Este domingo vivimos una jornada electoral en que primó el respeto, más allá de que algunos intentaron empañarlo con desórdenes en Plaza Italia y otros con vítores, fuera de lugar, en el acto de la otrora candidata derrotada, emitidos por el público que asistió.
Partamos por el presidente electo.
En su discurso tras conocerse los resultados, mostró respeto para con su adversaria en la contienda presidencial, pidiendo a sus adherentes, que no hubiera descortesías ni manifestaciones desconsideradas para con ella, para quién, además, tuvo palabras halagüeñas.
Respeto también para con quienes, desde distintos sectores de la oposición, lo apoyaron y lo acompañarán en el próximo gobierno.
Respeto por el servicio público, el que enfatizó, no obstante, y de manera correcta, existe por y para las personas.
Respeto por el Estado de derecho, por el imperio de la ley, y por la igualdad ante la ley, bases esenciales de la democracia representativa constitucional moderna.
Respeto por la autoridad en general, y por nuestras fuerzas de orden y seguridad público, y de seguridad nacional.
Respeto por quienes lo antecedieron en el cargo, valorando lo obrado y la experiencia de cada uno de ellos, de quienes dijo haber aprendido.
También por los enormes desafíos que deberá abordar, llamando a la población en su conjunto -no solo a quienes lo apoyaron- a trabajar de manera colaborativa para alcanzar los ambiciosos objetivos trazados, pero cuidando el tono: sin triunfalismos, y reconociendo que los tiempos que vienen serán difíciles. Para abordarlos, es y será imprescindible hacer las cosas bien, señaló, en pos de mejorar día a día -no de inmediato- y con mucho sentido dl la responsabilidad, y no solo desde el Estado, sino desde el rol que a cada uno le cabe en la sociedad toda.
Nos llamó a todos a respetar y cuidar a nuestros cercanos, nuestros barrios, vecinos, a influir en buena lid en nuestros entornos inmediatos, adoptando comportamientos que reflejen ese valor en nuestras actividades diarias.
Y es que el respeto no es solo una virtud personal, sino una herramienta clave para la convivencia, el bienestar de la sociedad y el progreso. El llamado a construir y reconstruir redes en las sociedades modernas es muy importante y no debe ser minusvalorado.
No es poca cosa. Demás está decir que todo lo anterior se encuentra muy lejos (en las antípodas) de la caricatura de “extremo” que se hizo de él. El que haya prometido carácter y convicción en su futuro rol de presidente de todos los chilenos, no contradice lo anterior. El respeto por todas las personas, por los adversarios políticos y las diferencias existentes no significa renunciar a las propias convicciones, sino reconocer la validez del pluralismo y la necesidad de un diálogo permanente y constructivo, promoviendo la tolerancia y la amistad cívica como bases para la coexistencia pacífica.
Por su parte, la entonces candidata del oficialismo, Jeannette Jara, derrotada en las urnas este domingo, también hizo lo suyo. Reconoció tempranamente la victoria de su adversario político, respetando la voluntad ciudadana, y visitó al presidente electo en el comando. En su discurso ante quienes la habían apoyado, llamó a hacer una oposición propositiva y dijo no querer un país dividido. Serán firmes, democráticos y responsables, señaló, y su quehacer se canalizará por las vías institucionales, condenando, dijo, cualquier atisbo de violencia.
Nuevamente, no es poco si pensamos en cómo estaban las cosas hace pocos años atrás. No obstante, el respeto y el rechazo a la violencia, así verbalizados, deberán, ser además encarnados por quienes pasarán a integrar la oposición del futuro gobierno, lo que será clave para el devenir de nuestro país. Pero también será crucial, me parece, para la subsistencia de la propia futura oposición y debiera ser un punto central en la reflexión que la candidata llamó a su sector a hacer.
Chile no puede normalizar el fuego, dijo el presidente electo. Y tiene razón. Las disputas políticas han de resolverse respetando al adversario y siempre en el marco del Estado de Derecho, a través de un ejercicio racional y por los medios que la democracia dispone al efecto.
El presidente en ejercicio, Gabriel Boric, hizo otro tanto. En un gesto que a estas alturas ya es parte de nuestra impecable tradición democrática, llamó al presidente electo y le ofreció, en un tono respetuoso, toda su colaboración. Una conversación y compromiso que ahora deberá traducirse en un traspaso ordenado, de buena fe y en regla, y cuyas primeras instancias de coordinación ya han comenzado.
El respeto no es poca cosa. Es civilidad y un compromiso profundo con los principios democráticos, y con la dignidad de todos quienes participan de la vida en sociedad y del debate político. Es una herramienta clave para el buen funcionamiento de las democracias constitucionales modernas y también de la ética pública.
Lo sucedido el domingo fue, en su conjunto, un ejercicio de respeto. Es imprescindible que ese ejercicio no quede solo ahí. Día a día todos debemos contribuir a recomponer y enaltecer este valor tan importante en nuestra sociedad, pues se trata de una virtud y un cimiento básico de todo lo demás y, para qué decir, del país que anhelamos alcanzar.
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