamente este mecanismo: la alternancia no acumula porque cada ciclo llega a su turno sin haber hecho el trabajo que le correspondía cuando tuvo el poder, y sale de él sin haber hecho el trabajo que le corresponde ahora que no lo tiene.
Se puede negociar una reforma tributaria, una condonación, casi cualquier cosa, siempre que quien se sienta a la mesa sepa con claridad qué línea no está dispuesto a cruzar y qué está dispuesto a ceder para sostenerla. Eso no es ideología abstracta: es la diferencia entre incidir en el resultado final de una ley y simplemente comentarlo después, ya aprobada, en una columna de prensa.
La pregunta que la oposición chilena todavía no responde no es si debe acercarse al centro o radicalizarse hacia la izquierda. Es más elemental: qué está dispuesta a poner sobre la mesa cuando finalmente se siente a negociar, y si para cuando eso ocurra, quedará algo por negociar.
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