El 2006 la primera generación nacida post dictadura se tomó las calles. El 2011 se hicieron de la agenda política. El 2014 formaron partidos y llegaron al Congreso, tres años después crearon el FA. Hoy están en La Moneda. La tesis del reemplazo a una generación agotada, elección tras elección, se demostró efectiva. Separados por 20 años, unos demostraban genuina voluntad de poder, los otros padecían de fatiga.
De pronto, el estallido. Todos en el mismo saco. Con el acuerdo por la paz y una nueva Constitución una línea pasajera cruzó el progresismo, de un lado los partidos tradicionales y una parte del FA, del otro, el PC y la otra parte del FA. Parecía que la vocación de poder era también voluntad de mayoría, pero no.
Al poco andar, el FA decidió pactar con el PC para las listas de convencionales. Eso generó su primer quiebre: sale el Partido Liberal y dos diputados de RD. Comienza a notarse una tensión entre la voluntad de poder y la vocación de mayoría, la misma que llevó al presidente Boric a la Moneda con un parlamento empatado y también, lo que hizo naufragar la Convención, farreándonos una oportunidad histórica.
Tras la derrota del Apruebo, el presidente profundiza la señal de su primer gabinete: el poder permite cohabitar. Los anillos que antes dividieron hoy son símbolo de convivencia: todos caben en el primero. Pero ese encuentro virtuoso que está ocurriendo en el comité político aún no derrama al resto del gobierno, menos hasta sus coaliciones. Algunos siguen en la teoría del remplazo, otros ven la oportunidad de remplazar al remplazante. Pero las caricaturas, de lado y lado, ya no rinden, la ciudadanía no distingue una de la otra. Las cuentas pendientes, las identidades por oposición, solo neutralizan, suman cero. La brecha generacional envejeció mal, es hora de superarla.
Mientras tanto, el mundo progresista se enfrenta a lo que siempre soñó: el momento de pensar una nueva era y sus caminos hacia la justicia y la libertad. Y en vez de asumir la oportunidad de conducirlo, muchos prefieren cobrar cuentas pendientes, disputar mínimos espacios, pensar la jugada corta, mientras por debajo, una corriente peligrosa agarra vuelo.
Pasar de la convivencia a la colaboración es un deber histórico que no puede seguir postergándose. Está en juego nuestra democracia, el bienestar de nuestros hijos y nietos. El gobierno tiene un rol imprescindible, pero no suficiente. Desde todos los espacios, toca construir los puentes que reúnan al mundo progresista.
Compartimos los rigores del presente y un inevitable futuro en común: no hay otro camino para el progresismo que empujar el éxito del gobierno y proyectar juntos una mayoría social y política con voluntad transformadora, que ponga en el centro la justicia, la libertad, la sostenibilidad, la civilidad y el resguardo de los derechos humanos como mínimo civilizatorio.
Hace poco, eran otros los que no lo vieron venir. Hoy es el progresismo, ensimismado en su lucha por la hegemonía interna, el que ha dejado de escuchar e interpretar a las mayorías. No estamos viendo lo que hay, menos lo que viene. Mientras, allá afuera, ya no tan silenciosamente, otros cosechan de ese abandono. Es ahora, o será tarde.
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