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Diciembre 2, 2022

Perfil: Irací Hassler, la “tía” del jardín. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Crédito: Agencia Uno.

​La alcaldesa sabe que celebrar el 18 de octubre significa perpetuarlo, como sabe lo que está pasando en el Instituto Nacional o en la calle Puente. Pero se interpone entre su conocimiento y su acción esa culpa turística que nos regalan los privilegiados cuando ejercen el privilegio de preocuparse por el pueblo.


Tendría que empezar por una confesión que quizás invalide todo lo que escribiré a continuación: El tono de voz de la alcaldesa de Santiago Irací Hassler me resulta insoportable. O quizás lo que no soporto es la sonrisa con que acompaña esa manera de hablar como si moliera las palabras para convertirlas en papilla, de esas que sirven en los jardines infantiles. Eso me recuerda exactamente, esas “tías” de jardín infantil que juegan a ser paciente con los niños, pero apenas los apoderados dan vuelta, arde de impaciencia y castigo a los niños que se portan mal.

​Me explican que esa manera extremadamente sonriente de hablar diciendo que tiene algo que ver con que es mitad brasileña. Pero la que es brasileña es su mamá y por lo demás ningún brasileño que he conocido hablando español lo hacen con esta sobre pronunciada obsesión didáctica con que habla la primera alcaldesa comunista de Santiago y segunda mujer en el cargo. Por lo demás cuando se trata de obligar a periodistas a disculparse por decirle “mamita” su tono vuelve a ser el de una economista, educada, preparada y capaz que es por cierto.

Hija de un empresario agrícola, exalumna del exigente colegio suizo, capaz de hablar, escribir y pensar en inglés, alemán y portugués, exalumna también de la exigente facultad de economía de la Universidad Chile, todo en ella denota inteligencia, conocimiento, preparación. ¿Qué extraña humildad la ha llevado a tratar de que esos conocimientos y esa preparación se noten lo menos posible en su labor edilicia? ¿Por qué ha preferido no hacer gala de ninguna de las cualidades que la visten y quedarse con esa sonrisa preocupada, en que hay cualquier cosa menos alegría, felicidad o tranquilidad?

​Quizás para entender esta paradoja habría que escuchar lo que dice, cosa, que confieso de entrada, me resulta difícil. Aunque cuando, luchando con el control remoto, he conseguido hacerlo, lo que escucho es una serie de frases hechas mezcladas con conceptos recién salidos de varias y mezcladas ONGs. Así escribe que le asiste una “visión demodiversa e interseccional en la cual la institucionalidad reconozca a los sujetos políticos en sus diversas formas de organización” que avancen en “descolonizar y despatriarcalizar la democracia”.

​Estos principios e ideas, todas impregnadas de un pasoso aroma a buenas intenciones que se combina con un perfecto desconocimiento de la “ciudadanía participativa” a la que quiere llegar, explican lo que no soporto del tono de la alcaldesa. Su tono parvulario no nace de algún defecto de dicción, sino de una visión perfectamente condescendiente e infantilizante de la política. Una manera de santificar el sujeto popular para no escucharlo mejor y aplicarle sin mirarlo a los ojos las “dinámicas interseccionales, inclusivas, participativas, ecológicas, multifactoriales” con que los sociólogos y pedagogos del primer mundo consiguen experimentar sobre sus conejillos de indias del tercer mundo.

​La derecha no le perdona a Irací Hassler que sea comunista cuando por familia y educación bien podría ser de Evópoli. Lo realmente imperdonable de ella es que a pesar de militar desde la extrema juventud en el partido comunista, no haya aprendido nada de Marx, Lenin o Volodia. Porque ni en la peor época de miseria de la Unión Soviética o Cuba, se permitió que las calles de Moscú y la Habana se llenaran de comerciantes ambulantes.

Marx llamaba por lo demás a estos comerciantes y sus ayudantes, el lumpen proletario, inservibles para la revolución. Tampoco se permitía en los colegios y universidad del comunismo clásico que unos alumnos en overoles blancos llenaran de bencina a los profesores.

El comunismo suele odiar la informalidad y no tiene con la represión, si la ejerce, ninguno de los problemas que la alcaldesa demostró tener en sus comienzos. Aunque parece ahora salir de su pasmamiento, sus intentos de ser firme y fuerte, sin embargo, vuelven a chocar con esa manera de comunicarla que no consiguen ni la firmeza, ni la visión, ni la seguridad que quiere dar.

​Es por supuesto injusto atribuirle a Irací Hassler los problemas que tiene Santiago sufriendo hace décadas. Menos culparla por la inflación, las incoherentes políticas de inmigración en que la presidenta Bachelet y el presidente Piñera estuvieron contradictoriamente de acuerdo. Pero si es fácil adivinar que proponer en campaña un aumento de las patentes para comerciantes callejeros no iba hacer otra cosa que conseguir que muchos más de lo que podrían conseguir este privilegio, tomen su lugar en la vereda.

Como tampoco es difícil pensar que su discurso anti represivo como concejala iba a incentivar la violencia en los liceos emblemáticos. No es que no tenga razones en muchas medidas que propone o piensa proponer. Pero la razón no es nunca en política suficiente, porque ella importa muchas de las señales, como esa vez que llamo con alegría a celebrar un aniversario del 18 de octubre a sabiendas que esto terminaría como estaba llamado a terminar.

​La alcaldesa sabe que celebrar el 18 de octubre significa perpetuarlo, como sabe lo que está pasando en el Instituto Nacional o en la calle Puente. Pero se interpone entre su conocimiento y su acción esa culpa turística que nos regalan los privilegiados cuando ejercen el privilegio de preocuparse por el pueblo. La condescendencia quiere amar al pueblo sin tener que vivir en el peligro de conocerlo. Se inventa entonces teorías y metodología para mantenerlo a la distancia exacta de sus prejuicios ideológicos.

El pueblo, que tiene ante todo y sobre todo olfato, huele a kilómetros esa condescendencia y cuando ve que no puede sacar nada de ella, la rechaza desdeñosamente. En gran parte eso explica el resultado del plebiscito. Al pueblo no se le escapo que la convención hablaba de como ellos “debían ser” y no como eran. Rechazaron la caricatura que buscaba embellecerlos, es decir deformarlos.

De ese rechazo esencial trata de tomar nota la alcaldesa de la comuna más importante del país. Lo intenta, y es ahora dura y policial, pero todo indica, sin embargo, que hay algo esencial en su modo de ver y entender a la política, que le impide dar ese paso. Llegó a la política para salvar a otros y no a ella misma. Por eso es difícil que comprenda la urgencia desde sí y no las frases hechas y los conceptos aprendidos con que se protege de los peligros de la realidad.

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