Solemos hablar de modernización como eficiencia, cuando lo que necesitamos es repensar el Estado, sus reglas, sus incentivos, sus capacidades. Hoy tenemos un aparato público lento, rígido e incapaz de adaptarse. Mientras el sector privado y hasta el crimen organizado innovan y evolucionan, el Estado sigue atado a estructuras obsoletas.
Su inoperancia ha llegado a tal nivel, que el autoritarismo se asoma como una respuesta en varios rincones del mundo. Muchos apuntan a la lentitud del procedimiento democrático y el andamiaje retrógrado de su principal herramienta -el Estado- cómo el asidero de el ascenso de líderes populistas y autoritarios que prometen resolver en dos minutos lo que otros no pudieron en décadas. Ojo ahí. No solo tomárselo en serio, sino que también actuar con celeridad.
El economista Xavier Sala-i-Martin lo explicó bien en Icare: “Cuando algo no funciona en el mercado, se corrige o desaparece. Cuando algo no funciona en el Estado, el funcionario o político lo mantiene”. En el aparato público no hay incentivos para admitir errores. En el sector privado, un CEO que fracasa corrige o es despedido. En el Estado, el fracaso se normaliza. No hay incentivos para cambiar ni mecanismos de autocorrección. Esto está en la esencia del aparato público. Por lo mismo, necesitamos abordar la filosofía y cultura del Estado, un desafío dantesco.
El problema es estructural. En Chile, los sobrecostos en obras públicas por retrasos y mala planificación alcanzan el 20-30% del presupuesto inicial. Un estudio del BID estima que América Latina pierde 4,4% del PIB anualmente por ineficiencia en el gasto público. En 2023, Chile cayó al puesto 59 en el ranking de facilidad para hacer negocios del Banco Mundial, en parte por su excesiva regulación.
La guinda de la torta es la permisología, derechamente un autogol. Una camisa de fuerza construida por el propio Estado. Los permisos para construir un hospital pueden tardar más que la propia construcción. No se trata de eliminar regulaciones, sino de hacerlas eficientes. Chile tiene una telaraña de 400 permisos distintos para aprobar proyectos de inversión, que activamente posponen nuestro desarrollo.
La semana pasada, Federico Sturzenegger explicaba la famosa motosierra de Javier Milei. Ella redujo el déficit fiscal en un mes eliminando un 30% del gasto innecesario y liberalizando mercados. Un ejemplo claro es que sí es posible dar un salto cuántico en la gestión pública.
¿Entonces, por dónde partimos? Por reconocer que los incentivos en el Estado están mal puestos y que la burocracia pública está mal diseñada. Necesitamos consensuar la raíz del problema para poder resolverlo. No es sólo ineficiencia e ineficacia el problema sino que el diseño de la burocracia y los incentivos de ella. Un diseño que comienza con el derecho público que, al mandar lo que se puede hacer y no el objetivo que se debe lograr, es tácitamente una orden de no innovar. Es concebir el Estado como un Leviatán que previene, y no como un sistema que habilita.
Pasando a lo táctico, esto va desde trabajar en un presupuesto base cero que cuestione el devenir actual de las asignaciones presupuestarias corrigiendo para que refleje las prioridades actuales, hasta poner en el centro de la operación del Estado la revisión anual de la efectividad de las políticas públicas y programas sociales.
Esto también implica terminar con la discriminación del mercado laboral migrando a que todos los trabajadores de Chile operen bajo un código único, y construyendo una carrera de funcionarios meritocrática. Es poner los datos y la inteligencia en el centro de la operación, es medir absolutamente todo lo relevante para gestionarlo. Es habilitar la interoperabilidad de sistemas entre servicios públicos y mundo privado para habilitar un nivel de productividad que no imaginamos.
No se trata de reducir el Estado ni de inflarlo, sino de redefinirlo. Un Estado que no solo administre, sino que habilite. Que no sólo controle, sino que impulse. Un Estado que sea una plataforma de servicios y capacidades bien entremezclado con proveedores y el sector privado. Un Estado con el foco en resultados, y que no se tropiece ideológicamente con los medios. Que use inteligencia artificial para gestionar mejor sus recursos y atender al ciudadano con la misma eficiencia que cualquier empresa.
Si la modernización del Estado sigue atrapada en la lógica de la eficiencia administrativa, no iremos a ninguna parte. Junto con seguridad y economía, este debe ser uno de los tres temas centrales en la próxima elección presidencial.
Es nuestro rol como ciudadanos exigir a los candidatos que este sea un tema prioritario de sus campañas. Con compromisos serios y bien pensados. Necesitamos un golpe de timón significativo si queremos defender la democracia liberal como la conocemos, y el Estado como una herramienta de bienestar. De lo contrario, la frustración ciudadana terminará por entregarle el poder al autócrata de turno que tenga el mejor relato.
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