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Por qué el voto blanco o nulo es legítimo: Nadie está obligado a elegir entre dos males. Por Jorge Schaulsohn

Ex-Ante

Esa opción no es una protesta anti política; es una opción política. Tan válida como marcar una preferencia. Quien invalida su voto no rechaza la democracia: ejerce su derecho dentro de ella. Deja constancia que no le cree a Kast su discurso apaciguador ni a Jara su conversión socialdemócrata.


Un derecho, no un estigma. Durante la mayor parte de nuestra historia el voto fue, desde un punto de vista jurídico, obligatorio pero la inscripción en los registros electorales era voluntaria. De modo que para todos los efectos prácticos el voto obligatorio no existía, lo que se traducía en una muy baja participación que oscilaba entre el 47 y el 49 por ciento.

  • Después se estableció la inscripción automática en los registros electorales, pero se mantuvo el voto voluntario, bajo la creencia de que no votar era un derecho -no un estigma- que permitía a la ciudadanía demostrar su indiferencia frente a la política como una forma de manifestar su descontento y desilusión con el sistema y los candidatos.
  • Con el paso del tiempo la baja participación en las elecciones empezó a ser vista como un problema, una deslegitimación del sistema político y un debilitamiento del sistema democrático. Si la gente no quiere venir a mi fiesta “¡obliguémosla!”.
  • En vez de mejorar la calidad de la política como forma de incentivar la participación, los actores políticos optaron por establecer el voto obligatorio y castigar con multas a quienes se negaran a participar, rompiendo con una tradición y apartándose de la mayoría de los países latinoamericanos, europeos, Estados Unidos, Canadá.
  • Desde el punto de vista de los números, se cumplió el objetivo pues ante el temor a la multa la participación aumentó exponencialmente, superando el 85% en las últimas elecciones. Pero no hizo desaparecer el escepticismo de un segmento importante de la población que se refugia en el voto blanco o nulo.

El discurso moralizante. Cada vez que se acerca una elección, reaparece el mismo discurso moralizante: votar es una obligación casi sagrada, un deber que define cuánto te importa tu país. Especialmente en momentos como el actual de mucha polarización.

  • Tal es el caso en esta segunda vuelta del 14 de diciembre, donde por primera vez hay un candidato que ya derrotó a la derecha democrática y dialogante, líder indiscutido y fundador de una derecha dura, intransigente, con un talante refundacional
  • Que enfrenta a una coalición de izquierda heredera del gobierno de extrema izquierda en sus inicios, encabezada por una militante histórica del partido comunista que derrotó en la primaria al socialismo democrático.
  • Como el candidato de la derecha lleva todas las de ganar, la presión moral de la izquierda se intensifica hasta rozar la intolerancia. No votar, anular o marcar en blanco es presentado como un acto inmoral, una indiferencia culpable, un gesto que “ayuda al contrario” y que evidencia una peligrosa falta de compromiso con la democracia.
  • Pero ¿es realmente así? ¿Está el ciudadano moralmente obligado a escoger entre dos opciones que considera malas? ¿Debe aceptar sin cuestionamientos la lógica del “mal menor”, renunciando a su juicio propio para ajustarse a las expectativas ajenas? ¿Es democrático que la única libertad válida sea escoger entre A o B, incluso cuando ambas alternativas resultan insatisfactorias?

Autonomía cívica. El voto blanco o nulo, lejos de ser un síntoma de desinterés, puede ser una expresión profunda de autonomía cívica, que en muchos casos transmite el mensaje claro de ofertas que no lo representan. Y ese mensaje tiene un valor político que no debiera ser minimizado ni visto como una amenaza al orden democrático.

  • El discurso es siempre el mismo. No te piden que te convenza el candidato, sino que temas al del frente. Lo relevante no es construir adhesión, sino prevenir un desastre. El voto deja de ser afirmación de preferencias y se convierte en un acto de resignación. Y cuando la participación se basa en el miedo, la democracia se vuelve frágil.
  • Quienes votan blanco o nulo no son, necesariamente, enemigos de la política. Así como no corresponde estigmatizar a los candidatos ni hablar de “clase política” como un bloque homogéneo y malévolo, tampoco cabe atribuirle motivaciones hedonistas a quien decide no respaldar a ninguno de ellos.
  • Un ciudadano puede valorar la democracia, respetar a sus dirigentes, creer en la importancia de las instituciones y, aun así, concluir que ninguna de las alternativas disponibles le parece adecuada para encabezar el país durante los próximos cuatro años. No hay contradicción ahí. Participar en la política no significa aceptar sin reparos todo lo que ella produce; significa involucrarse desde la reflexión y la honestidad.
  • El voto nulo o blanco no es una protesta anti política; es una opción política. Tan válida como marcar una preferencia. Quien invalida su voto no rechaza la democracia: ejerce su derecho dentro de ella. Deja constancia que no le cree a Kast su discurso apaciguador ni a Jara su conversión socialdemócrata.

Cheque en blanco. La idea de que quien anula “no se interesa por Chile” es equivocada. A menudo ocurre lo contrario: el elector que vota blanco lo hace precisamente porque le importa el país y no está dispuesto a convalidar un proyecto que considera riesgoso, improvisado o excesivamente radical. Siente responsabilidad, no apatía.

  • Tampoco es cierto que la democracia necesite presidentes electos con apoyos abrumadores para funcionar. De hecho, la existencia de un porcentaje significativo de votos blancos o nulos puede ser un recordatorio saludable: que ningún mandatario recibe un cheque en blanco, que su legitimidad debe construirse día a día y que el país no le pertenece solo a quienes lo eligieron.
  • La democracia se fortalece cuando los políticos tienen que luchar contra la amenaza de la abstención, y el voto blanco o nulo es una herramienta perfectamente ética, democrática y eficaz para demostrar insatisfacción con la calidad los postulantes, sus propuestas e intenciones.

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