Últimamente la palabra democracia se oye mucho. Autoridades y clase política han destacado su trascendencia generando espacios para conversar sobre garantías para protegerla. Qué mejor que los principales agentes institucionales para promover la democracia.
¿Pero qué pasa con la ciudadanía y su responsabilidad en el cuidado de ésta? La estridencia política hace olvidar que la democracia también se compone de las actitudes y hábitos de las personas. Cuando la institucionalidad es cuestionada, el espíritu democrático que reside en los individuos puede ser un poderoso guardián para el sistema que históricamente ha probado funcionar.
El estudio Wake! de e-press y Cadem da algunas pistas de cómo la ciudadanía se inclina por preferencias que podrían estar dañando la calidad de la democracia y particularmente, el sistema económico liberal, como pilar esencial de ésta. El trabajo consideró: disposición de apoyar medidas distorsionadoras de la libre asignación de recursos, confianza en la empresa privada, preferencias por igualdad por sobre libertad y defensa de la propiedad privada, entre otras variables.
Sus resultados merecen atención: un 53% considera “Muy Bueno” el control estatal de precios, como, por ejemplo, la canasta básica; y un 65% declara tener “Poco y Nada” de confianza en la empresa privada. Además, un 13% de los encuestados no se identifica ni simpatiza con la causa de la propiedad privada.
En cuanto a expectativas de progreso, a pesar del innegable mejoramiento en las condiciones económicas de los últimos 50 años percibida por la mayoría -67% piensa que su estándar de vida es mejor que el que tuvieron sus padres-, no existe igual convicción de que las siguientes generaciones se verán beneficiadas por un mejor pasar. Cuando a las personas se les pregunta si piensan que la generación de sus hijos va a tener un mejor pasar que ellos, un 46% cree que sí, pero no se siente muy seguro que esto ocurrirá; y un 15% piensa que no va a ocurrir.
Los números anteriores reflejan que el deseo natural de las personas, de que sus hijos enfrenten mejores condiciones en el futuro, comienza a languidecer. Estamos frente a una ciudadanía que no se siente parte del progreso y que, producto de su decepción, adhiere a ofertas populistas, poniéndole trabas al crecimiento y restándole legitimidad al sistema económico. Por eso, no sorprende que, tras casi 10 años de estancamiento, el 55% de los encuestados se ubique dentro de quienes, a través de sus preferencias, podrían ser -inconscientemente- adversos del sistema económico liberal.
Incorporar a toda la sociedad en la conciencia y el compromiso con la calidad de la democracia liberal; y educar a las futuras generaciones para que la protejan frente a los desafíos de la nueva era, debiese ser un rol prioritario de la clase política, la academia, la sociedad civil y la empresa; poniendo especial cuidado en fomentar estímulos equívocos, que, si bien pueden ser muy bien acogidos por las personas, atentan contra la calidad del sistema.
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