Cuando se escriba la historia de estos años, será difícil ver en ellos algo más que una pugna generacional convertida en una amenazada pero nunca del todo comenzada discusión sobre el modelo. Lo cierto es que, si alguna vez hubo una discusión ideológica entre la generación que nos gobierna y la de los viejos cuadros de la Nueva Mayoría, esta se ha disuelto completamente en el ejercicio del Gobierno.
La última diferencia que quedaba sobre el modo de entender, o de no entender, la presunción de inocencia desde la “perspectiva de género” quedó anulada ante las implicancias del caso Monsalve.
Esto no significa que la paz entre generaciones sea, ni de cerca, un hecho. La generación de los nacidos entre 1960 y 1980 no olvida que la de los nacidos entre 1980 y 2000 los dio por muertos y enterrados en un funeral pirotécnico y ruidoso (el llamado estallido). Que los hayan necesitado con desesperación, que con desesperación los hayan vuelto a reclutar, acentúa su ansia de venganza.
Una venganza que puede tomar el sorprendente rostro de la condescendencia, que es al menos la estrategia que Mario Marcel empleó a la hora de blindar a su directora de presupuesto, Javiera Martínez.
Cuestionada por la facilidad con que los fondos estatales iban a las fundaciones del partido que ella fundó, Revolución Democrática, Mario Marcel dejó en claro que confiaba plenamente en la ingeniera en minas que vino a ocupar el puesto que tradicionalmente ocupaba el mismo Marcel. Pero fue más lejos, demasiado lejos, y calificó a Javiera Martínez como la mejor directora de presupuesto de la historia de Chile, incluyéndose en la comparación.
Era, a todas luces, una exageración. Lo que en términos periodísticos se llama un blindaje y, en términos mafiosos, un padrinazgo. Dejó en claro que cualquier crítica que la directora de presupuesto pudiera despertar en los parlamentarios, ministros, empresarios y el periodismo en general, debía dirigirse primero a él, uno de los pocos ministros que ha conservado casi intacto su prestigio en estos tres peligrosos años.
Hay fotos antiguas, muy antiguas, de Javiera Martínez sonriendo. Pero, en general, desde el blindaje hasta hoy, nos ha regalado un rostro casi siempre adusto, serio, concentrado. Un perfil técnico, aunque sus orígenes sean netamente políticos. Como si el blindaje fuese una pesada armadura, se ha movido con cuidado, con cierto involuntario enojo.
Los parlamentarios suelen respetarla, y el ministro Marcel ha reiterado una y otra vez su confianza. Esa confianza que, justamente, pesa como un millón de sacos de papas con todas sus papas adentro a la hora de confesar que sus cálculos de la recaudación fiscal fueron optimistas y que el Estado cuenta con bastantes millones menos de lo presupuestado.
Todo el blindaje que el ministro, con las mejores intenciones del mundo, le brindó a la directora de presupuesto cobra todo su peligroso peso ante ese error, perdonable quizá en un subsecretario cualquiera, pero que resulta imperdonable en la “mejor directora de presupuesto de la historia de Chile”.
Un calificativo que transforma este optimismo con las cuentas en algo más que un tropiezo de los que estos momentos de agitado oleaje económico nos exponen. Un error que se puede explicar, que se puede comprender, pero que resulta más difícil de asumir cuando el profesor te puso delante de todo el curso como un ejemplo a seguir, cuando antes de los exámenes ya te puso un siete.
Javiera Martínez parece cargar justamente con el peso de los buenos alumnos: el de verse expuesta ante cualquier error a las risotadas de los demás. La invitada a la que, por usar anteojos, se le obliga a hacer las cuentas por todos, confiando en que la seriedad es lo mismo que el rigor, cuando a veces pueden ser justo lo contrario.
Lo cierto es que nadie más, en un grupo de amigos que llegó cantando al gobierno, quiere el puesto sin glamour y sin magia en el que se ha ejercitado Javiera Martínez: a cargo de la oficina que, desde tiempos inmemoriales, es famosa por decirle que “no” a los gobiernos regionales y a los ministerios.
Un trabajo tan poco agradecido y querido como llevar la llave de la caja de metal en la que están los ahorros para el paseo de curso. Un ingrato ejercicio al que ella le ha puesto un poco de optimismo, un poco de polémica, algo de diversión, al fin y al cabo. Porque, sin ser ni de cerca especialista en la materia, creo que se puede asegurar que Javiera Martínez no es la mejor directora de presupuesto de la historia (ni mucho menos la peor), pero es quizás la primera en romper una regla no escrita del puesto: que nadie hable de ti, que apenas fuera del Estado alguien sepa tu nombre.
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