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Octubre 10, 2023

Nueva Constitución: Es mejor una norma desacertada que la anomia. Por Ricardo Brodsky

Ex-Ante

Ciertamente las normas que se propondrán al plebiscito de diciembre no serán perfectas ni quizás se acerquen “a lo que la izquierda siempre soñó”, pero quizás sea hora de asumir que en 2022 el sueño de la izquierda fue rechazado en un plebiscito rotundo. Un nuevo fracaso constitucional solo puede profundizar la grieta que separa a los chilenos.


La necesidad de cerrar el capítulo constitucional después de cuatro años de debates parece absolutamente imprescindible para empezar a salir del atolladero político y económico en que se encuentra el país.

No es que una nueva Constitución vaya a solucionar los problemas que angustian y son evidentes para la mayoría de los chilenos -seguridad, trabajo, pensiones, salud, violencia, narcotráfico- pero es evidente que el fracaso constitucional va a terminar agravando la polarización política enfrentándonos a dos años en que seguiremos dándonos vueltas en círculos.

La anomia es un estado de desorden social producto de la ausencia de normas aceptadas. Para el gobierno, nada será peor que seguir profundizándola y consolidar un estado de ausencia de asentimientos mayoritarios que den una sensación de orden para la marcha del país y sus instituciones. Certezas es lo que Chile necesita para reencauzarse. Ciertamente las normas que se propondrán al plebiscito de diciembre no serán perfectas ni quizás se acerquen “a lo que la izquierda siempre soñó”, pero quizás sea hora de asumir que en 2022 el sueño de la izquierda fue rechazado en un plebiscito rotundo. Un nuevo fracaso constitucional solo puede profundizar la grieta que separa a los chilenos. Republicanos y Chile Vamos tienen una grave responsabilidad en esto, pero la izquierda gobiernista también necesita abrirse al diálogo y asumir nuevas realidades a las que se ha llegado por los propios errores de la primera Convención.

Sin embargo, es muy probable que cuales quiera que sean las mejoras que la actual negociación y los expertos propongan al Consejo, el resultado siempre encontrará argumentos (válidos o espurios) para que quienes ya han decidido rechazar el texto no cambien de opinión y jueguen la carta del “en contra” con la esperanza de obtener una victoria electoral (pírrica, por cierto, porque finalmente sería un fracaso de la consigna de la constitución nacida en democracia) que les dé la ilusión de recuperación política.

El dilema para el socialismo democrático será bien de fondo. El partido comunista ya derechamente inclinado a proteger su base electoral y acrecentar su poder en el seno de la coalición gobernante, sobre la base de su diferenciación, buscará arrastrar al resto hacia el rechazo de la propuesta constitucional. El Frente Amplio, marchando hacia el partido único, tampoco querrá arriesgar la adhesión de sus radicalizadas bases. El destino que espera al socialismo democrático en la lista del “en contra” sería la irrelevancia frente a dos actores decididamente más representativos de la intransigencia.

Por cierto, la llave maestra la tienen los republicanos. JAK ha dicho que no cederán en relación a la formulación de la protección del que o quien está por nacer. Es inevitable que la nueva constitución en algunos aspectos relevantes refleje el pensamiento de la mayoría del órgano redactor al que se le ha entregado la facultad constituyente. Lo que, sin embargo, no parece razonable es que se busque limitar el libre juego de la democracia representativa estableciendo en la constitución rigideces o zapatos chinos para la definición de políticas públicas. En esto, el Consejo, aunque ha respetado los bordes establecidos para el proceso, repite errores de la pasada Convención y de la Constitución vigente.

Aún es tiempo para no desperdiciar la oportunidad de reencauzar al país hacia el progreso y el fortalecimiento de nuestra democracia.

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