El último Informe de Evaluación de Sostenibilidad Fiscal de Mediano Plazo del Consejo Fiscal Autónomo proyecta que, para estabilizar las finanzas públicas, el Estado chileno deberá reducir el gasto en casi US$6.000 millones acumulados hasta 2029. En términos simples: se trata de ajustar en torno a US$1.500 millones por año, sin que existan señales claras de cómo se concretará ese esfuerzo.
Durante 2024, los ingresos fiscales fueron de aproximadamente US$69.000 millones, mientras que los egresos alcanzaron los US$77.000 millones, generando un déficit efectivo cercano a US$8.000 millones. El crecimiento del gasto público entre 2022 y el presupuesto de 2025 ha sido de 35%, mientras que la población —según datos del Registro Civil— creció apenas un 2% en el mismo periodo. Este diferencial sugiere que el Estado se ha expandido muy por encima del crecimiento demográfico, y probablemente también de su capacidad estructural de financiamiento.
Esa expansión no ha sido caprichosa: responde a un conjunto de políticas que intentan corregir déficits sociales persistentes. Entre ellas destacan:
Este listado —aunque incompleto— revela con claridad la agenda social del actual gobierno y su compromiso con las demandas ciudadanas. Pero aparentemente el gobierno no ha prestado la misma atención a las limitantes de la actual economía chilena: la productividad lleva más de una década estancada, el crecimiento ha sido modesto, y en 15 de los últimos 17 años el gasto estructural ha superado los ingresos estructurales. A esto se suma que en los últimos cuatro años la salida neta de capitales ha superado los US$8.000 millones.
El gobierno del presidente Boric ha sido, en muchos sentidos, coherente con el mandato que lo llevó al gobierno. Sin embargo, la sostenibilidad de una agenda social robusta exige resolver los problemas estructurales que arrastramos: baja inversión, debilidad institucional para generar consensos fiscales, y un sistema productivo con limitada capacidad de innovación.
El próximo gobierno heredará no sólo las cifras fiscales, sino también el desafío político de construir un nuevo pacto: uno que permita crecer para redistribuir, y no redistribuir lo que no se genera. Como advierte Acemoglu en uno de sus textos más incisivos: “El fracaso en resolver los problemas del presente no sólo perpetúa la desigualdad, sino que hipoteca la libertad de las generaciones futuras para tomar sus propias decisiones” -Why Nations Fail, 2012-.
Publicaciones relacionadas
Elmer Cuba, exsocio de Macroconsult y exdirector del Banco Central peruano, cursó un magíster en la Universidad Católica de Chile, donde dice a Ex-Ante que sus “mejores profesores de la UC fueron Vittorio Corbo, Felipe Larraín y Rodrigo Vergara”. Y recordó un curso de econometría que Jorge Quiroz fue a dictar a Lima, Perú.
El guerrero cultural piensa, implícitamente, que el ciudadano es menos inteligente que él. Esa presunción lo lleva a convencerse de que posee la capacidad para transformar el pensamiento de los demás. A los ojos de estos sujetos, la ciudadanía sería una especie de rebaño influenciable, presa fácil de quienes buscan persuadirlos sobre cómo hay que […]
Si la preocupación es profundizar el mercado de capitales y mejorar el desempeño empresarial, la agenda debe avanzar hacia mecanismos que fortalezcan el valor del directorio como garante de confianza frente al mercado.
Salvo por los tópicos y la jerga de este tiempo, el documento del congreso suena arcaico. La perspectiva que ofrece como novedosa está emparentada con el rudimentario anticapitalismo del FRAP en los años 50 y la Unidad Popular en los 60 y 70. ¿Qué idea tienen los líderes del FA de lo que es un […]
No son el problema: son la semilla que multiplica. Cautelar a quienes poseen grandes empresas no es favoritismo, es responsabilidad. Si queremos un país próspero, debemos proteger el entorno que permite que la riqueza se cree, se mantenga y se reinvierta.